Cipriano Torres, Relatos cortos
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Detrás de la niebla (V)

Por Cipriano Torres

Capítulo 5

 

Cipriano Torres

Cipriano Torres

La reportera no recordaba el incidente, pero viendo ahora la pantalla del monitor, con la imagen descuadrada, estaba segura de que algo había ocurrido, y para confirmarlo pensó en preguntarle a su compañero en cuanto terminara la conexión. Se convenció del todo al comprobar que el experto se calló durante esos instantes al saber que no estaba centrado el plano, contestando a su pregunta sólo cuando el cámara lo enfocaba de nuevo tras los segundos de vacilación.

–No, aún no podemos conocer los motivos de este crimen múltiple. Quizá, aunque sólo sea una hipótesis, es posible que estemos ante una apuesta, ante un jugador sin escrúpulos que llegó tan lejos como se esperaba de su papel.
–O sea, un juego de rol.
–Sí, un juego de rol que aún… eso es todo, gracias.

Aún qué, aún qué, casi preguntó en voz alta la reportera al escuchar en el monitor la respuesta del hombre y ver la forma tan precipitada de abandonar el altillo donde hablaban, darse la vuelta con gesto adusto como el que se reprocha un error o teme una advertencia, y ocultarse en uno de los vehículos aparcados en un costado de la era. De nuevo, las evasivas de una enfermera, yo sólo sé lo que están viendo, no estoy autorizada para decir nada, declaró la mujer tratando de esconder sus manos en el bolsillo de la bata, manchada de restregones rojos, llamaron la atención de la chica, que entendía que una enfermera no hiciera declaraciones a la televisión, pero aquella negativa parecía otra cosa, una pieza nueva que ahora mismo era imposible encajar en el rompecabezas que parecía ir construyéndose ante sus ojos, piezas que revoloteaban sin dejarse apresar, jugando con la ventaja de la desventaja de la jugadora, que no podía entregarse al reto porque la emisión en directo la retenía pegada al objetivo que la enfocaba. En el siguiente plano, después de un corte brusco al pasar del exterior al interior de la vivienda, el hombre que avisó a la cadena estaba tirado en el suelo. Centraba la imagen, tomada en picado desde atrás, desde la puerta de la habitación, el cuchillo clavado en el corazón. La reportera dio unos pasos hacia el monitor para ver con detalle la imagen sin atender la advertencia de los cámaras, que le recordaban que no podía moverse porque desbarataba los encuadres, pero no sólo se adelantó sino que se agachó en el suelo para tener más cerca la imagen del moribundo. Se dio cuenta de que el hombre trataba de decir algo con los ojos, girándolos hacia la derecha, en la misma dirección que apuntaba la mano con el dedo extendido, sin duda algo más que una casualidad inconsciente de alguien que se derrama por el costado y lo asfixia el dolor y la certidumbre del final, luchando con el último aliento para que sus esfuerzos no fueran baldíos, un brazo que se estira rozando el suelo de cemento y parece que la mano quisiera tocar algo debajo de la silla cercana, imágenes que para la chica tenían un significado que iba más allá del mero reportaje y quizá fuera la pieza clave del rompecabezas, esa que se coloca en mitad del puzle porque es su corazón, la que distribuye y conforma a las demás. Agachada, a unos palmos del monitor, se vio ella misma entrando en el plano para acercarse a la boca del hombre, que trataba de decir algo aunque sólo se oían unas palabras sin terminar que el micrófono de la cámara no podía recoger. Sólo ella sabía por qué se retiró de pronto de aquel hombre, recostado ahora en el sofá al que ella lo arrastró, como si hubiera recibido de él una descarga eléctrica que la sacudió al escuchar con una claridad que parecía venir del más allá, a un segundo de la muerte, lo siento, lo siento, lo siento. Nadie más que ella oyó la frase, pero ahora, al recordarla, resonaba como un eco que se multiplicaba casi como un auxilio. Ajena a los comentarios de extrañeza de los cámaras y a los consejos de la maquilladora, que le pedía con palabras suaves que volviera a su sitio para no enfurecer al jefe del equipo, cuya cólera descargaba alejado de la unidad móvil pateando el tronco de los árboles, convencido de que estaba perdiendo la cabeza porque no había visto a nadie, salvo a los locos, mirar una pantalla como ella lo estaba haciendo, como si la imagen del muerto fuera un muerto de verdad, ajena a todo, la chica pasó su mano por el cristal como tratando de cerrar los ojos que parecían mirarla sólo a ella, conmovida por una belleza recién descubierta, una cara que hablaba de nobleza y deseo, de llevarse consigo un secreto que le estaba doliendo pero no pudo compartir porque antes de hacerlo, luchando contra una fuerza que siempre nos derrota, su cuerpo era ya un fardo sin vida.

