Cipriano Torres, Relatos cortos
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Detrás de la niebla (VIII)

Por Cipriano Torres

Capítulo 8

 

Cipriano Torres

Cipriano Torres

Los dos tenían el mismo presentimiento. Algo parecido a una cuenta atrás se había puesto en marcha, porque sus caras saltaban a la pantalla entre pequeños reportajes que recordaban a la audiencia los pormenores del montaje, las zanjas abiertas para la instalación de las tuberías por donde bombearían sin cesar los chorros de niebla, el ajetreo de operarios y técnicos disimulando los aspersores de agua colgados de la copa de los cipreses y el tinglado de potentes ventiladores que darían crédito al vendaval desatado en una docena de metros alrededor del cortijo para crear como verdadera una isla que se regía por sus propias leyes climáticas.

–Mi propia cadena me ha engañado, dijo ella sin pestañear mirando el colgante anudado al cuello del chico. Todos eran cómplices, hasta mi compañero de reportajes. No sabes cómo me duele tanta burla.
–El falso crimen, respondió él buscando la altura de sus ojos en medio de la penumbra apenas iluminada por la luz que emitía la pantalla, era la excusa para traerte aquí. Pero hay más. Este concurso sólo puede ganarlo uno de los dos.
–Se les olvida algo importante. Para concursar en algo hay que querer. Yo no quiero. Quiero irme. Y me quiero ir ya.
–No es así. Sólo uno puede ganar. Sólo uno puede salir.

Furiosa, atravesando a zancadas el estorbo de maderas y el mobiliario del desván, golpeando casi a ciegas la noche que se colaba por el techo abierto como un cráter, se paró frente a la pantalla como se paran los creyentes frente a sus dioses, pero no suplicó. A gritos, levantando la barbilla hacia el cielo, hermosa como una heroína bañada por las luces del firmamento, encarándose al objetivo de la cámara colgada del borde de aquel inmenso monitor, dijo sin dudas:

–Está bien. Soy una concursante. Y me rindo. He terminado. No tengo nada más que decir. Allá vosotros.

