Cipriano Torres, Relatos cortos
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Detrás de la niebla: el desenlace

Por Cipriano Torres

Capítulo 10

 

Cipriano Torres

Cipriano Torres

–No, contestó el chico soltando la palabra como si hubiera estado esperando el momento, aguantándose las ganas para no desperdiciar la fuerza que no tenía. No es indecente, es la televisión, dijo al fin de carrerilla doblando a un lado la cabeza. Suspiró con un ronquido de perro y en sus labios se quedó intacta una sonrisa indescifrable.

De la pantalla muda surgió un pitido desagradable que se clavó como una flecha en la cabeza de la chica, un desajuste parecido al de las orquestas cuando hacen sus pruebas de sonido cambiando clavijas de un sitio a otro y a veces parece que alguien se electrocuta. Luego la pantalla vibró con el volumen atronador de los aplausos mientras la cámara del plató sobrevolaba la cabeza de los espectadores, que aparecían en la superficie con un fulgor de hoguera helada que iluminaba las ruinas de la casa. Tratando de proteger al chico de una reacción tan inesperada, lo abrazó con la manta de sus brazos abiertos, que enseguida se empaparon de cuajarones húmedos, pero ya no encontró respuesta, y ni siquiera al acercar su mejilla a los labios que seguían sonriendo percibió otro soplo que no fuera el aliento seco de la muerte. No le parecía posible que el cuerpo que abrazaba se estuviera enfriando con tanta rapidez ni que la historia se retorciera como una serpiente y acabara escribiéndose como ella había imaginado, una mujer junto al cadáver de un hombre enseñando a la cámara sus manos manchadas de sangre, tal como hacía en este momento, mirarse las manos y comprobar que también ella podría ser la mujer imaginada que lloraba su dolor, quizá para que no cayeran las sospechas de haber asesinado a su marido. Cuando levantó la vista a la pantalla se vio a sí misma agigantada y deforme, y por un instante de confusión creyó que llegaba tarde al cine y el acomodador la sentaba en la primera fila, donde las imágenes parece que se te caen encima o crees que formas parte de ellas. De pie, buscó sobre la pantalla la cámara que se asomaba sobre el filo más alto como un cisne de cuello lánguido y cabeza ávida. Cuando estuvo segura de que sus ojos estaban clavados en mitad del ojo negro, colgado en silencio contra el cielo, esperó a que el realizador le pinchara un primer plano, y sólo entonces, cuando su cara ampliada ocupaba todo el espacio, sonrió. Era una sonrisa tan imperceptible que sólo podría tener un destino, ella misma. Nadie más estaría en condiciones de leer la suave tirantez de sus labios, la calma de sus mejillas, el esfuerzo por no dejar que el brillo de sus ojos traicionara la imagen de abatimiento que a lo grande reflejaba la pantalla. Sabía que algo estaba a punto de ocurrir. Lo notaban sus pies como algunos animales domésticos advierten un seísmo antes de que los muebles se muevan del sitio, las lámparas oscilen como un incensario, o la gente salga aterrada de sus casas buscando el aire libre. Primero fue un resplandor de bombardeo sobre el olivar que rodeaba el cortijo, seguido de esferas que explotaban en el cielo y cuyos colores parecían estrellas que se precipitaban como lágrimas incandescentes, un estampido de potentes petardos y cohetes que al estallar poblaban el horizonte de hermosos aunque fugaces palmerales. La chica no se inmutó. Después, bajo sus pies, tal como esperaba, notó que la plataforma del suelo vibraba y el empedrado de cristales diminutos se abría en dos tajadas dejando enfrente el camino despejado, un desfiladero de proporciones humanas entre los escombros. Vista así la loma de cascotes, abierta como las aguas del mar bíblico, no le pareció tan imponente como cuando la trepó para llegar a donde ahora estaba, inmóvil, rozando con sus pies el cuerpo inerte del chico, creyendo sin dudas que el escalofrío que le subía camino de la nuca no era de ella sino de él, que la usaba para mantener la ilusión de seguir aquí al verse al otro lado de las cosas.

