Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 25, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:
Ayer, mientras frotaba el váter fuertemente con la escobilla, como en una reinterpretación escatológica de Aladino, ante mí se materializó un banquero suizo en déshabillé proponiéndome el muy guarro que fuéramos juntos a ver 50 sombras de Grey… Imagínate, yo me quedé cortadísimo y no pude negarme. Ya en el cine, cuando el Grey ese estaba sodomizando brutalmente a un ornitorrinco neocatecumenal, el banquero suizo, excitado sin duda por los románticos diálogos que componen el delicado guión de tan extraordinaria película, comenzó a lamerme muy asquerositamente mis pechos (¡los cinco!). Después, del marsupio característico que tienen todos los banqueros suizos se sacó cuerdas, cadenas, esposas, mordazas, látigos, cartillas de ahorro, contratos de creación de empresas ficticias y muchos otros obscenos juguetitos con los que pretendía llevarme, dijo, al paraíso fiscal. Reconozco que por un momento estuve tentado de ceder a las proposiciones del banquero, Gurb, pero era tal el hedor a terrorismo, tráfico de armas y corrupción que exhalaba el tío cochino, que me dio mucha fatiga y decidí rechazarlo.
―Vete ―le dije―. Olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega una vuelta…
Ajeno a mi negativa e inasequible al desaliento, el banquero suizo seguía, contumaz, sobándome la ética.
―¡Vete! ―grité―. ¡Olvida mis ojos, mis manos, mis labios que no te desean!
Como al banquero le daba igual ocho que ochenta y continuaba lujurioso proponiéndome guarrerías económicas, como una santa Paula barbada cualquiera salí del cine corriendo para huir de él, con tan mala fortuna, Gurb, que pisé una enorme mierda de perro. Entonces me paré para limpiarme y, cuando frotaba la suela del zapato sobre la acera, de nuevo se obró el prodigio “aladinesco” y de aquel restregamiento excrementicio brotó una luz como de rompimiento de gloria de la que finalmente surgió la imagen cuasi mariana de don Emilio Botín flotando suavemente sobre nubes esponjosas rellenas de dinero blanqueado.
―En busca de emociones un día marché ―comenzó a decir el virginal fantasma de don Emilio Botín―, de un mundo de sensaciones que no encontré, y al descubrir que era todo una gran fantasía volví, porque entendí que quería las cosas que viven en ti…
En ese momento llegó el banquero suizo.
―¿Quién es? ―preguntó.
―Soy yo ―contestó don Emilio.
―¿Qué vienes a buscar?
―A ti…
Los dos se fundieron entonces en un tierno abrazo financiero mientras se iban desvaneciendo al delicado ritmo de los elegantes acordes de Pimpinela…
Y aquí me tienes ahora, Gurb, acojonado perdido, sin querer frotar nada, no sea que me salga algun banquero, algún hijo de Pujol, algún diputado evasor o cualquier otra inmundicia…
Tuyo afectísimo:
José Luis Castro Lombilla

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