Cipriano Torres, Relatos cortos
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Detrás de la niebla (VI)

Por Cipriano Torres

Capítulo 6

 

Cipriano Torres

Cipriano Torres

Sabía que no podía engañarse a sí misma, y ni siquiera en estos momentos de atolondrada confusión, dispuesta a leer la carta que tenía en sus manos, podía fingir el súbito deseo de que los ojos de aquel chico la miraran sólo a ella, de tener aquellos labios pegados a los suyos y de rozar su cara con la piel morena que se perdía debajo de una camisa roja que dejaba al aire parte de su pecho. En la carta podía encontrar respuestas que le ayudaran a entender lo que estaba pasando, pero al tiempo que levantaba la mitad del folio doblado, vislumbrando como una premonición su contenido, notó que el pulso se le aceleraba porque no sabía si aquella nota formaba parte de la realidad o de la maquinaria de alguna ilusión. Es una trampa. Las letras garabateadas habían sido escritas con prisa, como cuando te piden en el último momento tu nombre y el teléfono y oyes que el silbato del jefe de estación ha sonado y el tren comienza a moverse, y tú, nervioso, arrancas el envoltorio del tabaco y los escribes con premura, dudando cuando lanzas el papel al aire si quien lo lea podrá descifrar aquel galimatías. Es una trampa. Una y otra vez releía las palabras, es una trampa, es una trampa. Del papel se iba a la foto de carné, y le daba la vuelta al sobre buscando algo más, quizá esos mensajes misteriosos escritos con tinta invisible que sólo se revela si la miras al trasluz, pero alzando el sobre contra la bombilla del techo sólo vio la trama del papel, nada que pudiera serle útil. Está bien, pareció decirse a sí misma, todo ha terminado. Luego lo repitió en voz alta, como si alguien pudiera escucharla, está bien, todo ha terminado. Se levantó de la silla, recorrió con la mirada las paredes de la habitación, movió la cabeza como la movemos cuando no estamos de acuerdo con algo, y salió hacia el corredor para abandonar la casa. Parecía otra persona la que desandaba el pasillo, decidida y sin temor. Sin embargo era la misma obstinada, la que no se rinde con facilidad, ese tipo de personas que no acaban la discusión porque vuelven atrás en busca de cabos sueltos para matizar cuestiones que parecían cerradas sin importarles abrir nuevos fuegos en la disputa. Se dio la vuelta antes de echar mano al cerrojo y salir a la mortaja de la niebla que caía sobre los alrededores de la casa. Prefería la angustia, y también el miedo, de saber qué había en la segunda planta de la vivienda al martirio de imaginarlo cuando hubiera salido.