Por eso, sin que nadie se lo dijera, comenzó a andar despacio hacia la salida. Nada podía hacer allí cuando se tiene la convicción de no pertenecer a un lugar ocupado por la destrucción y la muerte. Contemplando sin asombro el funcionamiento de los engranajes ocultos esperó a que terminara de desliarse la alfombra roja que corría hacía ella como si la mano invisible de un comerciante del zoco de Fez se la mostrara invitándola a caminar sobre la lana virgen. Cuando puso el pie en ella, después de atravesar el barranco entre las dos lomas de escombros, una llamarada de focos volados a unos metros de altura la cegaron, marcando con sus luces de discoteca el recorrido. Sin sorpresa, a ras de suelo, los chorros de niebla le enredaron los pies, y en las pantallas de los televisores la chica era como una aparición que vacilaba, un cuerpo que se movía gravitando a unos palmos de la tierra seguida por varias cámaras y un revuelo de técnicos que la animaban a caminar más rápido porque había que llegar cuanto antes al plató levantado en la enorme explanada abierta entre los olivos. Su gesto, como animado por el recibimiento que se le da a las estrellas del cine, no era tan sombrío, incluso viendo su cara en los monitores del plató se comentó lo que parecía un guiño cómplice al rebasar de cerca una de las cámaras que la escoltaban entre cipreses y olivos. Faltaban unos metros para desembocar como un torrente en el plató atraída por la música envolvente de los altavoces, en los que sonaba su nombre repetido como una consigna, jaleado por el público de las gradas puesto en pie con los brazos alzados para que las palmas sonaran con más brío, todos pendientes del hombre que iba marcando lo que había que hacer con órdenes tajantes escritas en cartelones hasta que llegó el momento de máxima tensión reclamado sin paliativos por el aviso de silencio. Al silencio absoluto se sumó una penumbra general, que en el túnel de ramas donde le dijeron a la chica que debía aguardar unos instantes se convirtió en total oscuridad. Fue la presentadora quien gritó desde el fondo del escenario, puesta de pie, que entre la ganadora, un fuerte aplauso para ella. La chica no sabía qué hacer, pero una mano la empujó con suavidad hacia fuera al tiempo que un cono de luz blanca, casi de hielo, la encañonaba guiándola por la pista a oscuras, sin miedo a tropezar con el estorbo repentino de las mangueras de cables y cámaras que movían sus cuerpos de elefante como bailarinas ingrávidas. Echaba los pasos como lo echan las novias cuando se dirigen entre sus invitados hasta el juez que oficiará la ceremonia, andares que no son de la vida diaria, caminando con esa rara solemnidad que nadie estudia, convirtiendo el desplazamiento en algo excepcional, como requieren las convenciones del teatro. No había duda. Su cara se había transformado. Fue ella la que se dirigió a la presentadora riendo y poniéndole dos besos sonoros en las mejillas aprovechando que de nuevo el plató volvía a ser un ascua viva en el que hombres y mujeres podrían derretirse de un momento a otro cercados por la luz. La presentadora, avisada por el pinganillo sin cables que llevaba en el oído, disimulado con el color de la carne, estaba preparada para cualquier reacción, porque la sonrisa satisfecha, los besos espontáneos, y la serenidad sin aspavientos de la chica podrían preceder, le decían desde el control, a reacciones agresivas o desplantes sin delicadeza. Lo primero, saber cómo estás, preguntó separándose un poco la presentadora, que miraba de soslayo el monitor para saber quién de las dos estaba en cada momento pinchada en el aire. Bien, muy bien, de verdad, contestó la chica acercándose un poco más a la mujer, que con disimulo retrocedió fingiendo que soltaba una de las fichas del guión, ahora sí que estoy bien, te lo aseguro, pero no te retires, mujer, sólo soy la ganadora del concurso, contestó la chica levantando el brazo derecho y haciendo el signo de la victoria con los dedos de la mano.

