Alaminos, Humor Gráfico, Número 24, Opinión, Paco Sánchez
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La misteriosa isla de Delos

Por Paco Sánchez / Ilustración: Jorge Alaminos

Paco Sánchez

Paco Sánchez

El viejo y huraño Poseidón vigilaba con avaricia día y noche la isla de Delos, en el archipiélago de las Cícladas griegas. Allí tenía su recóndito picadero en el que retozaba con hembras sin descanso. Con los vellos de su hirsuta y fiera barba tejió unas redes que impedían a todo mortal desembarcar en la ínsula. Los hombres le temían. En sus ratos benignos, Poseidón creaba nuevas islas y mantenía los mares en calma. Cuando se enfadaba o era ignorado, hendía el suelo con su tridente y provocaba manantiales caóticos, terremotos, hundimientos y naufragios. Su rencor hacia Odiseo-Ulises impidió a éste regresar a su hogar en Ítaca.

Poseidón también provocaba cierta perturbación mental, que hacía que los humanos temieran la invasión de sanguinarios marcianos acaudillados por un tal Gurb. En muchas ciudades griegas Poseidón era además el dios jefe de la polis. Pero un buen día Poseidón perdió muchos enteros en la bolsa de Atenas. La diosa Atenea se convirtió en la patrona de la ciudad tras competir con el barbubo irascible. Ambos acordaron que cada uno haría un regalo a los atenienses y que éstos elegirían el que prefiriesen. Poseidón golpeó el suelo con su tridente e hizo brotar una fuente, que les dio agua para beber y para cultivos, mientras que Atenea ofreció un olivo.

Los atenienses escogieron el olivo y con él a Atenea como patrona, pues el árbol daba madera, aceite y alimento. Tras esto, enfurecido por su derrota, Poseidón envió una monstruosa inundación a la llanura ática, castigando así a los atenienses. Pero éstos ya se habían envalentonado e incluso lograron arrebatar a Poseidón la isla de Delos.

Delos empezó a ser considerada un lugar santo y sagrado por los griegos antiguos, y se tomaron varias medidas para purificar la isla y hacerla apropiada para la adoración de los dioses. En el siglo VI a. C., el tirano Pisístrato ordenó que todas las tumbas visibles desde el templo fueran excavadas y los cuerpos removidos a ubicaciones fuera del perímetro. En el siglo V a.C., bajo la instrucción del Oráculo de Delfos, la isla entera fue liberada de todos los cadáveres y se prohibió que alguien más muriera o diera a luz en Delos.

Un siglo más tarde, en una decisión sin precedentes en la historia de la Humanidad, el gobernante demócrata Gurb decidió desterrar a Delos a Pluto Mamón, dios del dinero y de la avaricia, y a su concubina, la semidiosa Troika Putón. Entre ambos habían llevado a Atenas a la ruina y a la miseria, pero con la vuelta de la democracia recibieron su castigo. En Delos no podían hacer daño a los hombres, pero tampoco podían morir ni tener hijos allí (el dios era inmortal pero la semidiosa no podía vivía eternamente).

Pluto Mamón y Troika Putón fornicaban todos los días hasta el amanecer. La semidiosa quedó preñada, pero ambos lograron enmascarar el embarazo con artimañas. Troika Putón parió en la clandestinidad tres hijos: Jean-Claude, Mario y Christine. Los tres crecían salvajes y ocultos, hasta que el Gobierno de Atenas descubrió el engaño.

El pueblo pedía una pena dura y ejemplar, pero al final la asamblea de ciudadanos se decantó por dar una oportunidad a aquellos tres jóvenes, pese a que Jean-Claude era frío como un búnker, Mario era despiadado como un dragón y Christine era una auténtica lagarta. Por unanimidad se decidió que el castigo correctivo sería el siguiente: el gobernante Gurb se desplazaría a la isla de Delos para intentar reeducar a los adolescentes.

Tras varios meses de lecciones diarias, Gurb pensó que había llegado el momento de la prueba final. Dio a leer a los muchachos ‘Pluto’, una de las comedias más representativas del escritor Aristófanes, en la que plantea el problema de la desigual distribución de las riquezas en el mundo. En la obra, Pluto, dios de la riqueza, había sido cegado por Zeus y deambulaba de mano en mano sin saber en casa de quién paraba o quién le recibía; hasta que Crémilo, un agricultor pobre pero de gran bondad, le lleva a la cueva de Asklepio para que le devuelva la vista. Como resultado de la curación, la riqueza acude solamente a los hombres buenos y honestos, mientras que los perversos son condenados a la miseria.

Gurb confiaba en que los tres hijos de Pluto Mamón y Troika Putón aprendieran la moraleja de aquella obra de teatro. Los reunió y preguntó a cada uno qué querían ser de mayores. Estas fueron las respuestas. Jean-Claude: “Me gustaría ser el jefe de Europa y un gran defensor de los paraísos… fiscales”. Mario: “Yo me conformo con tener un gran banco y joder de vez en cuando a los griegos por lo que han hecho con mis padres”. Christine: “Yo soy más ambiciosa y me gustaría manejar millones y millones de dracmas, pero también repartiría a los amigos”. Gurb cayó al suelo desolado. ¿Qué futuro le esperaba a Grecia?

Jorge Alaminos

Jorge Alaminos

 

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