Ante la escalera, abierta hacia la oscuridad, adivinaba sus pasos sigilosos rozando apenas los peldaños de madera, retumbando en las paredes de cal con ese sonido seco que devuelven los espacios vacíos. Buscó sin moverse del sitio, parada de espaldas al pasillo, un interruptor de la luz, mirando bien a un lado y a otro porque quizá tuviera el mismo color blanco que las paredes, confundido en la penumbra, una reliquia anacrónica que había que retorcer con un pellizco para encenderse. No vio nada y echó el primer pie. Vista desde atrás, a cada paso su cabeza se perdía poco a poco en las tinieblas altas conforme alcanzaba los últimos escalones. No era miedo, era la sensación que sentimos cuando se nota que nos vamos a la deriva, que no dependemos de nuestras fuerzas o astucia sino de algo que nos sobrepasa. Al tiempo que subía las escaleras, el escaso resplandor de la habitación y del pasillo se diluía hasta hacerse noche total, y ante tanta oscuridad la única defensa es extender los brazos para sentir cierta seguridad sabiendo que al menos las paredes siguen ahí para guiarnos. Notaba el roce áspero de la cal en la yema de los dedos, el escalofrío que siempre le recorría los hombros y la espalda cuando tocaba esas texturas resecas, una debilidad que convirtieron en tortura sus compañeros de colegio rayándole de improviso, cerca de la nuca, superficies que le erizaban el pelo porque sabía que lo hacían con las uñas. Había perdido la cuenta de los escalones, más pendiente de seguir el curso del tabique, cuando al echar un pie comprobó que habían terminado y el sonido de sus titubeos ya no eran de tinaja hueca. Esperó un poco con la esperanza de acostumbrarse a la oscuridad de ciega, y cerró los ojos por si al abrirlos la luz que llegara le alcanzaba para ver los perfiles de lo que tenía enfrente. Se echó sobre la pared y avanzó pegada a ella, pero se detuvo, asustada de su propia reacción, al notar que algo sobresalía. Con cautela, se dio la vuelta y llevó la mano hasta ese lugar. Pellizcó el objeto y se encendió la luz. Lo que veían sus ojos no era lo que su imaginación había ido creando mientras subía. Tan grande era la diferencia, que sintió algo parecido a la decepción, como esos niños que soñando al día siguiente con recibir para su cumpleaños un potente juego de ordenador, al rasgar la caja encuentran una colección de libros, trastocadas las direcciones por la empresa de reparto. Despejada y limpia, la cámara no era un inmenso desván en el que se acumulaban las telarañas y sucedían las historias tenebrosas que tantas veces había visto en las películas, con muñecos articulados que cobran vida y te persiguen cuando te das la espalda, o arcones donde se ocultan los muertos con cuchillos clavados en el corazón. El rellano de la escalera distribuía el espacio que se abría a las habitaciones, todas con la puerta cerrada, maderas nuevas y tiradores dorados, rodapiés en el suelo, una lámpara con tulipa tostada descendiendo del cielorraso, hileras de cuadros con fotografías antiguas, y sobre tantos detalles, la sensación de asistir a una representación, como si nada fuera casual, ella misma formando parte de un decorado, un objeto que se quita o se pone.