Sus palabras no dejaban lugar a la conjetura. Sonaron con la rara solemnidad de la convicción, una mezcla de amenaza y velada advertencia sobre posibles acciones legales. Decidida a marcharse, a saltar si era necesario por los tabiques que aún cercaban el desván, el ronroneo que nunca dejó de oírse en aquella estancia ruinosa se volvió agrio y tomó alientos de fiera, un rugido de motor que se revoluciona para salir en estampida, y así fue, después de un nuevo temblor al que ya estaban acostumbrados antes de otro derrumbe, el suelo de yeso se abrió como la trampilla por la que tiran a los condenados en las películas a un pozo infestado de cocodrilos, serpientes venenosas o arañas de tamaño inhumano. Cada uno por su lado, sus cuerpos rodaron hacia las habitaciones inferiores, ahora convertidas en un espacio diáfano y limpio. En mitad de la nave, una vitrina de cristal se elevaba sobre una columna estriada. Parecía un ascua hirviendo en los vapores rojos del terciopelo asaeteado por chorros delgados de luz sobre el que parecía gravitar un cuchillo con un canto tan afilado que sus destellos se reflejaban por todas partes. Suerte, dijo la chica dirigiéndose a la puerta de salida, pero su voz rebotó en la luna de cristal que los separaba y él sólo vio el movimiento de sus labios, el intento baldío de acercarse para despedirlo hasta chocar con un tabique tan transparente que ninguno había advertido hasta ahora. El chico corrió hacia la muralla de vidrio aporreándola y pidiéndole que no se marchara, pero ella, leyendo en sus labios una súplica que no podía atender, se acercó hacia él dejando que sus bocas se encontraran como si el frío espesor de la transparencia no pudiera separarlos. Luego se dio la vuelta, se puso frente a la puerta de salida sin intentar siquiera descorrer el cerrojo, y al instante, con un sonido carcelario que retumbó en su estómago, la puerta del cortijo se abrió con el movimiento uniforme de las órdenes ejecutadas por control remoto. La noche era un poco más fría de lo que ella esperaba. Nadie la recibió en la explanada. Ante ella, una claridad de luna joven perfilaba la cresta de los cipreses del caminillo solitario. Un manto de nieve soplada con máquinas cubría la era desolada, un adorno sin sentido en aquellos momentos, cuando nada podía importarle ni impresionarla, incluso le pareció grotesco aquel intento de volver a la prestidigitación truculenta conociendo los entresijos de una noche de mentiras organizada en torno a una única verdad, la del amor del pobre diablo que había vencido su timidez como suelen hacerlo los apocados integrales, a zancadas, con estrépito de fanfarria, de la forma más inesperada haciendo del otro, hasta ayer causante de su pánico, un aliado para su victoria. Miró a su alrededor sin asombro ni emoción y caminó sobre aquel polvo blanco que crujía a su paso dejando una estela de sonidos contundentes, sin eco. Se paró al principio del sendero de cipreses como se hace recuento de las pérdidas después de una riada que penetra en la casa y se lleva objetos, esfuerzos, recuerdos y hasta vidas. En ese lugar le prendieron del pelo la cámara diminuta y en ese lugar se la arrancó de cuajo sin sentir el dolor del cabello sacado de raíz. Pisoteó el pasador y siguió caminando con una sola idea, la de llegar hasta el pueblo para que su familia viniera a recogerla. La brisa movía la copa de los cipreses y agitaba las ramas de los olivos, que al moverse enseñaban la parte blanca de sus hojas como trozos de papel vibrando en el aire. Un estruendo la detuvo en seco. Sabía que era el último truco que guardaba la chistera previsible de una casa pensada para ir destruyéndose conforme el programa llegaba a su final. El golpe seco se multiplicó con réplicas de terremoto, tantas como paredes. Casi podía seguir la secuencia de la catástrofe provocada desde las proximidades por un equipo de ingeniosos electrónicos, y así los imaginaba, metódicos e infalibles, ufanos de su trabajo impecable, comprobando el vuelo milimétrico de los ladrillos, el estallido de los cristales, la montaña abigarrada de escombros que rodearía al vencedor del concurso. No quiso mirar atrás.

