Relatos cortos
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Detrás de la niebla (VII)

Por Cipriano Torres

Capítulo 7

 

Cipriano Torres

Cipriano Torres

Cuchichearon durante un rato como hacen los amantes, que se hablan al oído para que el mundo no escuche sus secretos, palabras arrastradas de saliva que sonaban como las hojas cuando se pisan en otoño, pero aquella situación no podía ser eterna, y allí no estaban por casualidad, no habían llegado a la casa como llegan las parejas que detienen el coche, miran alrededor y deciden amarse en un cortijo abandonado como adolescentes que buscan un lugar que añade aventura al desahogo, y se aman con la lujuria del temor a que alguien los descubra, y por eso desarrollan el sentido que les avisa de pasos que se acercan, y saben distinguir un ruido accidental de otro provocado, ellos estaban allí por otras razones, cada uno la suya, tal vez coincidiendo más de lo que podían imaginar.

Mientras se vestían, la chica se hacía preguntas que se dibujaban en su cabeza en forma de titulares trepidantes de periódico, ese recurso del cine por el que vemos un tropel de portadas que se atropellan unas a otras con la foto del asesino más buscado, pero se daba respuestas que a ella misma le sorprendían porque donde esperaba remordimiento encontraba tranquilidad. Era la paz que se siente cuando preferimos una equivocación al reproche futuro por no habernos concedido lo que estábamos deseando. Se conocía bien, y por eso, pasados los primeros minutos después de aquel capricho provocado, arrastrada a conciencia por la ternura de un amante tan tenaz y perseverante, empezaba a vislumbrar los entresijos de una historia que confluían en ella. Y no le gustaban. Era sólo el germen de una intuición borrosa, como esas imágenes que se ven al trasluz de un cristal empañado por vapores de agua. En el repentino silencio del chico observaba un remolino de dudas, y si antes de haberlo arrastrado hasta aquel jergón sucio, del que tuvieron que apartar con las manos el serrín de las polillas, estaba segura de la determinación de contarle qué estaba pasando, ahora no sólo no veía el mismo ánimo sino que sospechaba de sus intenciones inmediatas. De espaldas a ella, vestido de nuevo con el pantalón y la camisa manchados del inocuo engrudo rojo, como el que llega a casa después de una fiesta de disfraces, convertido en un fantoche fuera de lugar, lo vio ridículo pero vulnerable, luchando como quien está sometido a la esclavitud de una droga que apenas concede una tregua.

–Me habían dicho que eras muy buena, pero no esperaba que jugaras tan bien. Ya están las cartas boca arriba.

Parecía otro. Sus palabras olían a cinismo sucio, arrastradas por una insolencia retadora, tan novedosa como alarmante, medidas como si hubieran sido maceradas en un caldo cenagoso. No la miraba de frente sino por encima de unas gafas invisibles que le hacían bajar la cabeza para que sus ojos parecieran dos terrones de carbón vivo, apretando las mandíbulas como un felino lo hace con su presa. Eres muy buena, dijo de nuevo acercándose hasta donde estaba ella, que reaccionó echándose en la cama porque no estaba segura de poder mantener el equilibrio, casi me creo la farsa, hay que ser muy valiente y tener las cosas muy claras para entregarse a un tío como lo has hecho, si tú no das el paso yo no me hubiera atrevido a tanto.

–No sé de qué me estás hablando, dijo la chica para ganar tiempo, frases que no se dicen sino que se escapan por el desfiladero de la boca y que el otro escucha como un disparo al aire, como una provocación que añade solivianto en vez de calma, y casi sin terminar, sin poder apagar la mecha que adivinaba haber prendido en aquellos ojos próximos y al acecho, sonrió echando mano de la estrategia del que tiene pánico a los perros pero al pasar por su lado silba para ocultar su nerviosismo y evitar así que se abalance y te convierta en su presa. Calculó la distancia que había hasta la puerta girando el cuello en un falso movimiento de relajación, pero él, cogiéndole la mano, le advirtió que no lo intentara porque la huida no formaba parte del juego.

–No sé de qué me estás hablando, nene.
Ahora sí dijo lo que quería decir, y aquel nene sonó como ella quería que sonara, con desprecio y hastío, una palabra que en su boca podía ser caricia o escupitajo, y por eso se levantó de golpe y le retiró la mano de su mano con la misma repugnancia que se arroja a la basura la foto hecha trizas de quien jamás creíamos que nos traicionara. De pie, espantando el polvillo incesante que caía de las vigas, buscó por el techo y los rincones en penumbra algo inconcreto tratando de confirmar la sospecha, esa sensación de que alguien nos mira desde cerca y no podemos ver.

–Me voy.

