Ángel Vilarello, Deportes
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El Cid Recaudador

Por Ángel Vilarello. Viernes, 20 de febrero de 2015

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Me pregunto si hay tan sólo uno de ustedes que no conozca a alguien que colabore en algún equipo deportivo aficionado, a modo de entrenador, monitor, ayudante, taquillero, o incluso ejerza de directivo (mi más sentido pésame en este caso). Seguro que no. Por supuesto, conocerán también a muchos niños y jóvenes que practican su deporte favorito en estos humildes clubes que no tienen otra aspiración que poder salir adelante un año más. No cabe duda de la innegable labor que estas instituciones sin ánimo de lucro realizan para la sociedad, ofertando una opción de ocio saludable alternativo que a buen seguro muchas familias agradecen. Pero me temo que pronto cambiarán su denominación a “sin ánimo de luto”.

Nuestro infatigable “Cid Recaudador” el señor Montoro parece haber puesto su mirada en el deporte base de nuestro país y escudándose en un eufemismo legislativo llamando Ley de Emprendedores, pretende que toda entidad deportiva inscriba en la Seguridad Social a aquellos colaboradores que perciban una remuneración por su trabajo (hablamos de cantidades pírricas). Esta idea en sí misma ya ha hecho temblar los cimientos de miles de clubes, que ya contemplan su desaparición, más aún cuando la propia ley propone que sean los directivos los que respondan con su patrimonio en caso de incumplirse estas medidas (sí, han leído bien), por lo que si ya era difícil encontrar personas altruistas que dediquen gran parte de su tiempo libre a estas actividades, ahora será más fácil encontrar a Wally oculto en el Vicente Calderón un domingo de derby.

Mientras el fútbol profesional arrastra una deuda de unos 3440 millones de euros, más de la mitad del presupuesto anual español para infraestructuras, los clubes deportivos aficionados sobreviven a base de arriesgados equilibrios financieros, malabarismos contables más propios del Circo del Sol, lastrados por el enorme descenso de ayudas y subvenciones fruto de la crisis. No es extraño ver a un presidente barriendo, en la taquilla, lavando ropa y pintando el campo un día cualquiera. Por si esto fuera poco, los gastos comunes siguen aumentando (imaginen el recibo de la luz de un campo de fútbol) y no son pocas las familias que han tenido que decirle a su hijo que no podía seguir jugando al fútbol al ser incapaces de hacer frente a las cuotas mensuales y al coste de las equipaciones, reduciéndose aún más los escasos ingresos que perciben las asociaciones deportivas.

Creo que a estas alturas nadie duda de la necesidad de regular el dinero que se mueve, evitando la economía sumergida, aunque un chaval que percibe 150 euros por entrenar tres días a la semana (más el día del partido) a un equipo que quizás le suponga realizar 20 kilómetros de desplazamientos por día, dista mucho de lo que yo llamaría economía sumergida, salvo que este calificativo haga referencia a una economía que está hundida, en peligro real de muerte. Por supuesto, hay que advertir que no podemos generalizar, y si se ha de legislar el deporte aficionado en su totalidad, me parece bien, siempre y cuando la ley que lo exija, vaya acompañada de la ayuda necesaria para que pueda llevarse a cabo, sin poner más zancadillas a las precarias economías de estas organizaciones que podríamos llamar “sociales”.

Siguiendo con el ánimo de relativizar, vamos con otro ejemplo. Un equipo de fútbol de Segunda División B tiene una plantilla de jugadores que ronda los 22 integrantes; supongamos que tres o cuatro jugadores sean jóvenes que pertenezcan a un filial, por lo que sí podrían entrar en lo que la ley vigente denomina remuneración para gastos, de desplazamiento por ejemplo. Nos quedan entonces 18 futbolistas, pero legalmente sólo se exige que 6 de ellos tengan ficha profesional, y muchos son los clubes que se ciñen a este mínimo. Recurriendo a matemáticas básicas, nos quedan una docena de jugadores, que en su mayoría perciben bastante más del salario mínimo interprofesional (648,60 para el año 2015). Es cierto que exigir más a estos equipos, sería ponerles la puntilla, pero ¿hasta qué punto es sostenible un presupuesto anual de 500.000 euros si hay 200 espectadores en el campo cada 15 días?

Si alguien me pregunta si me parece justo que un deportista gane “x” dinero (pongan aquí la cifra que quieran, incluso el sueldo de Messi si les parece), siempre respondo lo mismo: “si lo genera…”

Lo que parece evidente, es que gran parte de los jugadores simplemente no los generan, bien sea por incompetencia de los gestores que manejan el club, bien sea porque no lo hacen suficientemente bien o porque tienen la desgracia de que su deporte es de los llamados minoritarios. Pero ojo, el deporte que más gente mueve en este país, resulta que es el más deficitario de todos, hablo por supuesto del deporte rey, el fútbol. Sobra decir que ante la masa social que arrastran son muchos y no todos éticos, los intereses que rodean este deporte. Pero de eso hablaremos otro día.

Por lo pronto, en una sola jornada de huelga en el fútbol aficionado, se han suspendido unos diez mil partidos y se estima que 332.000 deportistas secundaron la protesta. Las cifras desde luego marean y no deben ser tomadas a la ligera. Se impone una regulación, pero que no ahogue al moribundo, ha de ser la cordura la que impere. Mientras tanto, me gustaría ver a Montoro delante de un niño o niña de 10 años que sostiene un balón en las manos, y mirándole a los ojos le explicase porque hoy no puede ir a jugar al fútbol. Hay pocas cosas más francas que la mirada de un niño, pero de eso no tiene ni idea el Cid Recaudador.

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