Antes de llegar a la penúltima puerta le dio un vuelco el corazón. Estaba entornada. Y un muerto no se levanta del sofá porque el aire del pasillo le moleste

–Lo siento.

–Este hombre está muerto, acaban de matarlo, gritó la reportera de la pantalla llevándose las manos a la cara, pero esta imagen no la vio la reportera que debía haber despedido la conexión o atender las preguntas de la presentadora en directo porque antes de verse con el rostro empapado en sangre abandonó el improvisado plató en mitad del camino de cipreses y se precipitó hacia la casa, taladrando la niebla que la rodeaba sin miedo a estrellarse contra nada, y con un sólo objetivo, que nadie pudiera retenerla y alcanzar la puerta de entrada. Atravesó el denso vapor blanco como si atravesara una columna de humo que oculta lo que existe detrás. Nadie pudo hacer nada. La vieron retirarse del monitor y correr hasta perderse en la niebla, que formó remolinos a sus espaldas como si fueran puertas opacas e impenetrables. La luz azulada de los focos creó fosforescencias en movimiento, algo parecido al revuelo que deja un avión cuando atraviesa un sembrado de nubes si cerramos los ojos para imaginarlo. A tientas, en mitad de aquel cielo encapotado, la reportera tropezó con el pilón de agua para los mulos, un golpe seco en la rodilla que le sirvió para tomar más impulso y orientarse hacia la puerta porque de haber seguido el mismo rumbo, las voces que escuchaba cada vez más cerca la hubieran encontrado. La llamaban a gritos, recordándole que tenía que terminar el trabajo y cumplir el compromiso, que la cinta estaba a punto de acabar y desde el estudio central la reclamaban. Entre las voces reconoció a su compañero, que le rogaba que no entrara de nuevo en el cortijo porque no sabía lo que podía encontrarse, pero parecía como si llegaran del otro lado de los olivos, como si al pasar por la campana de niebla que flotaba sobre la vivienda el sonido no tuviera un origen definido, y lo mismo podía salir de la garganta de alguien cercano que de alguien gritando en la distancia. El equipo, sin querer traspasar el límite entre lo despejado y la bruma, oyó un portazo. El cámara supo que la chica había llegado. La reportera alcanzó la puerta guiada en los últimos metros por la tenue luz colgada del techo del pasillo, que se distinguía por su cerco pajizo, como el sol sucio de algunos días oscuros. Jadeando, nerviosa por lo que dejaba atrás y por lo que podía encontrar dentro, ofuscada por su tozuda determinación, cogió la hoja de la puerta, la empujó con fuerza y echó el cerrojo, que sonó en el pasillo como suenan los golpes en las catedrales vacías. Respiró hondo apoyada contra la madera, notando en sus espaldas el relieve de la puerta, esperando a que la niebla que había entrado con ella se deshiciera para llegar hasta la habitación. En su cabeza, como una cinta sinfín, veía una y otra vez los ojos y la mano del hombre señalando una dirección, un lugar, y escuchaba su voz asfixiada y nebulosa tratando de decirle algo, y luego el estampido sobrecogedor, lo siento, lo siento, y su rigidez de muerto, y otra vez los ojos, y la mano, lo siento, lo siento. Comenzó a caminar despacio, con esa manera que tienen los equilibristas de andar en el aire, notando algunas losetas despegadas, avanzando por el corredor como si temiera despertar a un bebé que tiene el sueño ligero, pero también era una forma de prolongar la llegada, de prepararse para poder buscar en la dirección que apuntaban los ojos, las manos, pero ahora dudaba de sí misma porque quizá esos ojos y esa mano extendida hacia un sitio no fueran más que una casualidad, y las dudas se acrecentaban cuando se esforzaba en recordar la escena real y la misma escena en la pantalla, nada, en ninguna vio nada raro, nada que llamara su atención, pero en este momento seguía dando pasos hacia la habitación como si tiraran de ella, fortaleciéndose para soportar el encuentro, diciéndose que allí sólo había un cuerpo sin vida al que no tendría que mirar.