–No puedes salir, contestó él sin levantar la vista en un tono casi amargo. Un suave chasquido, apártate de ahí, apártate de ahí, precedió al derrumbe de la viga volada sobre la cabeza de la chica, que sólo notó el viento de la embestida que la tumbó a varios metros y el peso de un cuerpo sobre ella. La madera astillada levantó una nube de polvo que los alcanzó a los dos, que notaron bajo sus cuerpos la resonancia del estruendo apenas amortiguado por el suelo. No te muevas, le dijo al oído manteniendo sus brazos alrededor de la cintura, acabo de descubrir que lo tuyo no es valentía sino ignorancia, y aquí, en esta casa, la ignorancia es peligrosa, cada ruido, cada mueble, cada objeto, el techo, las paredes, las ventanas cerradas, aquellos falsos tabiques, la niebla, la gente del equipo que espera en la calle, todos forman parte… ¿de verdad no sabes nada? La chica lo escuchaba sin mirarle ni responder, temiendo que cualquier palabra, cualquier gesto se convirtiera en un gavión que desvía la fuerza de la riada, y él parecía al fin dejarse arrastrar por un impulso que había que aprovechar. Con suavidad, como se retira la colcha de la cuna de un bebé para verlo entero pero sin despertarlo, ella retiró los brazos del chico y se fue incorporando poco a poco, pero tampoco contestó la segunda vez que él volvía a preguntarle lo mismo.

–Está bien, dijo él. Contéstame a lo que te pregunte. ¿A qué has venido a este cortijo?
–Ya lo sabes, llamaron a la productora para hacer un reportaje sobre un crimen múltiple. Tú nos trajiste aquí.
–¿Y por qué cuando te ibas, creyendo que tenías material suficiente, tal como tú misma has visto en el monitor, entraste en la casa?
–Te reconocí a contraluz, en el quicio de la puerta, y pensé que era fundamental tu declaración por ser la primera persona que vio la matanza.
–O sea, una reportera responsable que no quiere dejar ningún cabo suelto.
–No lo sé, es mi trabajo.
–¿Y tanto te ciega tu trabajo?
–No comprendo.
–¿No viste algo raro en los cadáveres, en la guardia civil, en el personal sanitario, incluso en la repentina lluvia en esta época del año?
–¿Qué tratas de decirme?
–Lo que sospecho que llevas rato adivinando.
–O sea, una broma.
–No, algo peor. No estás aquí como reportera. Eres una concursante.

La chica quiso reír a carcajadas, incluso preparó un gesto de gran dama de la escena, pero no pasó de una mueca que nació congelada y que se desbarató al instante abrasada por el fulgor que se abría paso en el suelo de la cámara. Del fondo del enorme desván surgió una raja de luz intensa que iluminó sus caras con un resplandor de muertos tintados de un azul fosforescente. Era lo más parecido a un volcán si su incandescencia fuera helada. Los dos miraban aquella línea brillante que se abría dividiendo el suelo frente a sus pies con los labios sellados por la estupefacción. La cresta de una pantalla colosal, tan plana como una hoja de papel, comenzó a ascender al cielo del techo con lenta majestuosidad, contemplada por los dos con pavorosa admiración a una distancia que de pronto les pareció imprudente, y sin decir nada, temiendo que les quemara los ojos cuando ya alcanzaba las vigas, retrocedieron unos metros para ver en su totalidad aquella cortina resplandeciente. Fascinados por la aparición, tardaron un tiempo en reconocer la cara agigantada de la chica en el rectángulo monumental que irrumpió de las catacumbas de la casa hasta encajarse en algún punto invisible de la techumbre, dando la sensación de que en realidad flotaba en el aire. Allí estaba ella, quieta, con los ojos tan abiertos como dos bocas sin aire comprobando que al mover su mano la mano de la pantalla ejecutaba el mismo movimiento con un retardo apenas imperceptible pero desquiciante, una descoordinación que hablaba de enlaces, satélites, cámaras de vigilancia, y emisiones en directo, nos están sacando en directo, gritó ella al fin como saliendo de un túnel que la asfixiaba, dándole la espalda a la pantalla tratando así de borrar su imagen, pero al colocarse frente al chico de nuevo saltó su rostro a todos los hogares del país, deformado por la lente de ojo de pez que llevaba la cámara incrustada en el colgante que él anudaba en su cuello.

