Artsenal, Humor Gráfico, Número 27, Opinión, Xavier Latorre
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Amor en el claustro (un cuento celestial)

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

Xavier Latorre

Mi amistad infantil con el padre Lorenzo me sirvió de mucho para capear la crisis. Mi licenciatura en Filosofía no daba para encontrar un trabajo adecuado a mi cualificación académica, a lo sumo me prodigaba en tertulias de bar con sesudas reflexiones y citas antológicas para amenizar la cerveza con los colegas. Llevaba una carrera laboral de lo más prometedora: reponedor de madrugada en un hipermercado, porteador de pizzas en ciclomotor y vendimiador temporal en el sur de Francia, como mis abuelos. El curriculum no hacía más que adelgazar. Unas clases de repaso a niños de corta edad, expertos en móviles, pero analfabetos en sociales, ayudaba a sufragarme las birras.

La divina providencia hizo que el padre Lorenzo se apiadará de mí. Me consiguió unas clases de Religión en un centro concertado de curas. Con la que estaba cayendo aquello fue todo un milagro. Me tocó releerme el catecismo, adoptar maneras de creyente, quitarme los piercings, aprenderme la nueva versión hip hop del Padrenuestro y fabular en clase con una ballena estilo Moby Dick que se tragó a un tipo llamado Jonás; con la muerte de Goliat en manos de David usando un tirachinas como el que aún gastan los adolescentes palestinos o los mineros asturianos en huelga; con Moisés y su decálogo de buenas costumbres; y con las peripecias de la pérfida Judith, una bella viuda que le cortó el pescuezo al general Holofernes, tras un botellón. Me prohibí taxativamente no mencionar en clase ni a Darwin ni a los librepensadores de la Ilustración francesa. Al final de cada mes me pagaban religiosamente lo que me correspondía. Con ese sueldo logré independizarme del yugo paterno.

En el claustro yo les dejaba hablar, lo mío era una maría. Mis notas estaban, por supuesto, hinchadas, como las cifras económicas que esgrime Montoro. En las evaluaciones, la jefa de estudios llevaba la voz cantante. Un día me citó para tomar un café de trámite y presentarnos mutuamente. Rocío estaba como el pan, iba a decir que era la hostia, pero eso hubiera estado feo en mi situación de docente de asuntos bíblicos. Nuestra amistad fue creciendo y ello me obligó a hacer de buen samaritano: le escuchaba resignado los problemas que tenía con Mario, su marido. Estaba harta de él y con razón. Le reprochaba hasta los más pequeños detalles; ya no les unía nada en común. Bueno, un hijo que compartían ambos, al que él llevaba al fútbol y ella a clases de inglés. Lo pintaba todo muy negro: era como una maldición. Un día me tentó a apuntarme al gimnasio con ella. Así que ambos quedábamos dos tardes a la semana para sudar la gota gorda. En la sala de máquinas de spinning yo no le quitaba ojo a las formas que marcaban su ajustado chándal. Iba salido. Sus proporciones angelicales parecían esculpidas por el propio Miguel Ángel. Al salir del gimnasio tomamos la buena costumbre de tomarnos unas merecidas cañas y reírnos de todo, cada día un poco más. Su matrimonio estaba en quiebra, como lo estuvieron las extintas cajas de ahorros valencianas. La relación conyugal estaba técnicamente rota. Al principio yo le daba estrategias para recomponer aquello, pero con el tiempo desistí de darle consejos morales. Me puse de su lado. El desencanto había anidado en su corazón.

Un lunes, Rocío me contó que el fin de semana su marido se largaría a cazar con sus amigotes a un reservado coto manchego. Y que el niño se quedaría a dormir en casa de un amiguito. Propuso ir al cine. Acepté encantado. La semana se me hizo larga: por las noches pecaba de pensamiento con ella. La recogí en el coche, duchado y perfumado, preguntándome qué hacía un bombón como aquel en mi Ibiza de segunda mano. Cenamos en un bar y celebramos con orujo nuestra sincera y auténtica amistad. Luego cambió de opinión y propuso que tenía unos videos en casa y que me dejaría elegir a mí la película. Una generosa concesión: ella era la cinéfila. Aquello fue todo un detalle. En su domicilio se cambió y se puso cómoda, demasiado, y yo me sentía incómodo ante aquella deslumbrante mujer. En la cocina, preparando unos gin-tonic se me escurrió la mano y la cogí por la espalda y la abracé. No hizo falta buscar el hielo ni elegir DVD. En su cama repasé a la jefa de estudios por todos los puntos cardinales de su cuerpo. Ella sabía latín. Me volvió loco. Aquella noche consumamos el adulterio. Según ella saqué un notable alto. Aquel desliz hizo que el lunes repasara con mis alumnos el capítulo entero del pecado original y que les hablara otra vez de una tal Eva que tenía de mascota a una serpiente.

