Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 24, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:

La otra noche, mientras tenía una interesante tertulia literaria en mi jacuzzi con el director de esta nuestra revista que lleva tu nombre, justo en el momento en que debatíamos quién tiene los muslos más ebúrneos, si Luis Antonio de Villena o Eduardo Mendicutti, llamaron al timbre. Fui a abrir y vi que alguien había dejado un enorme ornitorrinco de madera en mi puerta. Haciendo caso al refrán que dice que a ornitorrinco regalado no se le mire el pico, lo metí dentro. ¡En qué mala hora, Gurb! Al momento se abrió una trampilla en el abdomen del raro animal y comenzaron a salir decenas de políticos, periodistas, representantes de la Troika, banqueros y ¡hasta taxistas ribonucleicos! Fíjate tú, con lo que son los taxistas ribonucleicos… Y todos, en plan coro trágico, comenzaron a lanzar gritos lastimeros diciendo que el apocalipsis va a llegar; que hay que ver que la victoria de Syriza en Grecia va a tener gravísimas consecuencias para España; que como aquí gane Podemos vamos a dejar de pertenecer a Europa para convertirnos en una colonia venezolana; que nos van a salir cuernos en la cabeza, rabo en el culo y hongos dermatofitos en los pies, las corvas y el periné…

Imagínate, Gurb, yo estaba desconcertadísimo. No sabía qué hacer ni qué pensar. Estaba hecho un mar de dudas. No sabía si este coro plañidero tenía la razón o si por el contrario el cambio hacia una política antiausteridad como el que habían dado las urnas a Grecia era la solución más adecuada. Y lo que es peor, querido marciano, no tenía ni idea de qué muslos eran más blancos, si los de Mendicutti o los de Villena. Entonces decidí poner en práctica lo que marcan los protocolos en estos casos: me mesé los cabellos, me rasgué las vestiduras, me afeité las ingles y poniendo la voz de Irene Papas grité lo más alto que pude ¡lamentémonos que humea Ilión!

Y fue mano de santo, Gurb, porque en ese momento el coro de agoreros histéricos neoliberales dejó de vociferar y predecir desventuras y calamidades para encarecer mi intervención. Todos coincidieron en que el grito había estado muy bien traído. Unos decían que era de Eurípides, otros que de Esquilo, otros que no, que de ninguna manera, que eso era con toda seguridad de Sófocles. Un taxista, sin embargo, sostenía que estaba sacado de una novela de Luis Antonio de Villena, quien, por otra parte, dijo, era el escritor español con los muslos más níveos que él había visto nunca. Y en ese momento, en ese momento no te vas a creer lo que pasó, Gurb. En ese momento, sin que nadie supiera de dónde había salido, apareció Demis Roussos contando que no estaba muerto sino que estaba de parranda y que para él los muslos más bonitos eran sin duda alguna los de Eduardo Mendicutti. Después también dijo que las mañanas son de terciopelo si tus manos me hacen despertar, me acarician y en el azul del cielo juntamos nuestro vuelo y unimos nuestro amor y que triki, triki, triki, triki, triki, triki, triki, triki, triki, etcétera. En fin, Gurb, que entre una cosa y otra, la noche se nos fue sin darnos cuenta. Hala.

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

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4 Kommentare

  1. Lombilla dicen

    Gracias guapo. ¡Tú sí que tienes los muslos bonitos, canalla!

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