Alaminos, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 24, Opinión
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La guerra como solución final a la crisis

Por Gil-Manuel Hernández / Ilustración:  Jorge Alaminos

Gil-Manuel Hernández

Gil-Manuel Hernández

Hay algo que a la gente le cuesta aceptar, y es que a la mayor parte de los que realmente gobiernan el mundo no les importamos absolutamente nada. Ni nosotros, masas más o menos acomodadas y consumistas a del Primer Mundo, ni los miles de millones de personas que arrastran sus existencias por el fango del subdesarrollo, la pobreza y la exclusión social. A los poderosos únicamente les importa seguir siendo poderosos y reproducir su riqueza a una velocidad cada vez mayor. Y no es demagogia. El Informe elaborado por Oxfam en 2014 sobre la desigualdad en el mundo, significativamente titulado Gobernar para las élites, demuestra crudamente dos cosas: que el 1 % de la población mundial concentra la mitad de la riqueza total producida en el planeta; y que la desigualdad no para de crecer.

A finales de los años 70 el capitalismo global rompió su compromiso de moderar sus ansias depredadoras en el mundo occidental a cambio de obtener paz social. Pero cuando comprobó que esta estrategia temporal, puesta en marcha tras la Segunda Guerra Mundial para alejar al proletariado de la tentación del comunismo, hacia bajar su cuenta de beneficios, dio un giro copernicano a su manera de obrar y apostó por el neoliberalismo, es decir, rompió la baraja e impuso una nueva agenda, consistente en atacar simultáneamente al mundo del trabajo, al Estado del bienestar y al ya depauperado Tercer Mundo para aumentar la tasa de ganancias del capital.

Durante treinta años lo consiguió plenamente, aún a costa de arruinar a las clases trabajadoras del mundo más avanzado, seguir destrozando la naturaleza y arrojar al abismo a decenas de países empobrecidos mediante el cínico mecanismo de la deuda externa. En los países centrales la manera que adoptó el capital para seguir ganando dinero mientras se endurecían o “flexibilizaban” las condiciones laborales de clases bajas medias fue el recurso masivo al crédito fácil para estimular el consumo y, de paso, lanzarse a una loca carrera de especulación financiera (en gran medida ligada al mercado inmobiliario), que generó cuantiosos réditos y propició que las grandes transnacionales se hicieran todavía más grandes.

La solución a la burbuja ha consistido en crear otra todavía más monstruosa: una mezcla de especulación criminal y deudas de los estados

Sin embargo la burbuja, que ya no podía hincharse más, se pinchó abruptamente en 2007, la crisis apareció en 2008 y desde entonces no ha hecho más que propagarse y agigantarse en una especie de tsunami económico que ha causado un gran dolor social y ha empeorado sustancialmente las condiciones de vida de todo el mundo. Bueno, de todo el mundo no, porque los bancos responsables del hundimiento fueron salvados con dinero público, sus riquísimos directivos eludieron la justicia, el mercado de productos de lujo no dejó de crecer y, como demuestra Oxfam, en todos estos años la riqueza no ha dejado de concentrarse cada vez en menos manos.

Pero existe un problema, y es que la solución al pinchazo de la burbuja ha consistido en generar otra todavía más monstruosa, una burbuja que es una mezcla de la especulación criminal con las deudas públicas de los estados y una vuelta a las andadas en el casino global de operaciones tan rentables como arriesgadas. Y encima con un panorama de indignación social creciente, de exigencias de una nueva política, más democrática y participativa, de proliferación de nuevos espacios de experimentación con lo común y una potente llamada a la solidaridad de los pueblos. En Davos, que es donde se reúne anualmente la elite mundial, saben que esto no puede durar demasiado, y que más pronto que tarde se verá que el emperador está desnudo. Como advierten numerosos economistas, un simple movimiento de aversión al riesgo en una de las grandes plazas bursátiles puede desencadenar en una crisis mucho más terrorífica que la que estalló en 2008. Y esto puede suceder en cualquier momento.

Pero para esta eventualidad las elites capitalistas ya tienen la solución preparada. No se trata de ninguna novedad, pues el capitalismo ha resuelto sus últimas grandes crisis con un recurso infalible: la guerra a gran escala. La crisis de 1875 se resolvió con la Primera Guerra Mundial, la crisis de 1929 se solventó con la Segunda Guerra Mundial, y la de 1973 lo hizo con una auténtica guerra social, la ya referida ofensiva neoliberal, complementada por la ofensiva militar y política que llevó al colapso del bloque socialista y encendió definitivamente el polvorín de Oriente Medio. De todas estas grandes crisis el capital supo salir airoso porque la guerra, no nos engañemos, no solo supone un descomunal negocio en sí misma, sino que las reconstrucciones posteriores auguran una especie de “reinicio” del sistema de enorme rentabilidad.

Como ha dicho el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, una tercera guerra mundial se puede estar fraguando en zonas como Ucrania o Irak

Ahora nos encontramos en una de esas encrucijadas. La nueva crisis está al caer, pues Estados Unidos, primera potencia militar mundial, es el estado más endeudado del mundo, la Unión Europea agoniza y el colapso económico tampoco respeta a potencias emergentes y muy militarizadas como Rusia o China. Desde esta perspectiva, y como muy agudamente planteaba el prestigioso sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, la Tercera Guerra Mundial, o al menos una guerra a gran escala, se puede estar fraguando, especialmente en esas inestables fronteras entre mundos que son Ucrania y Siria/Irak.

Algún otro dato más, realmente preocupante: desde que empezó la crisis bancaria en 2008 el mundo se ha gastado unos diez billones de dólares en armamento, lo que supone un gasto de unos 1,5 billones de dólares al año. Un gigantesco negocio que no solo da rendimientos en tiempos de paz –recordemos la relevancia económica del complejo militar-industrial– sino que puede incrementarse si el sistema decide reiniciarse mediante la guerra como solución final para una crisis que ya no es solo económica sino social y, sobretodo ecológica. Para las élites una gran guerra no sería ningún problema, más allá de tener que lamentarse en público de los horrores bélicos y abogar hipócritamente por la paz del mundo. Más o menos como hacen ahora. Por eso dan tanto miedo, porque para ellos la humanidad ya es tan solo un medio para un fin, que es, llana y puramente, el incremento de los beneficios. Suena feo, sucio y cruel. Pero así entienden ellos el mundo, evidenciando que lo posthumano ya funciona como una gélida categoría del poder.

Jorge Alaminos

Jorge Alaminos

 

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1 Kommentare

  1. Que sepas, te digo que me encanta tu texto. Pronostico que serán a comienzos de 2019 cuando la crisis se evidencia, para tener su cenit en 2020-21.

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