La aventura se fue consolidando con sucesivos encuentros fugaces. A veces, en el gimnasio nos encerrábamos en el vestuario de minusválidos para ejercitarnos en contorsiones increíbles. Ella parecía una gimnasta, y yo un campeón mundial de halterofilia. Los dos sudados de las clases de pilates quemábamos con ganas en aquel cubículo las últimas calorías del día. Aquella profesora me lo enseñó casi todo. La cosa fue a más, como no podía ser menos. Ella optó un buen día dejar plantado al marido y no comer perdices con él nunca más. El consiguiente escándalo en el colegio fue mayúsculo. Renunció a su cargo, aduciendo problemas emocionales, para rebajar la tensión. Y en verano nos fuimos de viaje a Roma. Allí, en unas catacumbas, le prometí amor eterno. Nuestra relación fluía a la perfección. Éramos dos almas gemelas. Rocío venía a menudo a mi pisito de soltero. Aquello me sentaba divinamente, mejor que unos ejercicios espirituales. Las miradas cruzadas en el claustro, inevitables, no pasaban desapercibidas: fueron interceptadas por algunos desalmados que hicieron correr la voz de que entre nosotros había algo, lo que fuera, ¡qué más daba! Una noche nos pilló la mujer de la limpieza en la sala de profesores retozando sobre la mesa de juntas. Saltaron todas las alarmas. En el claustro algunas miradas eran lapidarias.

Una vez resueltos su divorcio y la custodia compartida del niño decidimos irnos a vivir juntos en pecado a un ático alquilado. Aquello fue la bomba de Hiroshima. El director del colegio nos llamó a ambos a capítulo. En su despacho nos dijo que aquello no se podía tolerar, que algunos padres estaban al loro de lo nuestro y que la reputación del selecto colegio estaba tocada como la economía griega. Dijo que tendría que tomar una drástica decisión. El sueldo de ambos pendía de la espada de Damocles. Aquella noche solo hubo gin-tonic en casa. El padre Lorenzo hubo de intervenir. Aquel pastor de ovejas descarriadas tuvo el detalle de sugerirnos que lo mejor era que regularizáramos nuestra relación al menos por lo civil. Y que yo debería renunciar a mis clases de Religión, que una cosa era predicar y otra dar trigo. ¿Te parece bonito el ejemplo que estás dando? A mí me sentó fatal poner en un aprieto al amigo sacerdote. Además, Lorenzo me confesó que el delegado diocesano de educación le había dado un ultimátum de parte del señor obispo. “De esta te quedas sin trabajo y te vas de cabeza al infierno”, remató, antes de darme un abrazo.

La amenaza de aquella condena espiritual nos dio alas. Nuestro cariño, ¡bendito amor!, se hizo aún más fuerte si cabe. Rocío era la mujer de mi vida, la terrenal, y no estaba dispuesto a renunciar a ella ni por Satanás ni por nadie. Tuvimos suerte, el director era un hombre bonachón y comprensivo; quiso salir en ayuda de aquellos dos docentes que habían sucumbido a la tentación de la carne. Recurrió a una singular fórmula para no tener que despedirnos. Se trataba de impartir una asignatura de introducción a las microfinanzas para menores de edad, unas clases de economía aplicada para futuros inversores adultos. Me explicó que debía enseñar a aquellos tiernos infantes qué era una hipoteca, cómo se calculaban los tipos de interés, qué condiciones se requerían para pedir un préstamo y cosas por el estilo. Era una materia experimental, que los del ministerio pensaban introducir poco a poco hasta 2017. Yo dije que sí, ¡qué remedio! De golpe me tocó cambiar al Dios todopoderoso por el dios dinero; el cielo por el paraíso fiscal; el derecho canónico por el derecho mercantil; y la Biblia contada a los niños por un cómic infantil de economía básica y unos videos didácticos para aprender a ahorrar. En vez de enderezar sus almas, tenía que convertirlos en hombres de provecho, en unos capitalistas de buena voluntad y ayudarles a preservar de mayores su patrimonio material. Había pasado de una asignatura etérea a otra no menos abstracta, había pasado de llevarles de excursión al monasterio de Poblet a programar visitas a la sucursal más próxima del Santander.

A todo esto, Rocío quedó embarazada. ¡Más madera! Al ausentarnos, en la sala de profesores, nuestros colegas preferían cotillear con lo nuestro a lo Sálvame que hablar de Podemos o de la última victoria del Barça. El padre Lorenzo sabía que siempre me surgía alguna peregrina excusa falsa para saltarme la misa: el fútbol matinal, la recogida de setas, una ruta ciclista… Hube de prometerle que a partir de ahora no faltaría ningún domingo más. Mi amigo párroco, conmiserativo, se atrevió a pedirme: “¿Al menos bautizaréis al niño como Dios manda?” Por supuesto padre, eso está hecho, le repliqué, y además, añadí, le abriremos una libreta de ahorros. Esa noche, en el cine, le di un beso a Rocío de película. Al acostarnos, me confesó que había rezado lo suyo a santa Rita para que intercediera por nosotros. Nos reímos. Encendimos una vela e hicimos el amor hasta las tantas.

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