La primera puerta no pudo abrirla. Ni la segunda. En la tercera se recordó golpeando con los nudillos una de las puertas que daban al corredor de la planta baja, y le parecía estar escuchando ahora el mismo sonido de antes, golpes que se pierden en la lejanía de un espacio hueco con la insistencia de quien está cansado de llamar a un domicilio sin recibir respuesta sabiendo que están dentro porque ha visto entrar al dueño. Cuando abrió la cuarta puerta girando el tirador le pareció haber entrado a una cámara de hielo que despedía un olor a polvo y olvido. De algunas vigas roídas por la polilla caía una fina lluvia de serrín que se iba posando en los trastos amontonados en el suelo de yeso, que crujía al pisarlo y parecía que pudiera hundirse porque cimbreaba cuando ella se adentró hacia el fondo. A sus espaldas oyó algo parecido a una respiración dificultosa. Cerró los ojos y se encogió de hombros, como si temiera que alguien se abalanzara sobre su cabeza hasta derribarla con un golpe. Al volverse vio el cascarón trasero del decorado, las maderas que sujetaban los falsos tabiques y el hueco de las puertas sin pintura, dejando al aire el vasto tablón de aglomerado, la misma visión que tiene alguien que sube a saludar a los actores después de la representación y ve que el castillo desde el patio de butacas es un armazón que cuelga del cielo del escenario. Las ventanas que daban al exterior estaban cerradas con tablas clavadas a la pared en forma de equis, y allí lo vio, debajo de la ventana. Estaba en un rincón, detrás de una cómoda tapada con un trapo oscuro que la cubría por entero. Sobresalían los pies. Su cabeza le decía que saliera de allí, pero sus pasos ya se dirigían hacia el cuerpo tendido. Alguien había arrancado el cuchillo del corazón de aquel hombre que mantenía empapadas sus ropas, y ensañándose sin necesidad, excepto si los muertos están vivos y pueden gritar, lió varias vueltas de cinta aislante plateada alrededor de la cabeza tapándole la boca. Los brazos y los pies, también inmovilizados, le daban al cuerpo un aspecto de momia con atuendos actuales, una rigidez de fiambre. En el claroscuro del rincón, sin saber muy bien si lo habían ocultado, lo que indicaba una intención, o tirado, como se deja en cualquier sitio que no estorbe un zapato inservible, advirtió que el pecho se movía porque el tenue brillo de la cinta que lo rodeaba subía y bajaba con un ritmo de respiración entrecortada. Aquel hombre estaba vivo, comprobó poniéndole la mano en el pecho y luego en la boca, junto a la nariz, por donde respiraba como lo hace un niño que duerme sin sobresaltos. Trató de espabilarlo con golpecitos en las mejillas dándole con el dorso de la mano, fija en el boquete ennegrecido por donde había entrado y salido el cuchillo, y escuchando en su cabeza la urgencia descartada de salir a la calle para llamar a los demás. Ahora se acordó de ellos con una mezcla de rechazo, temor y sorpresa al ser consciente de que ni siquiera habían intentado ir a buscarla, y el revoloteo de una sospecha indefinida se fue dibujando en sus pensamientos, un mazacote de contradicciones que lo mismo la empujaban hacia el agradecimiento por el escrupuloso respeto de su decisión o hacia la tristeza porque ni siquiera su compañero perecía haberse interesado por lo que pudiera estar ocurriéndole. Se tarda más en contar lo que pensaba y sentía que vivir aquella situación agachada junto al cuerpo del hombre que pareció haber muerto en sus brazos y ahora respiraba con la calma plácida de un bebé recién bañado. Como si levantara un esparadrapo, tirando de la cinta adhesiva que tapaba la boca del hombre, fue despegándola con la punta de los dedos hasta lograr retirársela por completo, pero en la última vuelta, arrastrado desde la nuca, el cabello de la cabeza se movió como si fuera la peluca de un maniquí. Excitada por el descubrimiento, la espesura de las cejas juntas parecía no pertenecer a aquel rostro que iba transfigurándose en el de la fotografía. Al arrancárselas con una voluntad que no le pareció suya, la piel de la frente arrugada cedió como la cáscara de un huevo que llegara hasta las mejillas, una máscara blanda y deforme con el hueco ciego de los ojos que se agitaba en sus manos con ese temblor marchito y repulsivo de las camisas de serpiente que a veces se encuentran en el campo. Bajo aquel truco teatral apareció la cara de su vecino, el chico de piel morena que cerraba los párpados rematados con un abanico espeso de pestañas. Besó sus labios resecos con prevención de alucinada que no admite como real lo que sus manos tocan y ven sus ojos, y fue tanta la ternura que no le extrañó el inicio de sonrisa con que le respondía aquella boca, completando el ciclo que igualaba la cara de la fotografía con la cara que contemplaba a un palmo de distancia. Ahora era ella la que le hablaba al oído para que su vuelta al mundo fuera un viaje lento. Con la misma delicadeza le fue desatando los brazos y los pies y frotándole las manos entumecidas, que recuperaron el color de inmediato, como si la sangre estuviera esperando en una esquina de su cuerpo el momento de llegar en tromba a la punta de los dedos. Cuando el chico se despertó, sus miradas se encontraron en mitad de un camino que los dos deseaban recorrer.

–Lo siento, de verdad que siento todo lo que ha pasado, dijo él incorporándose poco a poco por temor a perder el equilibrio, trastornado por la vergüenza de tenerla a su lado, y con la decisión de enfrentarse a su propia historia para no ocultarle nada a ella.

Sin dejar de mirarlo, palpando el costado sobre la ropa aún húmeda, la chica metió un dedo en el agujero donde tuvo clavado el cuchillo, moviéndolo en círculo y dibujando los límites de su falsa herida, presionando aquella oquedad por donde ella creyó ver salir a borbotones la vida de un hombre al que iba a preguntar detalles sobre el crimen múltiple como testigo privilegiado. El dedo hurgó hasta rozar la piel intacta y notar la bolsa transparente que aún tenía restos de un líquido rojo con cuajarones negros, descubrimientos que él dejaba investigar, aliviado porque cada hallazgo suponía una explicación menos que dar.

–Dime a qué juegas.
La pregunta de la chica sonó como una piedra que se lanza desde arriba a una charca yerta, con sus olas circulares y el sonido estrepitoso del golpe, y ese pequeño revuelo de insectos, ranas y aves que se agitan alrededor, aterradas por el impacto. Cogiéndola de la mano y llevándosela al centro de aquel desván, el chico le dijo la verdad que ella menos esperaba con palabras gastadas que sonaron como si acabara de inventarlas, despojándolas de su simpleza sin matices.

