Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 25, Opinión
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De jetas y tarjetas

Por José Antequera / Ilustración: Adrián Palmas

José Antequera

José Antequera

Los del Núremberg de Bankia, los de la cúpula del fascismo económico en el que andábamos metidos, ya se están sentando en el banquillo, ante el juez, uno tras otro, para dar cuenta del chollo que tenían montado con las tarjetas black. Durante años, mientras el pueblo agonizaba de hambre y la troika nos sacaba el higadillo y las criadillas, ellos trilaban en la sombra, en silencio, muy clandestinamente, sin que supiéramos cómo eran sus caras ni cuáles sus apellidos. Iban de expertos en la cosa, pero en realidad no eran más que los fontaneros sucios del sistema, los amigachos enchufados que hacían alguna chapucilla bancaria de cuando en cuando y luego la cobraban en black. Ahora, desde que la prensa lo está aireando todo, ya sabemos que tenían nombres ridículos, casi de tebeo, como de historieta, de tira cómica, nombres que en otras circunstancias menos trágicas nos habrían hecho reír mucho pero que en medio de esta truculenta historia de miseria y corrupción con faldas y a lo loco no pueden producir más que hastío y bochorno. Ahí está Moral Santín, un suponer, que ni tenía moral ni era un santín, el hombre; ahí está Estanislao Ponga (ponga usted el cazo, señor mío); Antonio Romero Lázaro (Lázaro, levántate y trinca); Ricardo Romero de Tejada (el que sacaba la mayor tajada); Ángel Eugenio Gómez del Pulgar (más los otro cuatro dedos, que con toda la mano llena se pilla mucho más y mejor); José María Arteta (o también hartito, hartito de cenas, de viajes y demás francachelas); Antonio Rey de Viñas Sánchez-Majestad (éste lo llevaba escrito en los genes, como un aristócrata de sangre azul, y eso que era de Comisiones el muchacho); Mercedes Rojo Izquierdo (de todo menos roja y de izquierdas); José Acosta Cubero (éste parece que se lo estaba acostando a ojo de buen cubero); Cándido Cerón (de cándido no tenía nada, que su cuenta era un jardín sembrado de ceros); Pradillo de la Santa (que ni era pardillo ni hijo de santa ni nada de nada); Joaquín García Pontes (ponte fino a caviar y a tarjetazos, y a vivir que son dos días). Y en ese plan.

En fin, que con esta lista sospechosa Paco Ibáñez habría levantado un glorioso 13 Rue del Percebe de la banca española, porque eso es lo que ha sido nuestro edificio financiero, un triste cómic, un cuento caricaturesco, una historieta esperpéntica muy bien pergeñada y dibujada para solaz de unos pocos manguis que funcionaban con la exactitud trágica de un reloj suizo. Un 13 Rue del Percebe lleno de frikis financieros al que solo le faltaba el moroso vividor del ático en el edificio enfermo de aluminosis que era la maltrecha democracia española. Rodrigo Rata, el Flautista de Hamelín de la campanilla, hacía sonar el címbalo, llamando al festín general, y todas las ratas menores le seguían al unísono como roedores ansiosos, voraces, insaciables. La lista es tan larga como vergonzante, pero uno a uno todos están declarando, por fin, ante el juez. Hay tantos nombres que es imposible que sus mentiras encajen y así claro, a las primeras de cambio se están haciendo la picha un lío. Uno le ha dicho a su señoría que la tarjeta black se la dio el jefe Blesa y que se coma él el marrón; otro que la consigna era gastar mucho, gastar, gastar a cascoporro; el de acá que no sabía que defraudar era delito; el de acullá que la tarjeta le cayó como llovida del cielo un día que sesteaba en su despachaco. Mienten, se desmienten, se desdicen, sueltan bobadas, sonríen por no llorar, pero están pillados por los cataplines, atrapados en la telaraña de oro que habían tejido durante años. Uno cree que ahora que le han dado Goya a Mortadelo y Filemón, reconociéndose por fin el valor como viñetista del gran Ibáñez, nuestro mejor dibujante, harían bien los agentes de la TIA y el profesor Bacterio en investigar este caso, un caso típico de los años locos de burbujas, charlestón y caspa española. De aquellos años ya solo queda una romería de personajillos desdibujados de tebeo, muñecones de cómic que hasta hace un rato iban de élite de las finanzas, de yupis, de estupendos, de decentes, y a los que ahora se les ha caído la careta, quedando al descubierto la jeta y la tarjeta. La jeta black, o sea.

Adrián Palmas

Adrián Palmas

 

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