Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 26, Opinión
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Crecer menguando

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

La cacareada recuperación económica es como la regeneración de la cola de las lagartijas: extirpado el apéndice reptiliano por la mano amputadora, éste retoña por generación espontánea sin necesidad de más cuidados cirujanos. No obedece, pues, a una mejora consciente de las estructuras de producción ni a las inversiones fantasma en I+D, sino simple y llanamente a una deliberada argucia conocida en los ambientes neoconservadores como Política del palo. Es decir, del palo que reciben las nóminas de los afortunados que aún las conservan y del varapalo que recibieron los que se quedaron sin ellas. Esta iniciativa patriótica es elevada al rango de sacrificio nacional para justificar lo que bien podríamos calificar de putada generacional. Putada impuesta y perpetrada a pesar del pueblo, y a sus vapuleadas espaldas, por mucho que ahora los carpinteros del teatro vengan con agradecidas pamplinas a la puerta de mi casa: “Ding-dong”. “¿Quién llama a estas horas de la noche?”. “Mariano el Consolador, y vengo a darle las gracihaasss, amigo, por su sacrificio”. “¿Y cómo ha burlado a los perros de la entrada?”. “Ofreciéndoles un contrato fijo en el coto de Blesa”. “Podría ofrecérmelo a mí. Tengo una vista de lince”. “¿Y de olfato, cómo anda?”. “Mal, muy mal. En las últimas elecciones voté al PP”. “Ehssto me suena a Los shantos inocenthess, amigo”. “Y tan inocentes, Don Mariano… ¡Azarías!, sal a la puerta, que te voy a presentar al señor que se cargó a tu Milana Bonita”… No crean que este estrambótico diálogo está muy lejos de la realidad: vistas las ofertas de empleo que circulan por internet a cambio de cama y comida, pronto desempeñaremos funciones de lebrel, que no de bedel, por un cuenco de pienso Purina.

Este agradecimiento repentino pretende paliar los efectos pasados y, lo que es peor, las consecuencias futuras de su actuación. Con la penitencia del puerta a puerta, intentan recuperar los votos arrinconados en las cunetas del paro, la indignación y la pobreza para volver a ganar las elecciones. Maniobran para convencernos de que todos los españoles, cogiditos de la mano, hemos decidido voluntariamente ingresar en el Inem, bajarnos el sueldo o subirnos los recibos de la luz y el agua hasta electrocutarnos en una palangana vacía, con dos velas. Como recompensa a nuestro sacrificio hemos recibido un aumento de las tasas académicas y judiciales, listas de espera y camas en los pasillos de la Sanidad. Esta es la piel que dicen ellos que les falta: la piel reptiliana y acorazada del cocodrilo, que dormita indolente en su ciénaga hasta que, de repente, abre sus largas fauces para devorar a su presa y arrastrarla al fondo del Inem. Esta es la piel que tienen, no la que les falta. Después, todo el paisaje queda en calma, desolado. Veinte años de temor al desempleo y cien años de resignación para pagar la deuda de la historia. Algunas jóvenes generaciones pérdidas y varias arruinadas a la vejez. Créanme, he visto tarugos de alcornoque con más sensibilidad arder en el fuego y despedirse a lo grande con una mascletá.

Pirotecnias aparte, también es cuestión de tacto, que no de tiempo, que todos volvamos a rezar el rosario por decreto y perdonar a nuestros deudores, así como nosotros pagamos nuestras deudas como Dios y Montoro mandan. Rezar es la sacrosanta solución. Rezar para no perder la casa o el empleo. Rezar para no caer enfermo de hepatitis C, para que no te corten la luz, para llegar sano y salvo a fin de mes. Rezar, en fin, para recordar que esta mala vida es pasajera, y que las riquezas que otros atesoran en este mundo, forjadas con el sufrimiento de los pueblos, las purgarán en las calderas de cinco estrellas de Pedro Gotero; y, aquí, no ha pasado nada. Desde luego, por muy listos no nos tienen.

Parecerá mentira, pero ¿no añoran ustedes aquella época dorada –de la que apenas consigo acordarme– en la que sólo teníamos que apretarnos el cinturón? Eso era vida, sí señor. Ahora, carecemos de correa que ajustarnos y mantenemos las ociosas manos ocupadas en sujetarnos los pantalones para no regresar a la España de nuestros abuelos, de boina y soga de cáñamo anudada a la cintura; porque sería una vergüenza, una auténtica vergüenza nacional, que “el país que más crece de la UE” se sujetara los pantalones con cordeles en vez de con longaniza ibérica. ¡Uhmm!, longaniza ibérica…

Yo, mientras tanto, para festejar la recuperación, y antes de que pasen las elecciones y se arrepientan los voceros, he reservado mesa en un comedor social de cinco tenedores para celebrarlo con mi familia: mi hijo parado, mi mujer con un contrato de media jornada y este desastre que les escribe. Que Dios reparta suerte y no sigamos creciendo en la miseria.

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Gatoto

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