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Al Gharb, una playa al Oeste

Por Francisco Ortiz

Editorial

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Nada me gusta más que cruzar una frontera. Es una sensación definida de cambiar no sólo de país sino de vida. La promesa de unas vacaciones merecidas, entonces, se mezcla con una emoción mezclada de temor. Al dejar nuestro mundo cómodo y familiar, nos asalta el cosquilleo de temer qué nos ocurrirá detrás de esa aduana, de ese puesto de frontera. Yo comparo el momento de pasar al otro lado del “Check-point Charlie” con el momento en que sentimos el despegue del avión.

Para los que vivimos en Andalucía y queremos cruzar fronteras no hay nada más natural que ir hacia el Oeste. Portugal es, pues, la playa de al lado. ¿Qué tiene Portugal? Resulta fastidioso responder esta pregunta cuando el viajero sólo busca “lugares pequeños, cosas pequeñas”. Y es que se diría que Portugal es la cara B de la Península Ibérica, una manera de estar más serena, ligera. Aquellos que viajan al Algarve encuentran brisas que traen un perfume dulce, del olor de los almendros y de los naranjos. Es la luz de una blancura y transparencia que parece bendecirnos. El conjunto de paisaje amable, arquitectura popular y costumbres ha producido en el Algarve una tierra de casitas blancas, rodeadas de árboles frutales, una costa para explorar y playas doradas, con una sierra ondulada al Norte.

De Castro Marim a Sagres, de Alcoutim a Monchique, la tierra algarviana ofrece varios lugares pequeños con encanto. Unos son más turísticos, como Albufeira y Lagos, otros son menos visitados, como Silves y Olhao. Para los que pensamos que un territorio sólo puede conocerse bien si se recorre a pie, o en bicicleta, el Algarve es un territorio ideal para hacer excursiones y paseos amenos.

Pasada la frontera fluvial del Guadiana, el viajero arriba a la localidad de Vila Real de Santo Antonio. Las casas y las calles tienen una disposición geométrica que las hace recordar a la parte baja de Lisboa. Y es que el marqués de Pombal levantó una villa cuadriculada en 1776, de la cual podemos apreciar algunos edificios. Aquí hay que subir al tren y pedir un billete “paga pouco”. La Línea del Algarve de los Comboios (digamos “con bollos” en adelante), de orientación Este-Oeste, recorre 139 kilómetros de la costa Sur algarviana y llega hasta Lagos. Nuestra primera parada va a ser Tavira, la pequeña Portugal.

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Tavira, a 23 kilómetros de Vila Real, tiene un centro histórico bien conservado. Merece la pena pasar todo el día en ella, pues abunda en callejuelas y rincones con encanto. Su caserío se reparte a ambos lados del río Gilao, pero es en la margen derecha donde se localiza la mayoría de edificios de interés. Abundan las casas del siglo XVIII, resultado de haber sido levantadas tras el terremoto de 1755.

Desde el puente romano, colonizado de gaviotas, cruzamos la Praca da República y nos subimos una buena cuestecita hasta la iglesia do Castelo. De estilo gótico, se encuentra junto a los restos del Castelo, entre cuyas murallas disfrutamos de un jardín recoleto y cuidado. Si subimos a sus almenas tenemos una magnífica vista del casco antiguo y de los típicos tejados de tijera (a cuatro aguas) de las casas señoriales. A dos manzanas cuesta abajo tenemos la iglesia de la Misericordia, de estilo renacentista. Otros edificios notables son la iglesia del Carmo, la iglesia de San Pablo, y la iglesia del Compromiso Marítimo. En Tavira el “Compromisso “ era una muy antigua asociación de socorro para los marineros.

Junto al río se desarrolla la vida sencilla de Tavira. Destaca la ribera del río por sus paseos y jardines. Las mejores vistas del río las da la terraza “Gilao”. Hay que acercarse al espacio del Mercado da Ribeira, antiguo mercado de la ciudad convertido en un lugar de ocio, con tiendas, exposiciones de los artistas locales, bares y restaurantes. La lonja de pescado y el muelle pesquero quedan detrás del Mercado, y es en esta parte, menos frecuentada, donde las “Casas do pasto” ofrecen un pescado fresco y unos platos que conquistan estómagos.

