Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 25, Opinión
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Inventariando

Por Carmen Fernández / Viñeta: LaRataGris

Carmen Fernández

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¿Quién no se ha sentido alguna vez seducido por alguna de esas listas con las que nos topamos indefectiblemente al hacer una sencilla búsqueda por internet? ¿Quién no se ha visto atraído, arrebatado, despojado de su inicial cometido y ha caído en las redes de la hechizante enumeración de Los diez consejos saludables que cambiarán tu vida, o la relación de Las cincuenta películas que debes ver antes de morir, o la compilación de Los siete artículos más aterradores de la wikipedia? Es casi imposible resistirse al embrujo de las listas.

Enumeraciones, inventarios, directorios, relaciones, recuentos. Listas. Su febril presencia implica una eficiencia en el uso del tiempo, un resumen ordenado de hechos, personas, lugares, que alegre o tristemente son significativos. Todo lo que importa está en una lista. Eficiencia. Parece como si el uso del lenguaje estuviera en manos de afanosos gestores cuando debiera estarlo en las de poetas.  Cosas que un soltero nunca debe hacer para ligar; mainstream, zona de confort, sinergia y otros vocablos para parecer moderno; cómo mantenerse joven y delgada en diez pasos  (y una cámara criogénica). Si tus gustos no están dentro de una lista es porque tú no mereces estar en una. Y que viva la estandarización.

Catálogo, compilación, colección, repertorio. La burocracia nos ordena por lista, a los contactos los guardamos en una lista y algunos de ellos se merecerían estar en una lista negra. La de los reyes Godos ya solo la conoce el abuelo y otras listas dan auténtica vergüenza, como las de espera de los hospitales. Los que esperaron (pero estos con gusto) en la cola de los cines fueron los fans de una lista de 50 (muchas sombras y pocas luces) de un tal Grey que pronto e inexplicablemente entrará en el ranking de las películas más taquilleras. Y también gracias al cine (esta vez del bueno) conocimos a un tal Schindler y su papel con 1.200 nombres; estar en esa lista significaba la diferencia entre la muerte más horrible y la salvación.

Clasificaciones, letanías, series, registros. Hay listas de deseos y listas de propósitos. También las hay reveladoras como la que le encontraron al fallecido fiscal Nisman con la compra que iba a hacer al día siguiente y que desmontaba la tesis de su supuesto suicidio. A algunas lisas se entra por gusto, como la de la revista Forbes con las mayores fortunas del mundo de la que forma parte Emilio Botín (Don Emilio podría estar en muchas listas: en la de los hombres más influyentes de nuestro país, en la de españoles con peor acento anglosajón, en la de individuos con apellidos descriptivos, en la de banqueros que no se fían de su banco). Y algunos son expulsados de sus listas de siempre. Le sucedió a Harper Lee: tras cincuenta años perteneciendo al club de los autores ‘con un único libro’ ha tenido que abandonar tan selecta congregación al publicarse una secuela de Matar a un ruiseñor a sus 88 años. Y también le ha pasado a Tomás Gómez, en esta ocasión por razones menos meritorias, que ha sido invitado a irse de la lista de candidatos a la Comunidad de Madrid. Y es que a las listas no se les puede coger cariño.

Listas de imputados, de tarjeteros black… Pero yo venía aquí a hablar de la lista Falciani, aunque mucho me temo que sea demasiado tarde… Ya me he enredado.

 

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