Sin pensar en nada, dejando que los pensamientos llegaran y se fueran como esas golondrinas incesantes y laboriosas que vemos por las tardes, cuando los cielos se arrebatan de malvas anunciando la noche, la chica intentó disfrutar de aquel paseo hasta el pueblo para limpiarse la tristeza y la decepción que empezaba a sentir. Ante sus ojos, sin poder remediarlo, también acudía la cara del chico como un espectro que revoloteaba con tanta convicción que parecía de carne y hueso. Lo espantaba de su camino moviendo la cabeza con tanta suavidad que no podía ser otra cosa que ternura, quizá dejando abierto un resquicio para que el futuro, sin más testigos que ellos dos, pudiera colarse y mediar entre sus amores. Liada en ese vaivén de ideas y sentimientos creyó de golpe que el camino se evaporaba bajo sus pies llevándosela a otra esquina del mundo porque todo lo que le rodeaba se iluminó como si hubiera llegado el día en plena noche. Cientos de focos la cegaron hasta inmovilizarla, tapándose la cara con las manos para defenderse de aquella brusca y súbita claridad. Haciéndose visera con las manos, sin moverse del sitio por temor a perder el rumbo y acercarse demasiado a los cañones de luz que la custodiaban, vislumbró a una persona que caminaba hacia ella desde el fondo del sendero levantando los brazos en un gesto de júbilo. Esperó quieta, aturdida por lo que veía ante sí, un cuerpo de plata del que saltaban destellos como estrellas de mentira. Oyó su nombre, gritado varias veces con una familiaridad desconcertante por la mujer que se le echaba encima muy sonriente, embutida en una tela de lentejuelas y con un micrófono en la mano. No estaba segura de que fuera verdad el desvarío de aquel figurín subido a tan empinados tacones en mitad del campo, pero al mismo tiempo era cierto que la mujer la besó en las mejillas y le dio la enhorabuena, cogiéndola por la cintura como se cogen las buenas amigas e invitándola a seguirla. Hasta ese momento, bajando el camino festoneado por reatas de focos que despedían un calor que llegaba a su piel, no descubrió que delante de ellas iban dos hombres, uno con una cámara autónoma atada a su cuerpo con tensas correas, y otro guiándole para no tropezar, cogido a su brazo y convertido en sus ojos traseros, un equipo completo de televisión que abandonó el camino de cipreses para meterse por una vereda de tierra que serpenteaba entre los olivos. La oscuridad frente a ellas era absoluta, pero sus pasos parecían encender los troncos que rebasaban porque al pasar junto a ellos se prendían unos haces de luz que vistos desde lejos eran como columnas de mármol. Los fogonazos marcaban el camino, que se iba estrechando en los laterales y sobre sus cabezas. La perfección de la bóveda de ramas enredadas formaba un túnel que no era fruto del azar sino el último tramo de una desembocadura estudiada para realzar algún tipo de expectación que la reportera aún no sabía concretar. El suelo de tierra batida se convirtió en una pasarela con losetas de cristal a unos metros de la boca del túnel. Al pisarlas, las losetas se encendían y apagaban en un efecto trepidante de discoteca contra el que había que luchar para mantener el equilibrio y la calma, que la reportera bebía a sorbos pequeños para no gastarla entera y cometer la locura de tirarse al cuello de la chica entubada en aquel vestido absurdo que no dejaba de sonreír y con terca suavidad la empujaba a seguir caminando. No recibió respuesta alguna cuando quiso saber qué estaba pasando, qué era todo aquello, hacia dónde se dirigían, y quién era ella. La chica del vestido de lentejuelas de plata le pedía paciencia, ya estamos llegando, dentro de unos segundos lo comprenderás todo, confía en mí. Un apagón cerrado las detuvo en seco al final de la bóveda de taramas casi vivas entrelazadas. Paradas frente a la oscuridad notaron que la brisa que les llegaba venía de un espacio abierto, pero fracciones de segundo antes de que sus ojos se acostumbraran a la claridad de la noche y pudieran descubrirlo, una ovación reventó como un dique resquebrajado en un plató gigantesco en forma de circo romano en donde cientos de personas aplaudían, iluminadas al mismo tiempo por cañones de luz de varios colores que iban y venían de un extremo a otro recorriendo sin cesar las gradas del público. Hombres y mujeres de todas las edades se levantaban agitando pañuelos y pancartas de plástico animando a la chica, que escuchó su nombre saliendo de las torres de sonido con potencia sobrehumana, algo parecido a una señal, porque en ese instante el clamor, que se fue acompasando como si sólo hubiera una persona batiendo palmas, adquiría cualidades de delirio colectivo. No puede ser. Con esa cruda negación, la chica confirmaba su perplejidad. Sin moverse de allí, espantada de verdad, apenas podía distinguir alguna cara en el gentío. Eran bultos saltando con las manos unidas sobre la cabeza, pateando en las tarimas que cercaban el escenario, tan inmenso como una pista de hielo por donde se deslizaban varias cámaras tan sigilosas que parecían gravitar a varios palmos del suelo. Creía llevar allí de pie, siendo contemplada por la gente, una eternidad, y es cierto que no sabría decir en qué momento desapareció de su lado la azafata de las lentejuelas, pero cuando se puso a pensarlo volviendo en sí de un viaje inconcebible ya la estaban invitando a que se acercara al escenario, y lo hizo con el mismo gesto con que nos han convencido en las películas que andan los muertos que reviven, hombres y mujeres que caminan ausentes hacia un punto que les atrae porque hay más luz, o porque creen que en ese lugar encontrarán alguna explicación a una muerte que jamás entendieron, pero advertimos enseguida que sus miradas no tienen el brillo de las emociones ni su apariencia el dinamismo de los vivos, y sin embargo, a pesar de que sabemos que son seres inertes, nos causan un asombro inquietante y nos despiertan terrores infantiles porque lo que despertamos es nuestra infinita capacidad para atribuir a los objetos, y a los animales, y a las personas, vivas o muertas, nuestra disposición para la crueldad sin límites.

