Artsenal, Humor Gráfico, Número 26, Opinión, Xavier Latorre
Deje un comentario

A otra cosa mariposa (cuento de ir por casa)

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

Xavier Latorre

Aquel día Tomás libraba. De buena mañana le dio la tabarra a Rosa. Tras apagar la COPE le soltó un mitin casero a su parienta sobre la situación de la economía doméstica, sobre el carácter huraño de su jefe y sobre la educación de los dos hijos de la pareja. “No nos podemos quejar”, dijo recién afeitado. “Tengo trabajo y la crisis ha terminado. Además al cabrón de mi jefe le queda solo un año para jubilarse”. Su interminable monólogo incluyó planes para los dos hijos en paro de la casa. “Carlitos se va a apuntar a inglés y Pedro trabajará en Semana Santa en el bar de Manolo”. Rosa escuchaba prendida a un cigarrillo. Tomás se creció por momentos. “Solo falta que se casen de una vez por todas y se vayan”. Volvió a la carga. Disertó un buen rato sobre el conflicto catalán que ni le iba ni le venía. El café se le quedó frío. En política internacional puso a parir a los griegos, porque se quieren ir de rositas sin pagar las deudas a los españoles. Su mujer tenía la vista puesta en la rebanada de pan tostado. Le dejó hablar un buen rato. Tomás, abducido por la tertulia radiofónica matinal, se embaló: “Fíjate en Alemania. Allí los gansos de nuestros hijos tendrían un porvenir que ni pintado. Yo a sus años… ¡Vaya par de gansos malcriados!”.

Acabado su turno, Tomás comenzó a mordisquear una manzana. Su señora, con el cenicero a rebosar, tomó el relevo. Ahora le tocaba a ella darle la brasa. Se puso en pie: “¡Pareces tonto! No te das cuenta del país donde vives. No ves que la corrupción ha dejado sin futuro a nuestros hijos”. ¿Para qué habrán estudiado? Rosa se revolvió furiosa contra su marido. “Vaya gentuza nos gobierna”. Entró de lleno al trapo y le echó en cara que se creyera los cuentos de Rajoy a pies juntillas. “Estamos buenos”. Rosa le recordó que llevaban tres años sin vacaciones de verano y que las facturas sin pagar llenaban los cajones de la cómoda. Estaba encendida. Las tostadas se le habían quemado. En el plano doméstico le recriminó que tenían un sillón a medio tapizar desde hace un siglo. “¿No eras tú el manitas de la casa, so listo?” Sobresaltada, le llegó a inquirir por los sobres que su santa madre, o sea su suegra, le pasaba bajo mano cada mes y que el señorito se gastaba a su antojo. Aquello fue un golpe bajo. Rosa, adicta a la Cadena SER, redoblaba sus ataques contra el PP, por el caso Gürtel y por el rescate a los bancos. La mujer fuera de sí le soltó a su marido que parecía mentira que un trabajador como él votará a unos sinvergüenzas como esos. Los hijos aterrizaron en la cocina, con el sueño estampado en sus rostros. La pareja seguía erre que erre. Unos gruñidos sustituyeron a los buenos días. Sus progenitores, ni caso.

El marido tomó de nuevo la palabra y le reprochó que sus amigos socialistas pusieran a medio país en el paro. Tomás añadió que los recortes estaban justificados para levantar al país después de la etapa Zapatero y que, gracias al PP, se iban a crear, ¿te enteras?, millones de empleos netos. “Hasta tus hijos, a este paso, van a conseguir curro”, dijo desentendiéndose por un instante de su ascendencia paterna. Rosa explotó. Ni corta ni perezosa, exclamó: “Este año no vais a ganar ni la liga”. Aquello fue demasiado. El debate se estaba volviendo muy agrio como el zumo de naranja exprimido hacía una hora y pico. Se enzarzaron en una doméstica pelea de gallos. Los hijos intentaron mediar pero fue imposible. Se refugiaron de nuevo en sus habitaciones.

El acaloramiento dialéctico hizo que el buen hombre tuviera una subida de tensión. Se fue al centro de salud, justo enfrente, y tras sortear un cuestionario para demostrar que no era extranjero, parado de larga duración ni emigrante retornado, logró acceder un minuto a la consulta de su médico de cabecera que le recetó un cubo de ansiolíticos. De vuelta a casa, ella siguió soltando indirectas como si nada. Tomás, sin haber digerido todavía su punto de exaltado, le soltó que a ver si quitaba la bandera verdiblanca del Betís de la salita, porque no era de extrañar que siendo andaluza votara a los de los ERE dichosos. Rosa se puso furiosa, empuñó el aspirador y atacó, poseída como una fiera, la alfombra del salón. Tomás, más pasota, optó por jugar un rato a un insulso juego en la tableta electrónica.

Al mediodía comieron en silencio, mientras el telediario regurgitaba argumentos como que salíamos de la crisis mejor que nadie en Europa y que éramos ejemplo de no sé qué. Los hijos hablaban de lo suyo, de practicar la escalada el fin de semana, de las entradas del concierto del viernes y de descargarse una serie por Internet. Durante la sobremesa, apagado el televisor, tomaron la palabra los chicos. Solemnemente, Carlos anunció: “Papás, nos hemos apuntado a Podemos. ¡Estamos hasta los huevos de todo!”. Pedro, el pequeño, apuntilló: “Hay que cambiarlo todo desde abajo”. Desatados, soltaron su propio diagnóstico: “Esto ya no hay quien lo remedie”. Los padres, atónitos, no abrieron la boca. Se levantaron y cogieron sus chupas. “Esta noche tenemos círculo en el barrio. Nos apañaremos con dos bocatas, vendremos tarde”. Ya en la puerta advirtieron que se marchaban de okupas a un piso deshabitado próximo. El bipartidismo familiar había quedado finiquitado para siempre. Aquel día nadie fregó ni cargó el lavavajillas.

Por la tarde, Tomás se aposentó en su estudio y se puso en la cadena musical la sinfonía patética número 2 de Rajoyevski. Al mismo tiempo, Rosa, en el salón, pugnaba por no dormirse con una biografía peñazo de José Bono en su regazo. Parecía un día cualquiera pero no lo era. Por la noche hicieron el amor sin soltar ni mu. Ambos pensaban que un buen polvo podía arreglar lo de la gran coalición. Al levantarse, Tomás le sirvió a su mujer el desayuno en la cama. Rosa, mientras él se duchaba, optó por prepararle una rica ensalada de fruta en un táper. “Nos hacemos mayores, cariño”. “Te quiero”. “Y yo a ti, mi amor”.

Tomás se montó en el mismo autobús de siempre. Al llegar al trabajo, una fábrica de cámaras frigoríficas para una gran cadena de supermercados, Antonio el guarda de seguridad, le entregó en mano, con cara de pocos amigos, una carta de preaviso de despido. Sobraba. ¡Hijos de puta! Le daban unos días de permiso antes de consumarse su marcha definitiva. Nunca se lo hubiera imaginado. Dócilmente, salió cariacontecido, traspuesto. En el kiosco, una portada anunciaba en un gran titular que lo peor de la crisis ya había pasado. En su viaje de vuelta, hundido en su butaca, leyó en el móvil un mensaje de su mujer: “Sin ti no soy nada, cariño”. Tomás regresaba a casa, la misma que compraron recién casados el año 1978.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook.

Artsenal

Artsenal

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *