Jose Antequera, Número 24, Opinión
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La Duquesa de Alba

Por José Antequera / Imagen: Afp

José Antequera

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Se conoce que aquí, en España, el personal defrauda al fisco hasta después de muerto. Uno lo dice porque han trincado a la señora duquesa de Alba, ya fenecida, evadiendo unos duros a los cantones suizos (cómo cantan los cantones). Según la Agencia Tributaria, la declaración de la renta de doña Cayetana siempre le salía a devolver, pese a que era una de las fortunas más importantes del mundo y acumulaba 44 kilazos de vellón en propiedades. De modo que España se ha convertido ya en un cementerio de muertos que defraudan mucho a Hacienda, todos ellos catedráticos por la universidad de la “Soborna”. Bárcenas es un muerto olvidado al que ahora nadie conoce en el partido; Blesa era otro muerto que pasaba por allí y al que Aznar le colocó el traje de tiburón de las finanzas; Urdangarin estaba muerto como jugador de balonmano pero dio el braguetazo del siglo y resucitó su carrera como diestro tironero; Villar, el presidente del fútbol, lleva cuarenta años muerto, metido en formol, lo cual que es como el Franco del balompié. Los españoles aún estamos esperando que el Estado aclare los pazos gallegos que el Caudillo levantó, uno tras otro, con los andamios óseos de miles de republicanos. Ocurrencias de la memoria histórica, pensará Rajoy. España siempre ha sido un país de dinastías muertas e infecundas, de nosferatus que andan todo el rato chupándole la sangre al pueblo, de muertos que se lo han estado llevando muerto a la sepultura por los siglos de los siglos. España es polvo de camposanto desolado y árido y a poco que los inspectores de Hacienda escarben en los nichos y panteones ilustres del país seguro que encuentran la pasta que nos hace falta para que no nos empapele la troika. Los hombres de negro siempre vienen de luto a España porque saben que van de entierro, a enterrar lo poco que ha quedado tras el festín de los ricos muertos, a dar la última palada de tierra a las migajas que han dejado los rancios abolengos. Jesús Gil fue un muerto que se largó de este mundo descojonándose de todos, mayormente de Hacienda. Pujol es otro que lleva muchos años enmudecido, como un muerto discreto, por no levantar sospechas, y por eso frecuenta pitonisas que le hacen la güija y le avisan por si los de la UDEF andan por Andorra. Montoro haría bien en enviarle la factura a todos estos muertos, para que se vayan pasando por la ventanilla de Hacienda cuando tengan un rato libre en medio de la eternidad y vayan declarando lo que deben. En España siempre han vivido mejor los muertos ricos que los vivos pobres. Mejor vida es morir que vivir muerto, decía el maestro Quevedo. La Grecia de Syriza llevaba dos mil años muerta, desde la dorada Atenas de Pericles, pero ha despertado al fin y Tsipras le ha dicho a la Merkel que tururú, que por ahí se va al Pireo, que ya no traga con tanto muerto improductivo sacando el dinero a Suiza. Jerónimo Tristante, el padre de Víctor Ros, nuestro Sherlock Holmes hispano que ahora llega con gran éxito a TVE, me dice con razón que la España de la Restauración decimonónica se parece mucho a esta España de hoy en día. Turno de partidos, caciques, enchufados, terroristas por doquier. Y muertos, diría uno, muchos muertos vividores que andan afanando el parné del país y defraudando a Hacienda a todas horas. Aquí la pasta la tienen bien apestillada en la tumba cuatro muertos muy vivos y muy tahúres y sus esposas testaferras (no sé si puede feminizarse el término pero me da igual), cuatro muertos que están muditos y que no sueltan prenda. Yo a la duquesa de Alba siempre la vi como un personaje goyesco de otro siglo, de otra época, de otro mundo. La dueña de este cortijo de terratenientes que siempre ha sido España, la patrona que reparte mendrugos de pan duro y harapos sucios a los jornaleros de la oliva. Dicen que está muerta. Pero para mí que en cualquier momento, y cuando menos lo esperemos, la señora se levanta del hoyo, cabellos blancos y revueltos de fea aparecida, botines de flamígero charol, morros siliconados y voz de ultratumba más fantasmal que nunca, y se marca un grotesco zapateao delante de su pueblo ignorante y hambriento. Hacienda ha llegado tarde para empapelar a la duquesa. Para mí que no estaba muerta, que estaba de parranda.

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