Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 24, Opinión
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Eureka

Por Francisco Cisterna / Viñeta: Gatoto

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Un sol amarillo limón acaricia las desgastadas columnas que proyectan sobre el estéril terreno la sombra de una magnificencia perdida. Los tiempos arquetípicos y los años salvajes flotan en el remolino de escombros como un mal presagio de lo que fue y no volverá. Ángela es joven y acaba de saltarse el protocolo al abandonar el itinerario marcado por el guía. Pertrechada con su réflex Voigtländer, unas oscuras gafas de sol y un vestido blanco con bordados está dispuesta a fotografiar los secretos del Partenón y llevarse a Hamburgo la esencia de la cultura clásica. Embriagada de sol y Mediterráneo dispara sin cesar sobre imposibles contraluces y sombras anaranjadas. Agachada, de rodillas, sentada, recostada, todas las perspectivas le parecen insuficientes para capturar el sueño originario de la democracia… Alguien se ha colado en el objetivo de su cámara, en el último fotograma. Es un muchacho alto, delgado, de andar atolondrado y mirada bobalicona que contempla las ruinas con la boca abierta. Cree reconocerlo del hotel, del grupo de españoles que comparte comedor a pesar de que los alemanes manifestaran su preferencia por los holandeses. El joven se acerca a saludarla. Levanta su mano derecha y dice hola en perfecto castellano. Es la primera vez que se reprocha no haber aprendido inglés. Ella le devuelve una sonrisa y le indica, ladeando la cabeza, que salga del campo visual de su cámara. Continúa empeñada en retener, en congelar la gloria del pasado, fotograma a fotograma. Él la sigue diligente, entre escalinatas y columnas, a cierta distancia. No quiere convertirse en un estorbo. Una nube despistada cubre el sol y la muchacha toma un respiro para ajustar el diafragma de la Voigtländer. Me llamo Mariano, dice él tocándose el pecho, Ma-ri-a-no. Ángela, responde ella escuetamente mientras clava la mirada en el desgastado suelo. Ambos sonríen sin fuerza y continúan la excursión. El clic del disparador vuelve a resonar intermitente entre la piedra cansada y enferma que otrora albergara la grandiosa estatua de oro y marfil de Atenea Partenos. Ángela ha fotografiado casi todas las columnas a grandes rasgos y en detalle. Es hora de volver al grupo con su inesperado compañero. Pero antes quiere inmortalizar a una anciana que divisa al fondo, sentada en un escalón, con las manos entrecruzadas y toda vestida de negro. Mariano reconoce la intención de Ángela y se encamina también hacia la solitaria figura que se recorta en el atardecer rojizo. Enlutada, anciana de una edad indescifrable, de rostro arrugado a racimos, pelo blanco y cabeza tocada con un pañuelo de vuelo negro como el cuervo, manos huesudas, blusa y falda larga que apenas deja ver unas zapatillas tan negras como el resto del atuendo. Su mirada contiene el sabor de la sangre derramada, de la sangre gastada, de la sangre sacrificada, de los años que serán y los que han sido, del interregno de la Historia donde nadie osa adentrarse. “Volveréis”, anuncia la anciana con voz enérgica a la llegada de los dos jóvenes. “Volveréis triunfadores a remover las ruinas de la democracia, a asestarle el viejo golpe que cada cien años reciben las utopías, a devolver el polvo abatido al lodo, a emponzoñar los discursos con lógica de banquero aristotélico. Volveréis a ofrecer la cicuta de la deuda amarga. Reclamaréis la parte del león cuando sois ratas. Conspiraréis contra la Historia y las voluntades. Desperdiciaréis la oportunidad de expulsar del templo a los fariseos. Gramaticalizaréis las ideas para evitar toda ilusión. Pero, aun así…, aun así, nada volverá a ser lo mismo. ¡Marchaos, malditos! ¡Id en paz para volver en pie de guerra!”.

Las palabras de la anciana no cobraron significado hasta que transcurrieron muchos años y nuestros jóvenes, ya no tanto, volvieron a Atenas para reclamar los 26.000 millones de euros que una España empobrecida había prestado a una Grecia arruinada y los miles de millones de deuda que el país heleno había contraído con bancos alemanes. ¡Eureka!, dijo Arquímedes al comprobar que el volumen de agua ascendido era igual al volumen del cuerpo sumergido. Así solucionó el problema de saber si la corona del rey Hierón II era de oro puro al calcular su densidad a partir de la masa ya conocida. La esencia de la cultura europea dormía prisionera en los ajados clichés depositados en la caja B de un banco de Hamburgo.

Gatoto

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