Alaminos, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 25, Opinión
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¿Judas o héroe?

Por Juanma Velasco / Ilustración: Jorge Alaminos

Juanma Velasco

Juanma Velasco

Chivato, traidor, denunciante, topo, judas, delator, soplón. Podría seguir con la enumeración, pero no conviene mostrar en exceso mi erudición léxica porque se podría interpretar que he echado mano de algún diccionario de sinónimos residente en Google y no es el caso. Modo sarcasmo off.

Términos similares ¿o semejantes? ¿quizá parejos? en lo que concierne a su significado, pero cada uno con ese matiz de hilo de oro que hace del castellano una lengua tan pobre en sinónimos que todavía ando buscando dos palabras que signifiquen exactamente lo mismo y sigo sin hallarlas.

Pero como este número de Gurb orbita en torno a la lista Falciani y sus efectos colaterales, necesitaré escoger una de esas palabras apuntadas para catalogar al monegasco, un ingeniero de sistemas que no habría conseguido su capilla en la Wiki de no ser como consecuencia de la filtración de una lista a la que la prensa ha bautizado con su apellido y que recoge una relación de hasta 130.000 personas que poseían en 2007-2008, cuentas opacas millonarias en el banco suizo HSBD, que fue el que satisfizo su salario durante los siete años que prestó servicio en la entidad suiza.

Pero lo de calificar a alguien bajo el palio de un solo término supone de habitual un ejercicio de subjetividad que depende en buena medida de la impresión del calificador hacia la persona. Bajo esta premisa, Hervé Falciani será para las autoridades del banco, las de entonces y las de ahora, un judas, o un hijo de la gran puta resentido sin mayores tapujos, mientras que para algunos suizos orgullosos de su secreto bancario no dejará de ser una categoría más baja en la escala del desprecio: soplón o traidor, según sensibilidades.

Montoro, la criatura élfica, junto con Pujol, que más ha prosperado en la Historia de España, por lo común aliado con las grandes fortunas y con los que las detentan, considerará a Falciani, a micrófono cerrado, como un delator sin escrúpulos, mientras que Rajoy, al que no se le conoce apego alguno hacia quienes cuestionan el orden establecido por muy escorado que esté hacia los pudientes, se inclinaría, previa consulta con sus apuntes, por topo. Si lo tuviera que catalogar Pedro Sánchez, primero se referiría a él como héroe y al cabo de media hora como villano para acabar tildándolo de herollano al día siguiente y descontentar una vez más a las partes, a todas las partes.

No existe una opinión universal convergente sobre un mismo hecho, sobre un mismo espécimen. Más bien al contrario, cada individuo, cada tribu, cada pueblo tiene una impresión distinta, opuesta en demasiadas ocasiones, sobre determinados sucesos que están perfectamente detallados, documentados, ubicados en el tiempo (en particular los contemporáneos) y que no admiten siquiera la duda de un posible deterioro por transmisión oral como ocurre no ya solo con hechos incomprobables, sino con los credos que imperan en el planeta, que más se sustentan sobre parábolas y ucronías que sobre certezas.

Si tuviera que adjetivar yo a Falciani, escogería denunciante, que sin duda es la palabra menos peyorativa para alguien que accionó el interruptor de una cámara acorazada que ni siquiera disponía de ojo de buey, ni de un mísero candil de aceite, a la que sólo tienen acceso los depositantes y la sempiterna discreción suiza hecha empleado de banca, pero ninguna agencia tributaria más. Denunciante, dinamitero, artificiero, en todo eso se convirtió el cabrón de Hervé Falciani para los de ordinario blindados poderes económicos cuando abrió una de las muchas tumbas de Tutankamón que permanecen aún sin descubrir.

Sin embargo, los mensajeros, los portadores de nuevas, como antiguamente se denominaba a las novedades, siguen sin tener buena prensa ni en la Historia ni en nuestra sociedad actual. Si ya se acostumbraba a matarlos para que el secreto muriera con ellos, no se les augura a los actuales un futuro prometedor, ni condecoraciones vitalicias que premien el descubrimiento de la podredumbre del estamento aflorado.

Tanto Julian Assange como Bradley Manning, máximos aireadores de los secretos de la diplomacia norteamericana que dejaban al descubierto las masonerías del espionaje del aparato de Estado norteamericano y que la prensa bautizaría como Wikileaks, sólo han obtenido persecución el uno y condena de 35 años de cárcel el otro, estigmatizados sin reposo por quienes sintieron la corriente de aire del escándalo entrando por el orificio anal de su Estado de derecho.
No goza Falciani de un fervor de virgen entre los políticos, al menos entre los españoles, que es a quienes tenemos el disgusto de escuchar, pero ni siquiera entre los ciudadanos obtiene una impresión robinhoodesca, por una convergencia entre la desconfianza que suelen generar este tipo de denunciantes y la acerada campaña en su contra de unos medios absolutamente controlados por los lobbys económicos y políticos siempre aliados con la opacidad.

De que Hervé Falciani no cuenta con una devoción masiva, siquiera entre la soldadesca, dan cuenta los resultados electorales de las pasadas europeas ya que el informático, asentado en España, se presentó como cabeza de lista del Partido X que no obtuvo representación parlamentaria. Tras su fracaso en esta formación, Falciani se ha dejado querer por Podemos, pero tampoco parece que pueda desplazar siquiera a un debilitado Monedero en el organigrama de la formación.

Si Roma ya no pagaba traidores, el pueblo sigue sin santificar a estos tipos que descubren un pastelón repleto de mosquitos Anopheles, en algunos casos por ideología, en otros por intereses, en otros por necesidad de relevancia y en los más por resentimiento hacia algunos de sus semejantes.

Reconozco, para mi propia sorpresa, que tampoco este cronista ha estado muy condescendiente con el monegasco y los de su especie. Vivan Fernando Alonso y Valentino Rossi.

Jorge Alaminos

Jorge Alaminos

 

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