Los alrededores de Tavira atraen al turismo nacional por la estupenda playa, la Isla de Tavira. Se accede a ella en ferry, desde el embarcadero de la ciudad, y tiene una buena oferta turística. También es posible conocer las otras dos playas, Terra Estreita y Barril, embarcando en los ferries, o bien alquilando barcos-taxi. Es posible recorrer la ría y sus marismas por poco dinero.

Además de las playas, Tavira tiene una joya a sólo 3 kilómetros del centro. Es ideal echar a andar hasta la aldea marinera de Luz de Tavira. Es un lugar pequeño, amable, inapreciable, si no fuera porque tiene una de las más notables iglesias de Portugal: la Igreja Matriz de Luz de Tavira. Es uno de los raros ejemplos de iglesia sala, con tres naves en un mismo nivel. En su interior uno entiende que José Saramago dijera que es una iglesia feliz. Sus amplias naves, las tres pilas de agua bendita, la pureza de estilo, el uso del color y de la luz, hacen de Luz de Tavira una visita inolvidable.

Siguiendo nuestro recorrido al Oeste topamos con Fuzeta, un puerto de pesca limitado por una isla. Con apenas 1900 habitantes, “la Fuseta” tiene calles estrechas y casitas blancas de pescadores. Aquí todavía se conserva el recuerdo de la almadraba, la pesca del atún. Por algo son los gatos fusetenses hijos predilectos del pueblo.

El litoral del Algarve se divide en tres zonas: la costa Vicentina, que va desde la linde con el Alentejo hasta el cabo de San Vicente, la costa de Barlovento (donde sopla el viento), que va desde Sagres a Albufeira, y la costa de Sotavento (en dirección del viento), de Faro a Vila Real. En nuestro andar elegimos Sotavento, playas de pobres. Desde  la punta de Ancao, al Oeste de Faro, hasta Cacela Velha se extiende el Parque Natural de la Ría Formosa. Es una sucesión de penínsulas, islas y canales, separados y reunidos en un laberinto de ciénagas y médanos. Si bien es un santuario natural de peces y pájaros marinos, también es un paraíso de salinas tradicionales y pescadores hinchas del Sporting. Una buena forma de ir a la descubierta de las islas del Parque Natural es a bordo de los barcos que parten desde los puertos de Faro y Olhao. Son singladuras lentas, en compañía de perros de aguas, lanudos y cariñosos, tan marineros como sus amos. También se da la ocasión de ser acompañado por una pareja de suecos, bellos como Lohengrín y Elsa. Pero no veo el cisne.

En la estación de tren de Olhao salto en marcha del “con bollo” y me topo con un caboverdiano de camisa roja y sombrero negro de ala ancha. “Discolpe” le digo en mi portuñol descosido. El tipo, negro de trapío, me devuelve una sonrisa ancha, feroz. Olhao es más grande e industrial que Tavira. Hay que caminarla a paso vivo hasta llegar al barrio de los pescadores. Sus casitas cúbicas con azoteas y las tópicas chimeneas rematadas de gallos de cerámica, sus calles estrechas y sinuosas, peatonales, invitan a relajar el paso, pues anuncian el muelle, las gaviotas, el mar.

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En la Avenida Marginal, junto al muelle, se sitúan dos edificios de ladrillo rojizo, los mercados. Construidos en 1915, en estilo neoárabe, despachan y venden los pescados y mariscos más frescos de todo el Algarve. En sus terrazas se puede tomar un helado, un café, al sol que más calienta y de cara a las barcas, a la marina. Uno de los barcos llama la atención, es el Caique Bom Sucesso. Es una réplica del que en 1808 navegó a Brasil para anunciar al rey Joao VI el éxito del levantamiento popular contra los franceses.

Desde estos muelles parten los ferries a las islas de Armona, Faro y Culatra. La singladura merece la pena para observar delfines o golfinhos, aves y paisanaje variado. Armona es el refugio ideal del viajero, porque ofrece soledades de playas y mareas del Atlántico, varios merenderos, un camping y ningún tráfico. Se come muy bien, cocina casera: almejas, coquinas, berberechos, navajas, bacalao. El bacalao es el plato nacional portugués. Por aquí dicen que hay 365 maneras de prepararlo. Al ser esta isla Reserva natural, es la ocasión de disfrutar de un medio donde el hombre no impone su huella. Los kilómetros de arena dorada, las aguas transparentes, las puestas de sol y el aire de diamante de las noches estrelladas hacen de Armona el lugar inolvidable y pequeño, el que andaba buscando.