–Te quiero.
Ella se dejaba acariciar, como adormilada por la confusión, mientras él parecía leer el diario de sus insomnios de amor, las noches que se desveló porque en los encuentros no tan casuales en el portal de sus casas, con la puerta abierta hasta que ella llegara, le rozaba su mano y tenía su olor a escasos centímetros, y subía con ella en el ascensor y no podía aguantar sus preguntas banales de vecinos sin relación, y llegaba a casa y ya no comía, y trataba de olvidarla porque era una empresa imposible, pero el deseo que ya no era adolescente se endurecía entre sus piernas y notó que fallaba en los estudios, que ninguna chica provocaba en él un alboroto semejante, y hasta el intento de olvidarla con mujeres de alquiler le pareció una huida tan sucia que cuando estaba en aquella habitación, viendo cómo se lavaba la que iba a ser su primera amante, con el dinero sobre la mesita de un cuarto preparado para servicios rutinarios, sólo vio sus ojos, como si avanzaran por la calle desierta en una noche cualquiera, mirándolo a él, sólo a él, y sin decir nada, sin haberse quitado el pantalón como le pedía la mujer tendida en una cama con sábanas de raso usado, abandonó el prostíbulo tomando el aire de la calle con urgencia de asmático, te cuento todo esto resumido para que entiendas el dolor que arrastro desde siempre, mi torpeza por no hacértelo saber como lo hacen tantas personas, la angustia de creer que te perdía para siempre cuando supe que empezabas a dedicarte a la televisión, que cada día me resultaba más difícil amoldarme a tus horarios imprevisibles para verte dos minutos, los justos para no reventar, para no preocupar más a mi familia y terminar diciendo tu nombre no sólo en mi cuarto sino por los pasillos de mi casa, tu nombre obsesivo, como una letanía interminable, dispuesto a todo, incluso a esta vergüenza pública que no es más que otra manera de ser cobarde. La chica le llevó la mano hasta su pecho, señalado bajo la blusa, y aunque él notó que palpitaba la piel por encima de la tela, se confundió con sus propios latidos, que le salían por la boca y por eso abría tanto los labios y jadeaba igual que dos amantes que tratan de contener el ruido del deseo porque saben que en la habitación de al lado hay gente y no quieren que nadie sepa lo que hacen. Fue ella quien lo arrastró hacia el colchón tirado en el suelo cogiéndolo por la correa, tocándole las piernas de arriba abajo como se frotan las de un niño cuando tiene frío, pero él temblaba sin control, dejándose llevar hasta caer de rodillas y dejándose hacer, incapaz de poner en práctica lo que tanto soñó, aquellas lentas reconstrucciones viajando una y otra vez de su cuello a la boca, de la boca al canal abierto de la espalda, de allí hacia el precipicio y el vértigo de sus ingles, escaladas con la lenta curiosidad de una lengua incansable que deja un rastro ardiente de temblores y de frío hasta que una mano, la de ella, lo guiara hacia el punto en donde él sabía que los cuerpos se erizan como si quisieran devorarse por completo, dos pieles que se lanzan a la zona de la combustión total, sin saber muy bien cuál es el límite de uno y cuál el principio del otro, noches de insomnio notando la crepitación debajo de las sábanas, el deseo que ahora entendía como lo entiende el caníbal, repitiendo él mismo esas frases entrecortadas por el esfuerzo y el placer en las que queremos comernos a quien amamos con tanta furia y delicadeza como permite la prudencia, un sorbo de sus labios, un dedo que se pierde por el costado levantando vellos y pezones como un campo de trigo cortado, dos cuerpos desnudos sin que nadie recuerde cómo se desnudaron, embarrados en sudor, girándose, dos cuerpos en mitad de la tormenta que cruje sobre sus cabezas sin darles cobijo, cada vez más incesante el movimiento, las bocas abiertas, los ojos más allá de lo que tienen delante, un engranaje que está alcanzando la perfección y de pronto, como el relámpago, un chispazo les detiene porque a los dos les sube un calambre que los funde en el mismo jadeo y los paraliza hasta que los corazones toman la decisión y optan por la vida.

Continuará…

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

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