Francisco Ortiz, Viajes
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Buscando a Don Juan en La Caridad

Patio de entrada del Hospital de la Caridad de Sevilla. Foto: José Luis Filpo Cabana

Por Francisco Ortiz. Viernes, 20 de febrero de 2015

Editorial

    Viajes

Al visitante que viene a nuestra ciudad con una lista de monumentos en la cabeza y un tiempo limitado le invitamos a olvidarse del estrés y dejarse llevar por las callejuelas entrañables del Arenal. Vamos en esta ocasión a pasar por alto los lugares trillados por el turismo, como la Catedral, la Giralda o los Alcázares, para, caminando, conocer mejor uno de los mitos sevillanos, Don Juan.

La Plaza Nueva es un buen punto de partida para comenzar nuestro itinerario. Si nos colocamos al pie de la estatua ecuestre del rey Fernando III, tendremos el ayuntamiento enfrente. Construido en estilo plateresco, su fachada más interesante, decorada con medallones y figuras alegóricas, es la trasera, la que da a la plaza de San Francisco. Allí se ubicaron en otro tiempo la Audiencia y la cárcel, cuyo preso más ilustre fue Miguel de Cervantes. En la otra parte de la plaza se ubica la capilla de San Onofre, que formó parte del convento de San Francisco.

Mientras observamos la actividad urbana de la plaza, el tranvía, los turistas que entran y salen del hotel Inglaterra, el bluesman de la esquina con la calle Sierpes, bueno es recordar el origen de esta ciudad, entre la historia y la leyenda. Las crónicas afirman que los fenicios establecieron una factoría en la orilla del río y, más adelante, los hijos de Tartessos levantaron Híspalis, que significa “tierra llana”. Pero los sevillanos gustan de la leyenda, la cual sitúa a Hércules como el héroe fundador de la ciudad. De hecho, hasta hace unos años una placa colocada en la Puerta de Jerez rezaba así:
“Hércules me edificó
Julio César me cercó
De muros y torres altas.
El rey Santo me ganó
Con Garci Pérez de Vargas”.

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En efecto, la conquista castellana de Sevilla, en 1248, es el hito histórico que da un giro a la ciudad oriental, judía y musulmana, y la pone a los pies de la Cristiandad. A Fernando III le sucedió Alfonso X el Sabio y de ahí en adelante Sevilla viviría su aventura americana y su esplendor barroco. Pero no adelantemos tanto, dejemos al rey en su peana y busquemos la sombra de las calles aledañas a Plaza Nueva. Nos adentramos por la calle Barcelona buscando la calle Harinas, con su pavimento de adoquines irregulares, sus inexistentes aceras y su trazado curvo. Al final de Harinas, cruzando la calle Jimios, nos vamos a encontrar con la antigua Puerta del Arenal, hoy desaparecida. Es una esquina en donde salimos de la sombra para salir al sol de las calles que rodean la Plaza de Toros, la Real Maestranza. Doblamos a la izquierda y tomamos la calle Arfe, siempre buscando el lado de la sombra. De trazado curvo, esta calle tiene la animación de comercios y bares. Es un buen momento para la pausa, en esta fresca mañana de febrero, para practicar eso tan sevillano, el desayuno en la calle. Los churros o la “tostá” con aceite o con manteca “colorá” acompañan al café. La intención del visitante será compartir las charlas, aparentar ser del lugar. No siempre se consigue, ojo, pero el consejo es escuchar las gracias de los parroquianos y, en todo caso, responder con un “claro, claro”, o bien con un “es una pena”, según los meandros de la tertulia en el bar “Esquinita de Arfe”.

Al final de la calle nos encontraremos con la antigua Lonja del Postigo, un edificio de ladrillo de planta triangular. Utilizado como mercado de abastos, hoy es un centro de artesanía. Aquí al lado, a nuestra izquierda, está el Postigo del Aceite, un arco que conduce a la Catedral y la zona turista. Este es un punto atractivo en Semana Santa, pues muchas cofradías pasan bajo el arco desafiando sus reducidas dimensiones.

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Un paso de la Semana Santa sevillana.

Si doblamos a la derecha tendremos en la acera izquierda el muro de las Reales Atarazanas. Estamos ya en pleno Arenal, el barrio marinero de la Sevilla del siglo XVII. Por estas callejas, entonces veredas de albero, se movían pícaros, soldados y gentes de mal vivir: alcahuetas, galeotes, rameras viejas, lazarillos. Cuesta imaginar el trasiego de entonces en esta soleada esquina con la calle Temprado, viendo el escaso tráfico mañanero.

A espaldas del Teatro Maestranza nos hiere los sentidos el azul del cielo del Sur, los abigarrados colores de flores en los balcones y la cercanía del Jardín de la Caridad, con sus palmeras y su fronda verde, fresca. Aquí se refugia la brisa fría del río Guadalquivir, que sube hasta tender una neblina como cota de malla a los pies de la estatua de Don Miguel de Mañara. Es aquí donde rogamos al visitante un minuto de silencio para hacernos al umbrío lugar y tomar aire.