Como si acabara de darse cuenta ahora mismo, repitió varias veces, girando como un trompo y saltando como si quisiera encestar un balón, soy la ganadora, soy la ganadora. La presentadora, asombrada por un cambio de actitud tan extraordinario, pensó por un instante que la chica estaba perdiendo la razón y notó que ella misma se precipitaba al gran vacío de la mente en blanco, ese pánico que va creciendo como una yedra instantánea que se enreda a las ideas, afecta a las palabras y agarrota el cuerpo, paralizado por el peso de millones de miradas capaces de olfatear en milésimas de segundo la presa que vacila en la pantalla, y de repente, ese fallo, esa vacilación, esa mente en blanco, ese gesto buscando con los ojos una ayuda del control que se hace eterna, actúa como una bocina que alerta al que mira distraído y ya no suelta el bocado esperando el desenlace, un rasgo de cruel desazón que unifica a los espectadores. Sin embargo, nadie se dio cuenta de su angustia. El hervidero de sus ideas fue más veloz que la realidad. Casi al mismo tiempo que la chica iniciaba otro salto de celebración, la presentadora le preguntaba con desparpajo, recuperando el control de la situación, a qué se debía su cambio de humor.

–Muy fácil. Antes no era la ganadora, ahora sí, contestó sin pensar, incluso con cierta sorpresa ante algo tan obvio, como te sorprende que a las doce de una mañana luminosa te pregunten si es de día o de noche.

La presentadora iba a decir eso ya te lo dije yo, querida, pero incluso antes de pronunciar la palabra querida le sonó a provocación innecesaria, a resentimiento y enfado juvenil, y ella sabía muy bien qué tono emplear para no parecer grosera pero sí atizar en sus invitados la perplejidad de la humillación apenas imputable. Sin esfuerzo, maestra en encauzar riadas en el último segundo, cortó en seco el tropel imprevisible de su despecho.

–Pero eso ya te lo dije yo, contestó sin más acercándose a la chica, reconvirtiendo con una espléndida sonrisa su conato de hostilidad en una arrebatadora muestra de comprensión e interés por saber de verdad por qué abandonó el plató con tanta furia y dolor como ahora muestra alegría.

–Tenía que volver a la casa porque mi contrincante seguía allí, y el concurso lo ganaba quien saliera el último. Cuando la abandoné era consciente de que me lo estaba jugando todo a una sola carta. Por eso me extrañó que gritaran mi nombre en el plató y me dijeras que había ganado. Aunque intuía el desenlace, tenía que comprobarlo.

–¿No volviste por amor, por saber qué había pasado con tu chico?

–¿Por amor, con mi chico? No, lo siento. Pareceré un monstruo, pero no sentía nada por él. Era un ingenuo. Desconfío de la gente que acude a la televisión para solventar asuntos de amor. Yo sólo he sido una concursante, que temía que él lo descubriera.

–¿Concursante, desde cuándo decidiste concursar? No puede ser, perdona que no te crea. Hace un rato te ofendías cuando te lo recordaba.

–Es lo que pretendía. ¿Desde cuándo decidí concursar?

Antes de que la chica respondiera, la presentadora levantó la mano como lo hace un guardia de tráfico para que detengas el vehículo en el arcén. Un momento, un momento, dijo. Bajó los ojos y se quedó quieta para concentrarse en el mensaje que recibía desde el control, que irrumpió en su oído como un cortocircuito que reclamaba toda su atención ordenándola que diera paso a un vídeo de mucho interés antes de que la chica contestara. La presentadora afirmó con la cabeza dando a entender que había escuchado el mensaje, pero consideró que primero era mejor escuchar la respuesta, así que la invitó a continuar, añadiendo otra certeza a su incertidumbre ya que, dijo, pero si tú no querías jugar. La chica sonrió con un gesto de malicia que sólo dos personas, sólo dos, supieron interpretar con exactitud al ver su cara en primer plano multiplicada en los monitores de realización. Ni ella ni la presentadora pudieron añadir nada.