La casa comenzó a vibrar seguida de un ronroneo de felino. Un estampido seco arrebató parte del tejado llevándoselo como se desprende una hoja en un otoño de ventolera. Nunca hasta este momento creyeron con tanta convicción que las paredes, el resto del tejado, el suelo de yeso, los muebles tapados con trapos, y ellos mismos, eran piezas de un mecano que empezaba a consumirse sin contemplaciones, devorado por un guión que el chico había leído y firmado sin prestar mucha atención a los detalles, deseoso de iniciar cuanto antes la prueba que viviría como un juego con incertidumbres soportables, un reto a su timidez del que saldría fortalecido tras la conquista de la mujer que amaba y del reconocimiento público a su hazaña. Ella sólo empezaba a vislumbrar las consecuencias de la trampa que le habían tendido y del arrepentimiento calculado del chico antes de morirse de mentira, palabras de perdón que hurgaban en su instinto como reportera y en su corazón de mujer tocada por una ráfaga incomprensible de amor y deseo. Pero él iba más allá de la sospecha. Tenía la certeza de que no podrían escapar, la atroz seguridad de saber que su angustia era disfrutada por la audiencia como una fruta más, elegida en la vitrina de la oferta con apasionada indiferencia de consumidor satisfecho. Mientras acompañaba a la chica en su espantada huida hacia las puertas falsas que daban al vestíbulo de la primera planta se le agolpaban los recuerdos de sus apremiantes y provechosas clases de actor para hacer creíble el personaje de ciudadano que llama a la televisión y luego resulta tan muerto como los intérpretes de la matanza que denunció, y volvía a escuchar las posibles voces que debían enmascarar la suya por si era reconocida por la reportera hasta que el director artístico de aquella función implacable encontró una impostura verosímil y él seguro de dominarla. Una y otra vez, durante semanas, hizo el mismo recorrido desde el nogal a la entrada del pueblo hasta el cortijo falso que se iba construyendo en medio del campo con una simple e inviolable orden, la estricta prohibición de no poder acceder a otra habitación que a la del fondo del corredor, donde ensayaría una y otra vez los pasos de su muerte, la forma instantánea de romper la bolsa de sangre falsa liada a su costado y de ajustar con pericia el cuchillo de carnaval que atravesaría su corazón para que unos ojos ajenos no pudieran dudar de lo que estaban viendo.

Como si el realizador leyera sus pensamientos, en ese momento soltó las imágenes de su ir y venir en un coche acompañado por una chica que interpretaba su papel de reportera, y sobre la marcha formulaba posibles preguntas para adiestrarlo en las múltiples respuestas que debería tener presentes cuando llegara el momento de enfrentarse a la verdadera. A él mismo se le ocurrió humanizar su personaje de hombre del pueblo enriqueciéndolo con el recuerdo colectivo de los trastornos que los aguaceros torrenciales del pasado año causaron en los caminos rurales, abriendo en la tierra embarrada profundos surcos en los que se atascaban los vehículos cargados con la sementera, un detalle que el guionista anotó como un recurso al que el chico debería acudir sólo si en el verdadero trayecto, ya convertido en hombre del pueblo, caracterizado con el postizo del pelo y avejentado por el maquillaje, la reportera apenas preguntara nada, tal como ocurrió.

Cuando los dos alcanzaron el engañoso distribuidor de la cámara con sus impecables paredes de las que colgaban fotografías de color sepia, la chica golpeó con rabia el aglomerado del pasillo porque descubrió que habían tapiado la embocadura de las escaleras. Como un naipe que arrastra a los próximos en su caída, las paredes del corredor se derribaron hacia el desván arrancando de un bocado el cielorraso y con él la lámpara del techo, que volaba por el aire con el chisporroteo de un castillo de fuegos de artificio. Se protegieron en la pared maestra de la cámara y vieron cómo la polvareda que se levantó subía como el humo hacia el boquete abierto en el tejado. Te lo dije, estamos atrapados, esta casa es una fortaleza de la que no saldremos con facilidad, jadeaba el chico apoyando la cabeza en la cal, me siento culpable por haberte metido aquí, nunca pensé que llegarían tan lejos, yo sólo escribí a la televisión contándoles mi cobardía por no decirte a la cara lo que sentía por ti, y apenas me dieron opción, o participas en el nuevo concurso que está preparando la cadena o tu historia no podemos atenderla, me dijeron sin más detalles, yo no lo pensé, dije sí, sí, sin querer prestar atención cuando me hablaban de los posibles riesgos, de un formato novedoso de concurso ya que al tiempo que te declaraba mi amor te convertía en contrincante. Mientras hablaba mirando de frente a la chica su cara apareció en la pantalla gigante como una ensoñación, como si no fuera él quien movía sus labios con un ligero desfase, convertido en una persona irreal y deforme por la proximidad del objetivo al que parecía dirigirse, un espectro emblanquecido con ojos como chispas de hielo, una imagen colgada de la oscuridad en blanco y negro. Viendo esa imagen sin matices, robada de la penumbra sin el apoyo de la luz artificial, se dieron cuenta de que sólo una cámara con lentes infrarrojas podía captar lo que sucedía en las tinieblas, y que sólo una cámara muy cercana era capaz de encuadrar un primer plano tan acusado, así que el rostro que parpadeaba en la pantalla, desencajado y lechoso, era el rostro que sólo podía recoger una cámara que llevara incorporada la chica, pero ella no tenía conciencia de que nadie le instalara un artilugio tan sofisticado. Por instinto, la chica se palpó el pelo y enseguida notó que la imagen temblaba a la deriva. Había descubierto enredado al cabello el nido metálico donde habían enganchado aquella miniatura portentosa, y supo al instante que sólo la mano de la maquilladora hurgó con libertad el tiempo necesario para que la horquilla plateada quedara firme y no se desprendiera con facilidad. Intentó quitársela como se desabrocha un alfiler, pero el trabajo minucioso de la señora había logrado un acomodo magistral, o se dejaba allí en la maraña de cabellos que liaban el pasador, o se arrancaban de cuajo como se arranca la yerba de un jardín.

Continuará…

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

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