–Pareces una muerta, dijo la presentadora levantándose para saludar a la chica y romper el carámbano que cubría su cara como una máscara. Es lógico que estés desconcertada después de vivir lo que has vivido en apenas unas horas, continuó, acercándose a ella para darle un beso, y pedir un aplauso.
–Todo esto me parece una putada, dijo la chica esquivando la cara de la presentadora, que sonrió a su cámara, mirando con intención para que el realizador tuviera tiempo de cogerle el primer plano que ella quería.
–Así me gusta, con personalidad, dijo al fin, haciendo una mueca cómplice al objetivo. No me dirán ustedes que no es para comérsela. Ha superado momentos dramáticos, ha demostrado un olfato especial para el periodismo de investigación, nos ha hecho creer que carecía de estrategia, se ha enamorado del chico que siempre la quiso sin decírselo, han hecho el amor, y de qué manera, despertando la envidia de millones de espectadores, y ahora, por si faltaba algo, está con nosotros como ganadora del concurso con una humildad que sólo habla de su nobleza, gracias, gracias por ser así, dijo la presentadora.
–Tía, estás loca, ¿de qué me hablas?
–Un aplauso, por favor, esta chica es genial, saltó sobre sus palabras la presentadora sin mirar las fichas del guión. Ya puedes dejar de jugar, el concurso ha terminado.
–Nunca he concursado. Entré al cortijo porque esta televisión se burló de mí fabricando unas muertes que en realidad eran una patraña.
–Qué rica. Claro, ése era el principio del juego. Pero no tuvimos que seguir poniéndote cebos porque tú misma entendiste la dinámica. De verdad, fascinante. La vuelta a la casa, tus dudas para subir a la cámara, mira, mira las imágenes que está pasando nuestro realizador mientras hablamos, ese coraje tratando de descubrir dónde estaba… ¿puedo decir tu chico?

Delante de los asientos donde conversaban, en varios monitores se repetía la misma escena, un punto de vista novedoso para la reportera, que se descubría vigilada en todo momento por una red de cámaras del tamaño de una cajetilla de tabaco ocultas en las juntas del techo, detrás de los espejos y del cristal de las fotografías, en lugares inverosímiles que las convertían en ojos indetectables. Viéndose en la pantalla recordó lo que sentía en ese preciso instante, y podía leer en su cara y en su mirada de extravío el esfuerzo que realizaba para no abandonar y salir de allí y olvidarse de todo, pero ahora comprobaba con algo más que dolor que tanta incertidumbre, una de las trampas a las que a veces le llevaba su sentido de la responsabilidad, se transformaba en un pellizco de vergüenza brutal porque aquel monitor convertía, sin escrúpulos, sus sentimientos en diversión, su angustioso tormento en alfalfa, en pasto de ganado y establo. La pregunta de la presentadora seguía en el aire, viva y sin respuesta, y así iba a seguir porque no estaba dispuesta a contestar algo que añadía desvergüenza a su pudor. Esperaba de un momento a otro la llegada del chico, que aparecería por un lateral del escenario y saludaría levantando los brazos, parado en mitad de la pista para recibir los saludos exaltados del público y la enhorabuena de la presentadora, que se dirigiría hacia él con algunas preguntas de formulario, un trámite previo al segundo más emocionante, ése en que todos esperaban el reencuentro con el enamorado victorioso aunque, y así se lo escuchó a la presentadora, también a ella se la consideraba ganadora.

Cuando los focos se apagaron como una tarde de eclipse, dejando el descampado sobre el que se levantaba el gigantesco plató en un tenue duermevela, preparado, pensó ella, para otro plato fuerte, el corazón de la chica se revolvió en su caja bombeando por libre. Ya está aquí, se dijo. Sin embargo, un griterío de aspavientos surgió de las gradas arrancando de sus sitios a la gente, que hizo amagos de huida hasta que se descubrió que la llegada de los muertos andantes, con las caras destrozadas, los vientres con las vísceras en flor, algunos hombres con sus cabezas en sus manos, y la sangre que corría como un caudal sin fin formaba parte del engaño.

Continuará…

Capítulo 1 

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

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