Sin más aviso, les cortaron el canal de sonido.

A las pantallas repartidas por el plató para que el público siguiera de cerca lo que veían a lo lejos saltó la imagen de un despacho. Sentado detrás de una mesa con patas de madera pulida y vuelo de cristal, frente a un ordenador portátil desplegado como una almeja, el director de programas de la cadena parecía invitar a alguien que aún no se veía a que tomara asiento en uno de los sillones en las esquinas de la mesa. De espaldas, aparece una chica resuelta con la mano extendida para saludar al hombre, que se incorpora doblando un poco la espalda, también con la mano extendida, aunque en el último momento decide rodear la mesa y saludarla con dos besos. Esperan la llegada de otro hombre para hablar en firme de los motivos de la cita, aunque el director de programas quiere saber si está decidida. Por supuesto, por eso estoy aquí, dice la chica, que se ahueca el rizo suave de su pelo con cierta picardía. El hombre quiere saber si la chica es periodista de verdad, aunque, según dice enseguida, eso daría igual, lo importante es que te creas tu papel y lo ejecutes sin desmayo hasta el final, adelante, adelante, pasa, siéntate, te presento al realizador del programa, encantada, dice ella, encantado, dice él, sentándose en el otro sillón, y preguntando si no le importa que fume enciende un cigarro antes de que conteste, no, no me importa, yo también fumo, bien, dice el director, el realizador te contará luego todos los detalles, pero antes quiero que sepas que una vez que llegues al cortijo, tal como te dije por teléfono, no hay vuelta atrás porque desde ese momento todo lo que hagas, todo lo que digas, está saliendo al aire, y otra cosa, recuerda que te propuse, como una posibilidad a la que no estás obligada, que provocaras alguna escena, bueno, ya me entiendes, caliente, eso le gusta mucho al público, ¿quieres conocer al chico?, preguntó levantándose para coger una carpeta de la estantería, ¿al chico?, ya lo conozco, dijo ella, ¿no es mi vecino, el que os envió la carta pidiendo a la cadena que le ayudarais a declararme su amor?, sí, es verdad, olvidaba que os conocíais, bueno, aquí está, dijo el director enseñándole una foto, sí, es guapo, dijo ella mirándola, tiene un polvo, pero hay que estar zumbados, y la soltó en la mesa, creo, dijo el director cogiéndose la barbilla retrepado en el sillón con la cabeza inclinada, que poco hay que explicarle a esta señorita, y terminó la frase dirigiéndose al realizador, en todo caso, matizó el realizador aplastando el cigarro en el cenicero de cristal con incrustaciones de plata en el borde, ya te explicaré los momentos álgidos del guión, le dijo a ella girándose para tenerla enfrente, ¿has podido leer algo?, sí, claro, respondió ella tan segura que parecía decir me lo sé todo, de memoria, uno de esos momentos importantes es, dijo el realizador, sin poder terminar la frase, la primera entrada a la casa, se adelantó la chica, y la segunda para buscarlo arriba, entre los trastos de la cámara, ya, ya, creo que lo tengo claro, el director de programas y el realizador se miraron satisfechos, aunque le advirtieron que dejaban en sus manos, en su intuición de mujer, el desenlace final, cuando de verdad se lo jugaban todo, porque no podía olvidar que se trataba de un concurso con reglas muy, muy delicadas, y ya sabes, se miraron de refilón los hombres, gana el concurso quien se quede solo, sí, claro, lo sé, dónde hay que firmar, aquí, espera, creo que puse el contrato, ah, sí, toma. La chica mira el papel que le dan pero no lo lee, saca del bolso un bolígrafo, y firma con decisión.

