Editoriales, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 25
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Editorial: El paraíso a la vuelta de la esquina

Ilustración: Luis Sánchez. Viernes, 20 de febrero de 2015

Editorial

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A menudo hablamos de los paraísos fiscales como si nos refiriéramos a lugares etéreos, lejanos, exóticos, parajes celestiales situados poco menos que en el Más Allá. Sin embargo, estos lugares proliferan con facilidad y algunos no andan demasiado alejados de nosotros. En un mundo globalizado como es el nuestro, un cliente puede mover grandes sumas de dinero sin moverse prácticamente de su oficina o de su casa, simplemente apretando la tecla de su ordenador y haciendo gestiones por Internet. El fenómeno de los paraísos fiscales está tan extendido y arraigado, hay tantos países en el mundo que reúnen los requisitos para recibir tal consideración, que hasta existe un real decreto dictado por el Gobierno español, concretamente el RD 1080/91 de 5 de julio, que enumera un total de 48 estados ‘offshore’, es decir, jurisdicciones cuyo sistema fiscal y tributario exime del pago de impuestos a los inversores extranjeros que mantienen cuentas bancarias o constituyen sociedades en su territorio. Que un texto legal aprobado por el Parlamento se refiera a estos lugares como escenario para intercambios comerciales sorprende, choca y demuestra el primer axioma con el que nos tropezamos cuando hablamos de este grave problema: que los paraísos fiscales no solo están aceptados internacionalmente sino que forman parte de la tramoya financiera, del juego económico, del propio sistema capitalista. Es como si el capitalismo precisara de estos ‘agujeros negros’ para poder digerir gigantescas transacciones financieras que de otra manera no podrían realizarse al provenir, en la mayoría de las ocasiones, de operaciones ilícitas, como la evasión de capitales, el blanqueo de dinero, el lavado de beneficios procedentes del narcotráfico o la obtención de ganancias por la venta de armas a terceros países. Están tan asumidos estos entes  por el sistema de capitalismo salvaje que rige nuestras vidas que 33 de las empresas españolas que forman el Ibex 35 han estado presentes en algún momento de su existencia en territorios considerados como paraísos fiscales, según revela el Informe sobre la Responsabilidad Social Corporativa realizado por el Observatorio de la RSC.

Terminar con los paraísos fiscales supondría tanto como terminar con el propio sistema capitalista

¿De qué estamos hablando entonces? A menudo a nuestros políticos se les llena la boca de medidas urgentes que prometen llevar a cabo para erradicar estos puntos sospechosos de la economía mundial pero no hay más que echar un vistazo a la recién aireada Lista Falciani para concluir que la inmensa mayoría de las grandes fortunas del planeta necesita de los paraísos fiscales como refugios para seguir subsistiendo. Nos encontramos por tanto ante una nueva muestra de hipocresía política, ya que decir que a día de hoy se puede terminar con los paraísos fiscales es tanto como afirmar que es posible acabar con la guerra en el mundo, con las enfermedades o con los desastres naturales. Los paraísos fiscales siempre han formado parte intrínseca del sistema capitalista y el primer rico de la humanidad que tuvo conciencia de su riqueza a buen seguro que la primera idea que le vino a la cabeza fue esconder su maravilloso tesoro bajo una piedra, bajo un árbol o bajo el colchón, sin duda los primeros paraísos fiscales de la Historia. Se trata por tanto de asumir que estas entidades macroeconómicas, estos exilios dorados construidos para ocultar las grandes fortunas mundiales siempre han existido y siempre existirán, entre otras cosas porque quienes diseñan el sistema diseñan también la escotilla para poder evadir sus capitales. Es decir que, como siempre, hecha la ley, hecha la trampa. Por eso produce irrisión, cuando no bochorno y hastío, escuchar al presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, proponer en foros internacionales un nuevo paquete de medidas para erradicar los paraísos fiscales. Y produce hilaridad sobre todo porque en su propia casa, en Génova 13, tiene al tesorero de su partido, Luis Bárcenas, acusado de evadir muchos millones de euros a Suiza, buque insignia y modelo de los paraísos fiscales a nivel planetario. El espectáculo vergonzoso al que hemos asistido esta semana al ver cómo declaraban decenas de ejecutivos de Bankia por el caso de las tarjetas black, entre ellos el ex ministro de Economía de Aznar y cerebrito de las finanzas Rodrigo Rato, demuestra a las claras la tesis de esta editorial: que los magnates del sistema financiero y prohombres de la política no solo no tienen ninguna intención de acabar con los paraísos fiscales, sino que viven de ellos como parásitos o mosquitos en una ciénaga. Eso por no hablar del patrimonio acumulado por el clan Pujol en Andorra, un paraíso fiscal a la vuelta de la esquina.

Cualquier gobierno que pretenda abordar este grave problema debe hacerlo desde una perspectiva pragmática

Terminar con los paraísos fiscales supondría tanto como terminar con el propio sistema capitalista y no creemos que haya ningún ingenuo que piense a estas alturas que eso es posible. Cualquier gobierno que pretenda abordar este grave problema debe hacerlo desde una perspectiva pragmática, siendo consciente de que liquidar esta trama mundial es poco menos que una utopía pero teniendo en cuenta también que todavía se pueden hacer cosas, como limitar el secreto bancario, incrementar la presión contra el fraude fiscal en sus raíces, imponer un tipo de gravamen fuerte a las rentas más altas, esto es, a las grandes fortunas de España, destinar más recursos a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y a la administración de Justicia para luchar contra el crimen organizado y aflorar la economía sumergida española, que alcanza el 24,6% del PIB, más de 253.000 millones de euros que no se declaran, entre otras medidas. Seguro que por este camino tampoco conseguiríamos terminar con el mal definitivamente. Pero al menos el Estado sacaría una buena tajada de quienes viven del fraude y aumentaría considerablemente su nivel de ingresos. Lo que no vendría nada mal para ir saldando la deuda pública y mejorando el maltrecho estado de bienestar.

Luis Sánchez

Luis Sánchez

 

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