Delante de nosotros tenemos el Hospital de la Caridad y la iglesia de San Jorge, llamada de la Caridad. Un campanario vecino anuncia con su tañido la hora. Con un poco de imaginación podremos ver al caballero de Calatrava Miguel de Mañara vagar su alma contrita por las calles de la judería, desde su casa en el palacio de la calle Levíes hasta la Caridad, donde yacen sus restos. Nacido en 1627, en el barrio de San Bartolomé, fue Mañara un precursor del Don Juan, todo un caballero, dado a los pecados del juego, el vino y las mujeres. Casado por poderes con doña Jerónima Anfriano, tuvo un matrimonio tranquilo. Pero al enviudar, sufrió un revés místico: abandonó a sus amantes, su vida pecadora, y se encerró en el hospital de menesterosos de la Santa Caridad. Fundador del hospital, reformó la hermandad, de la que fue hermano mayor durante diecisiete años y amparó a los pobres, a quienes se dedicó el resto de sus días. Eliminó algunas costumbres (como la procesión de los descuartizados) aportando otras nuevas: la administración de los sacramentos y la recogida de los enfermos en la calle. Adoptó Don Miguel una devoción enfermiza y atormentada, propia del barroco. Si bien Góngora llamó a Sevilla “la Babilonia del pecado”, en Mañara tenemos el perfecto ejemplo de la culpa y el pecado, las dos caras de la moneda.

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Ancianos a la puerta de la Santa Caridad de Sevilla.

Merece la pena visitar hoy la iglesia, reformada por Leonardo de Figueroa. Cuelgan de sus paredes los cuadros de Murillo y de Valdés Leal, verdaderas muestras de aquella mentalidad temerosa de Dios. En el sotocoro podemos ver dos de los más conocidos, pintados en 1671, titulados “In Ictu oculi” y “Finis Gloria Mundi”. En este lienzo podemos ver una cripta, donde yacen un obispo, un caballero de la Orden de Calatrava y un rey. Así terminan las glorias terrenales. Al salir de la iglesia debemos pisar la lápida de Mañara, pues así dispuso él que fuera pisoteado. La losa reza así: “aquí yacen los huesos del peor hombre que ha habido en el mundo”. Sus restos, sin embargo, fueron trasladados en diciembre de 1679 y depositados en la cripta del altar mayor.

El hospital, anejo a la iglesia, es parte de las atarazanas, de ahí su estructura gótica de arcos y nervaduras. En 1662 se cedieron tres naves gracias a Mañara. Hoy en día sigue activo, asila a los ancianos desahuciados. La visita permite ver los dos patios con fuentes, cuyas paredes se cubren de azulejos blanquiazules de estilo holandés, y la sala baja de cabildos, dedicada a museo. En una vitrina se exponen objetos del caballero donjuanesco, como su espada o su mascarilla mortuoria, y otros objetos personales.

Lo genuino de esta institución es que estamos ante una casa de misericordia como las que existieron en el setecientos. La Hermandad de la Santa Caridad se fundó en el siglo XV para enterrar a ahogados y ajusticiados. En estos tiempos de crisis y de ausencia de solidaridad, asombra encontrarnos una Casa Hogar que se organiza como en pleno Siglo de Oro, con una labor tan social y humanista. Los hermanos de la Caridad atienden el comedor, hacen compañía a los ancianos y, al llegar la última hora, cumplen el ritual del enterramiento, según el Reglamento de entierro, con parihuelas, campanillas y terciopelos azules. La fascinación por los ritos es propia de los sevillanos, pero cuidado, ojo, esta es una institución clasista, de las más arcaizantes. Sevilla es Mañara y viceversa. Los grandes de la ciudad sueñan su muerte como Mañara: una simple caja de pino, como un condenado. Nada más barroco. Si alguien quiere conocer cómo piensa un sevillano, en Mañara encontrará lo mejor y lo peor: su soberbia, su empatía, su fobia y filia a la muerte, su amor a las tradiciones de la urbe, su fidelidad a la Iglesia y su beligerancia con la curia local. Mañara conforma su propio mito con Don Juan Tenorio y, sin embargo, los separa un abismo.

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Al salir a la luz de la calle nos topamos con varios ancianos que, en silla de ruedas, preguntan cuándo pasa la Virgen de la Victoria. “Es Miércoles de Ceniza, faltan cuarenta días todavía para Semana Santa”, responde el viajero. Estamos asistiendo a una escena detenida en el tiempo, una escena de lienzo, velazqueña. Y es que, cada primavera, la cofradía que pasa ante la Domus Pauperum de la Caridad detiene el paso de la Virgen ante los viejos menesterosos, en una perfecta liturgia barroca. Ellos nos dan la pauta de ese mundo de Mañara, de este Bradomín hispalense. No encontrará el visitante otra imagen más noble, más auténtica que esa en esta Sevilla cervantina, callada y solemne.

18 de febrero de 2015

Francisco Ortiz

Francisco Ortiz

 

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