Artsenal, Humor Gráfico, Número 25, Opinión, Xavier Latorre
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Holocausto financiero

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

Xavier Latorre

Un tal Falciani indicó el lugar. Proporcionó la pista del sitio exacto donde se hallaban unas inmensas fosas comunes. Ese informático de un gran banco suizo desveló el misterio de aquellos enterramientos secretos. Aquel descubrimiento, aunque ya se temía algo similar, puso al descubierto que lo que todo el mundo llamaba caja fuerte era un enorme tanatorio. En su interior yacían cadáveres de enfermos de la Hepatitis C sin acceso a medicamentos vitales, náufragos de pateras ahogados cuando ya avistaban a lo lejos la orilla del mundo rico y opulento, personas sin recursos a los que se les habían denegado ayudas sociales y gente inocente, cogida al azar de forma caprichosa, ejecutada posteriormente por unas indecentes medidas dictadas por algún lumbrera del FMI o del BCE, que las bolsas europeas recogían con gran júbilo alcista.

Todos pensaban que allí, en aquellas habitaciones blindadas de acero, del más caro de la tienda de bricolage de la esquina, con sofisticados sistemas de seguridad y con gorilas cachas uniformados en la puerta, se custodiaban divisas, lingotes de oro o documentos comprometedores que acreditaban que alguien tenía a un testaferro haciéndose pasar por él mientras se dedicaba a gobernar el mundo con un puro. ¡Qué gran equivocación! Era todo una farsa. Esos nichos financieros conservan, como si fueran tumbas de faraones, a momias a las que nadie prestó el menor interés en vida porque había, decían, que rebajar la deuda creada por los mismos que ahora andaban asfixiando al personal. En los bajos fondos suizos se apilaban víctimas del narcotráfico, de la trata de blancas y de los sobornos destinados a doblegar voluntades para poder hincarle un diente al presupuesto de un país cualquiera, pongamos Grecia, sin que nadie se diera cuenta de que se acababan de zampar la merienda de toda una generación.

La revelación de este arrepentido, vete a saber por qué, ha puesto de manifiesto con papeles en la mano que existen esas fosas comunes clandestinas –repartidas estratégicamente en parajes paradisíacos– rodeadas de campos de golf, de tiendas caras alrededor y de amarres exclusivos para yates. Allí unos muertos vivientes, que se alimentan de la sangre, y también, claro, del sudor ajeno, amontonan sus riquezas para pasárselas por las narices a sus asesores fiscales, por el coño a prostitutas de lujo que tienen prohibido decir que son putas, por el morro a Montoro o a personas mezquinas que les hacen la ola aunque el disparo a gol se vaya a las nubes. Esos locos de remate, enfermos del dinero, andan sueltos y todos les temen.

El club de los evasores

Dentro de esos búnkeres de hormigón armado se halla la riqueza más descarnada. Todo el dinero que no paga impuestos, y por tanto, ni farolas, ni colegios, ni dichosas estaciones del AVE, ni el sueldo de los antidisturbios, cabe en un simple y sencillo pen. Esa pequeña memoria USB, sin embargo, no conseguirá, como si lo viera, que nadie de esos magnates, esos evasores 24 horas, vayan a prisión. Ese “privilegio” queda reservado a un par de delegados sindicales que integraban un inofensivo piquete matinal en una intrascendente huelga de provincias.

Los dueños de esas cuentas opacas alegan cínicamente que no lo sabían, que se enteraron tarde, que sus padres tuvieron miedo a una guerra, que ya han regularizado sus obligaciones fiscales… Los políticos les han impuesto una ridícula penitencia y les han absuelto/amnistiado de sus pecados financieros. Sin embargo, ahora que se ha descubierto el pastel unos pocos han dejado de ser objeto de admiración general. Los “pobres” no han pegado ojo estos días pensando que su nombre, su alias y su careto iban a salir escupidos en algún telediario. Unos pocos clientes del HSBC suizo han perdido su honorable reputación, cayendo en desgracia. En cambio, miles y miles de ricos miserables, invisibles, titulares de esas libretas de la muerte, con bombas de relojería adosadas a sus billeteras dispuestas a hacer un estropicio en un centro comercial en hora punta, siguen sin ser identificados. Esos depravados económicos viven tan ricamente, ajenos a los muertos en combate que cada día producen. Son los daños colaterales que ocasiona el tomarse una caipiriña en las Islas Caimán. En esos inexpugnables paraísos se guardan los manuales de uso, el libro de instrucciones, de este sistema económico ruin y zafio. Puede que la lista Falciani, como la lista de Schindler, salve del genocidio económico a algunos enfermos graves a los que se les podrá administrar algún remedio caro como el Sovaldi. Otros muchos, millones de personas, inevitablemente, sucumbirán en los campos de exterminio financiero camuflados en las catacumbas de esas respetables corporaciones bancarias.

Artsenal

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