Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 26, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:
La cosa empezó de la manera más tonta. Te cuento:
Don Mariano Rajoy comenzó a decir que se ha superado la crisis; que el Gobierno ha creado tres millones de empleos y ha evitado el rescate de Europa; que el estado de la nación es el de una nación que ha salido de la pesadilla rescatándose a sí misma y recuperando el prestigio; que en España por fin crecen el consumo y la inversión; que se ha detenido la caída y estamos abriendo la puerta del empleo; que estamos creciendo y etcétera, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera y ciento dieciocho mil etcéteras más igualmente triunfalistas. Y se conoce que alguno de los etcéteras debía de tener propiedades estimulantes o alucinógenas o estar en mal estado o yo qué sé, porque es que don Mariano comenzó de pronto a quitarse la ropa y a decir unas palabrotas que, te lo digo con el corazón en la mano, a mí desde luego me parecieron muy poco apropiadas para un debate tan importante. Las cosas como son.

―A primera vista puedo parecerles demasiado delgado ―dijo mientras lanzaba la chaqueta al fondo del hemiciclo―, pero son apariencias. Los brazos, por ejemplo, son más musculosos de lo que parecen, pero un presidente no folla con los brazos. El torso puede parecerles un poco escuálido ―continuó, arrancándose la camisa―, pero un presidente no folla con el torso. Las piernas no son las de un deportista ―dijo quitándose los pantalones―, pero un presidente no folla con las piernas.

Imagínate, Gurb, todos en el Congreso de los diputados estábamos azoradísimos. Pero lo peor estaba por llegar, porque cuando ya se había quedado en pelota picada don Mariano se subió en el atril y, puesto en jarras, gritó: «¿Con qué se folla a la ciudadanía un presidente?».

¡Alabado sea el Señor, Gurb! Nadie fue capaz de articular palabra. Ni siquiera esos fabulosos y excepcionales cuchillos de la teletienda que lo cortan todo hubieran podido partir el plúmbeo manto de silencio que cayó, como un cadáver mojado, sobre la Cámara Baja. Entonces se oyó una misteriosa voz que venía de las alturas.

―¡Con la polla, presidente! ―dijo la voz―. ¡Un presidente se folla a la ciudadanía con la polla! Y tú tienes un pollón, presidente, y cada vez que tu política-glande irrumpe en el cuerpo de la ciudadanía la destroza…

Todos miramos hacia arriba y pudimos ver a la autora de aquellos ditirambos. Era Celia Villalobos, la vicepresidenta primera que, subida en el trapecio en el que suele ella entretener los aburridos debates sobre el estado de la nación jugando al mus o depilándose los huecos poplíteos, se balanceaba tan ricamente, con maneras de acróbata.

―Bueno ―continuó hablando el desnudo presidente del Gobierno―, y la leche no sabéis lo que es… ¡Qué blancura! ¡Qué espesor! ¡Qué presión! ¡Un géiser parece! ¡Es buenísima para el cutis!

Y, de repente, cuando los diputados del PP aplaudían enfervorizados la fuente seminal con la que don Mariano Rajoy comenzaba a bautizarnos, se oyeron tiros y entró en el Congreso Pedro Almodóvar disfrazado de guardia civil.

―¡Quieto todo el mundo! ―dijo el afamado director de cine―. ¡Aquí se está plagiando muy asquerositamente una película mía! Pero, ¿qué os he hecho yo para merecer esto…?

Tras lo cual, y en vista de que el Congreso había quedado inundado de cínica desvergüenza presidencial, todos nos fuimos con Pedro Almodóvar a ver alguna de sus estupendas películas… Bueno, todos menos Celia Villalobos, que se tuvo que quedar porque ella, como si fuera un personaje de Kafka, vive día y noche en su trapecio alejada del mundanal ruido reflexionando acerca de la decadencia neuronal progresiva.

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

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2 Kommentare

  1. Carmen Fernández dicen

    Sr. Lombilla, ha mostrado usted con genial temeridad lo que un traje de corbata esconde en el Congreso, ole!!

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