Sin ánimo se acercó hasta el papel. Sólo al agacharse para cogerlo comprobó que era una carta y que no estaba allí por casualidad

Antes de llegar a la penúltima puerta le dio un vuelco el corazón. Estaba entornada. Y un muerto no se levanta del sofá porque el aire del pasillo le moleste. Allí había estado alguien. Parada frente a la rendija, mirando de reojo al corredor, dejó de respirar un momento para centrarse en los sonidos que la rodeaban. No se oía más que el crujido seco de las vigas que parecía bajar de las cámaras por las escaleras en penumbra. Decidida a entrar, cuando llevó su mano a la puerta quiso ver unos ojos fijos, como carbón redondo, que la miraban desde dentro, pero ya no había tiempo de echarse atrás y empujó la hoja. Ese movimiento barrió la mirada que había imaginado, fue la suya la que ahora miraba hacia el sofá y se congelaba hasta el dolor de no poder abrirse más. El cadáver del hombre no estaba en la habitación, y sobre el sofá sólo quedaban cercos manchados. En el suelo, huellas rojas de zapatos en distintas direcciones, y la misma bombilla en el techo, y la misma disposición de los muebles. No quiso pensar qué había pasado, quién se habría llevado el cuerpo ni por dónde lo habrían sacado. Estaba demasiado confusa, y como si no supiera a qué había vuelto, se quedó mirando los escasos muebles de aquella habitación, una mesa, el sofá con respaldares gastados, unas sillas con culo de enea, todos ellos de una utilidad inmediata y conmovedora formando parte de un lugar sin concesiones, con paredes de un blanco avejentado y una suciedad que parecía surgir de los rincones como surge la humedad y se extiende por todas partes. Al principio, cuando debajo de la silla que había frente al sofá vio asomar un papel, creyó que era un trozo de algo sin importancia, un resto de periódico, quizá alguna de esas notas escritas con mala caligrafía con la cuenta de los jornales. Sin ánimo se acercó hasta el papel. Sólo al agacharse para cogerlo comprobó que era una carta y que no estaba allí por casualidad. Los ojos y la mano con el dedo tieso del moribundo señalaban en esa dirección, y ahora la chica recordaba haber visto en el monitor el gesto del hombre tratando de sacársela del bolsillo, pero darse cuenta de que se le había caído, y ya sin fuerzas para volverla a guardar, hacerle ver que estaba debajo de la silla y era para ella. Todo encajaba hasta que vio su nombre escrito en el sobre. El escalofrío que empezó a erizarle el vello se convirtió en un principio de mareo, la misma sensación que sentimos cuando estamos en cuclillas y al levantarnos de golpe parece que perdemos el equilibrio. Se sentó en la silla apretando la carta contra el pecho, lo mismo que hacía siendo adolescente cuando al llegar a su pupitre se encontraba con alguna nota y en la hoja doblada reconocía la letra del chico que le gustaba. En aquellos años demoraba su lectura para prolongar el placer con el raro martirio de no saber de inmediato su contenido, pero ahora aquel sobre aplastado contra su cuerpo le quemaba las manos y le escocía el corazón, y ni siquiera tenía ánimos de jugar al reto de adivinar qué habría dentro.

Por un extremo de la solapa metió el dedo meñique hasta abrirle un boquete y poder rasgar el resto sin miramientos, excitada al darse cuenta de que el sobre contenía un papel escrito y una fotografía pequeña, como esas que se usan para el carné de identidad. No reconoció la cara en un primer vistazo. La tapó doblando los dedos y apretando el puño para centrarse en esa primera imagen que la desconcertó porque ella esperaba al hombre que había muerto en sus brazos, y sin embargo, al abrir de nuevo los dedos y mirarla en la palma de la mano aquel rostro era joven, conocido, un rostro casi familiar en cuyos ojos, sólo en sus ojos, sí veía a quien ella esperaba. El de la fotografía no tenía entradas en el pelo, ni las cejas tan espesas ni tan juntas, ni los carrillos tan inflados y brillantes. Parecía la misma persona, pero con veinte años menos. Aquella cara que miraba al objetivo con los ojos muy abiertos y un principio de sonrisa detenida en el momento del disparo, era la del chico que a veces se encontraba entrando o saliendo de su portal, un vecino del mismo edificio que había crecido en su barrio y con el que apenas tuvo roce. Se le amontonaban los recuerdos tratando de imponer su presencia, pero se reducían a momentos rutinarios, saludos de civilizada corrección que jamás saltaron el límite de lo íntimo, dos vidas cruzadas por la casualidad, alguna noche lo recordaba con la puerta del portal abierta, esperando a que ella entrara para no cerrarla en sus narices, y luego, gracias, buenas noches, o tal vez algún comentario sin compromiso para romper el silencio tenso que se establece entre dos personas que bajan juntas el ascensor, hasta luego, o ese qué tal, cómo estás, que se pregunta como una fórmula de educación de la que no esperamos más respuesta que un bien, gracias. Esa era toda su relación con el chico de la fotografía tamaño carné que miraba sin entender cómo había llegado allí, y sobre todo por qué estaba allí, sin duda formando parte de aquella cadena de muertes y súbitas desapariciones.

Continuará…

Capítulo 1 

Capítulo 2 

Capítulo 3 

Capítulo 4

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