Una cámara se desliza tomando un plano general del escenario, como dando tiempo a que la presentadora salga de su asombro. Por el pinganillo le dicen que siga con la entrevista o que dé paso a los siguientes invitados, pero es la chica la que se adelanta y, entusiasmada por el vídeo, quiere saber si la presentadora está sorprendida. Estupefacta, contesta mientras ordena las fichas del guión eliminando las que ya no valen, me has dejado impresionada, a mí y a la gente que nos está viendo. ¿O no?, dice levantándose y dirigiéndose al público, que prorrumpe en un aplauso liberador que quiere decir sí. Sin embargo, el programa no ha terminado aún, y ahora soy yo la que va a darte una sorpresa, dice la presentadora, adelante, que pasen nuestros invitados. De un lateral del escenario, acompañados por una azafata, entran un hombre y una mujer, ambos de unos cincuenta años, él con traje de color crema y ella con un conjunto de falda y chaqueta, que se adorna en la pechera con una flor de encaje. Da la sensación de que han estado toda la vida en un plató de televisión porque antes de saludar a la presentadora hacen algunas reverencias destinadas al público y levantan la mano como lo hacen los políticos cuando acuden a una plaza de toros. Van cogidos de la mano y sin que nadie se lo diga, después de saludar a la presentadora, se acercan a la chica, la rodean con los brazos y forman una pelota de la que sale un cuchicheo que no se entiende. Al despegarse, la mujer retira de las mejillas con los dedos el rímel que las lágrimas han corrido, el hombre saca un pañuelo, se suena la nariz, y los tres sonríen para sobreponerse. ¿Os conocéis?, pregunta la presentadora. Claro, contesta la chica, son mis vecinos, los padres de él.

–¿Tienes algo que decirles?. La presentadora casi dispara la pregunta, que suena árida y pedregosa, quizá porque la termina con los labios muy apretados y clavando los ojos en los de la chica, que no deja de sonreír.

–No, nada, que lo siento, me podría haber tocado a mí. La chica, ignorando el tono y la intención de la presentadora, se vuelve a los padres como una hija y le coge la mano a la mujer, que un primer plano amplía en el mosaico de pantallas que tienen a sus espaldas.

–¿Cómo estáis en este momento? La presentadora se dirige a los padres, y casi les pide que se derrumben porque es ella la que inicia un principio de sollozo, una tos fingida para hacer ver que está muy, muy emocionada.

–Estamos bien, dice la madre, felices.

–¿Felices? Pero vuestro hijo…

–Sí, ha muerto. Pero él vivía para cumplir un sueño. Ha sido un valiente y estamos muy orgullosos de él, ¿verdad, cariño?, dijo la mujer dándole un beso rápido en los labios al marido, que movió la cabeza confirmando el orgullo de la familia. En los últimos meses, cuando mandó la carta y le contestaron que sí, sólo pensaba en este día, en declarar en público su amor a la chica que le gustaba y en salir en televisión tanto rato, con lo tímido que es. Que era, matizó el marido.

–Bueno, pues llegamos al final, dijo la presentadora, ha sido una noche espléndida, sólo falta el cheque que luego le entregarán a la ganadora. Un aplauso para estos padres tan valientes como su hijo.

–Un momento, dijo la madre. ¿Puedo pedirte un favor?

–Claro, mujer, dime.

–¿Podríais darnos un vídeo del programa, como recuerdo? Nos haría mucha ilusión.

La cámara colgada del extenso brazo de una grúa sobrevoló frente a la presentadora y se perdió entre las cabezas del público girando de un sitio a otro, volviendo al escenario, y retirándose veloz como un pájaro mientras sonaba la sintonía de despedida. Casi nadie se dio cuenta, en medio de la fiesta, cuando el público comenzaba a levantarse para abandonar las gradas, que en el mosaico de pantallas formando el ciclorama del decorado, se veían imágenes del cortijo. La bruma surgía de los cascotes y formaba una nube azulada sobre la que parecían descansar las ruinas. Un plano más corto mostraba el cuerpo sin vida del chico. La pantalla gigante en mitad de la casa surgía poderosa en su reino de escombros como el único vestigio vivo detrás de la niebla.

En Villanueva Mesía, Granada. 2003
De madrugada, con las calles humeantes después del fulgor de las candelarias

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Capítulo 1 

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

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