Jesús Peris, Número 24, Opinión
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Spanish idiot

Por Jesús Peris Llorca / Ilustración: Jorge Alaminos

Ando estos días leyendo un libro que, a partir de las voces de algunos de sus protagonistas, recuerda y hace balance de los años de la Movida no muchos años después de que se la pudiera dar como liquidada: Sólo se vive una vez. Esplendor y ruina de la movida madrileña, de José Luis Gallero (Árdora ediciones, 1991). Y me está impresionando mucho lo lejanas que resultan algunas voces. Es curioso: reconozco el lenguaje, pero ya no puedo reconocer el contexto.

Me resulta extraño que algunas frases pudieran ser formuladas en serio, sin ironía. Porque leídas hoy, suenan involuntariamente casi sarcásticas. Me refiero a afirmaciones como la que hace Nanye Blázquez en el pórtico mismo del libro: “La movida, que en mi opinión empieza después del 23-F, cuando terminan los riesgos, cuando definitivamente hay una democracia en este país, no sólo soluciona un problema de cuarenta años, sino de quinientos…”. Impresiona la certeza con la que se afirmaba la cancelación del pasado por obra y gracia del entusiasmo creativo de aquella generación, pero también de la ingeniería legislativa y la conversión del entonces “joven rey” a las virtudes de la democracia. Y con él, debía pensarse, de los jueces que habían estudiado leyes durante el franquismo y habían hecho carrera en él, de los policías a los que no hacía mucho se les caían los estudiantes por las escaleras o apagaban sobre sus cuerpos los cigarrillos, y de los militares que habían jurado la bandera decorada con el águila imperial. Es la letra de la Cultura de la Transición, la que estudiábamos en nuestro libro de Ética en la EGB, ese preciso momento en el que alguien podía afirmar completamente en serio que diez años antes habían terminado “los riesgos”: el final de la historia a la española que, contra toda pronóstico, y en contra también de la opinión de Jaime Gil de Biedma ya no era la más triste de todas las historias de la historia porque ya no acababa mal.

Impresiona comprobar –sospechar– las continuidades profundas entre la dictadura y la democracia a través de una transición que se soñó modélica

Puede ser que hace demasiado poco tiempo que vi el documental Ciutat Morta (Xavier Artigas y Xapo Ortega, 2014) y estoy demasiado sensible, pero me da la sensación de que los riesgos en realidad nunca desaparecieron del todo. Tal vez al contrario, después del 23F es cuando comenzó a hacerse evidente para quien la quisiera ver la libertad vigilada.

Mucho se ha escrito ya sobre el documental, y no insistiré demasiado en los hechos, ahora sí, por fin, bien conocidos por la opinión pública: todo parece indicar con muchísima claridad que a los cuatro acusados y condenados, casualmente tres latinoamericanos y una lesbiana, les cargaron un delito que no habían cometido, que no habían podido materialmente cometer. La tortura física, el acoso moral, el paso por la prisión acabarían por socavar definitivamente a Patricia Heras, que pasaba literalmente por allí, que ni siquiera estaba en el lugar en que se cometieron los hechos por los que había sido condenada. Se suicidó al término de un periodo de permiso penitenciario, no sin antes dejarnos textos conmovedores que documentan su dolor, y su proceso de quiebre. Se trata de la maquinaria de un estado en acción triturando a cuatro individuos en un proceso imparable y kafkiano. El documental es excelente, conmovedor e iluminador, y recomiendo vivamente su visión a quien todavía no lo haya visto. En youtube se encuentra con facilidad en versión íntegra.

Pues bien. De todo el documental rescato dos detalles que me resultan especialmente significativos y que convierten definitivamente en sarcasmo la optimista afirmación de Nanye Blázquez quince años anterior. Uno, los médicos del hospital que atienden a los chicos malheridos todo el tiempo en presencia de la policía, que apenas los miran a los ojos, que no preguntan y dan por buena sin más la versión policial. Y por supuesto, la juez de instrucción que también valida los testimonios policiales e ignora las denuncias de los chicos de haber sido torturados, y cualquier prueba circunstancial que pudiera avalar su inocencia. Necesitaban culpables y los habían encontrado, no hacía falta preguntarse nada más. La policía ni miente ni tortura, aunque presente detenidos malheridos que afirman haber recibido palizas en comisaría. Los médicos mejor no preguntan. Los jueces tienen claro que la palabra de un acusado, pobre, con pinta rara, latinoamericano o homosexual por muy malherido que esté, no vale nada.

El otro detalle es el fragmento de un noticiario de la televisión chilena del 19 de octubre de 2011, cuando dos policías que habían detenido a los chicos del 4F, que los habían acusado arbitrariamente, y que habían sido acusados a su vez de torturas, fueron condenados por habérseles probado no solo torturas a un ciudadano de Trinidad y Tobago sino también el haber fabricado pruebas para acusarle de un delito que viniera a justificar las torturas. Una coincidencia interesante de la que televisión chilena informa porque afecta a los dos compatriotas que permanecen en la cárcel española después de un juicio con pocas garantías. Y fue muy revelador verse por los ojos del otro. Ver nuestro modélico sistema judicial por los ojos del otro. Ver a España mirada como nuestros informativos miran a los países que tienen españoles en sus cárceles después de procesos más o menos dudosos. Y después, la constatación: ningún medio español informó de esa coincidencia que arrojaba una sombra de duda sobre todo el proceso anterior, cuando ya, por cierto, Patricia Heras estaba muerta.

El balance es desolador. Médicos que no preguntan, jueces que no cuestionan, periodistas que no informan. Y todo en esa democracia definitiva proclamada por la Cultura de la Transición, más de dos décadas después del fin de los “riesgos” soñado y bailado en la movida. 25 años exactos separan los dos febreros.

Lo peor de todo es que esos médicos no estaban en activo en los tiempos de los grises y la brigada político-social, ni esa juez formó parte del Tribunal de Orden Público franquista. No son restos de la dictadura. Han sido ya formados en esta democracia. Y sin embargo, el mismo engranaje, la misma rutina en el procesamiento de detenidos, la misma imposibilidad de defensa.

Y de pronto, comprendemos que nosotros también éramos idiotas, exiliados repentinos del mejor de los mundos posibles que nunca existió

Impresiona comprobar –sospechar– las continuidades profundas entre la dictadura y la democracia a través de una transición que se soñó modélica. Y ello, mientras se aprueba la ley mordaza y la cadena perpetua, y se amplía el concepto de terrorismo en el código penal dedicado ahora, entre otras cosas, a perseguir la subversión. Y entonces cae el velo de los ojos y uno se da cuenta de que proclamar la ceguera de los demás era la mejor manera de aferrarse a la propia.

Y es entonces cuando uno se acuerda de una canción que me gustaba mucho hace unos años: “Welcome to a new kind of tension / All across the alien nation / Where everything isn’t meant to be okay”.

“Don’t wanna be an American idiot”, cantaban Green Day en 2004. Y nosotros, condescendientes, pensábamos, míralos, los idiotas de Estados Unidos ya se van dando cuenta de la inanidad de su sueño alienado. Y de pronto, comprendemos que nosotros también éramos idiotas, exiliados repentinos del mejor de los mundos posibles que nunca existió y que debía redimirnos de todo nuestro pasado.

Don’t wanna be an Spanish idiot. Ya no más. Ni un minuto más. Que ya va siendo hora.

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