Al día siguiente, con frío y un te en el cuerpo, embarco al continente. Da pereza dejar atrás las caras amables y divertidas de la isla, pero navegar es necesario, más que vivir. Alguien dijo eso una vez. En la estación de autobuses voy preguntando por una villa romana, y los transeúntes se amoscan y persignan. Me llego a una taquilla rodoviaria y pregunto: ¿Dónde Estoi?

En Estói, a unos 15 kilómetros al interior, recorro con parsimonia las ruinas de la villa romana de Milreu, construida entre los siglos I y III d.c. Empezó siendo una granja y acabó como lujosa villa de campo, digna de Tiberio. En la zona de recreo se ven restos del peristilo, con columnas de mármol blanco que rodeaban una pequeña piscina. En las termas la decoración se centra en el agua, con motivos de peces y barcos. Otras habitaciones de baños tienen mosaicos con motivos geométricos y frisos. Colina arriba se mantiene en pie un edificio de ladrillo de varios metros de altura. Es un santuario dedicado al culto del agua. Es un raro ejemplar cubierto en el que se pueden ver  pequeños dibujos de peces y formas ovales de conchas. El interior estuvo decorado con losas de mármol policromado. Más tarde, en el siglo IV, fue convertido en basílica paleocristiana, añadiendo una pila bautismal. En el siglo VIII fue convertido en mezquita.

Al bajar la colina me cruzo con Saramago, quien encuentra estas ruinas “sucias y en un estado de abandono”. Falta más información que indique los lugares, las emociones de aquellos que vivieron aquí. En cambio me encuentro un área de recepción e información más que aceptable, donde contemplo varios bustos de mármol. Me acerco al rostro de Agripina, esposa de Claudio. Un retrato que denota los gustos de sus dueños.

La presencia de Roma en el Algarve lusitano ha dejado vestigios de importancia. Es el caso del Cerro da Vila, en Vilamoura, de Milreu y de Abicada, en Portimao. Se trata de villas o “quintas” que andando el tiempo devinieron en fábricas de conservas de pescado, llamado garum. El territorio estuvo ocupado desde el siglo I hasta la llegada de los bárbaros del Norte de Europa en el siglo V d.c.

De vuelta al pueblo (pues la villa romana queda a las afueras) tiro por una calle lateral en busca de un sueño romántico. Aunque lo indican los carteles: “Palácio de Estói” desoigo lo que es obvio y voy a dar a las tapias traseras del palacio. Encuentro un portón abierto a los jardines, saludo a un operario y me cuelo dentro. Hay estatuas de señoritas desnudas y griegas por doquier, templetes, balaustradas y bancos de azulejos azules. Más que palacio se trata de una mansión pensada como villa de recreo. Comenzó su construcción en 1840 y tardó muchos años en terminarse, pero es un ejemplo de arquitectura romántica. El edificio en sí no es muy interesante, pues los muebles y la decoración sustituyen a los que se perdieron. El vizconde de Estói quiso crear una villa de estilo rococó, donde incluyó dos pabellones de te, varios comedores y una capilla, amén de los jardines versallescos. En la actualidad está remozado y convertido en un hotel Pousada (Paradores), con un anexo que incluye una piscina, sauna y spa.  Son los jardines y las estatuas motivos suficientes para visitar este Palacio. Entre los bustos encuentro a Schiller, Moltke y Goethe, todos alemanes. ¿Será un guiño de Portugal a la poderosa Alemania?

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La capital del Algarve, Faro, es una ciudad universitaria y comercial. Abundan aquí los bares, cervejarias, restaurantes y discotecas. Conviene, antes de marcharse de Faro, probar su gastronomía: los platos de atún estofado, las sopas de almejas o mejillones, el arroz con marisco, las caldeiradas y las cataplanas, el cerdo con mejillones. Faro atrae tanto al turismo nacional como al internacional, tiene una buena oferta hotelera y cuenta con aeropuerto y playa en isla. La ría Formosa la ciñe y la protege de los calores del Sur. Por eso su desarrollo está unido a la pesca y las actividades derivadas de ella.

Viniendo de la estación de tren, pasando por el hotel Eva, el caminante recibe el chorro de luz del pequeño puerto. En el muelle confluyen el Jardim Manuel Bivar y las calles peatonales del centro. Es el punto ideal para explorar el casco antiguo de Faro. Si sopla el viento de la costa, lo mejor es entrar en el núcleo de la Vila-Adentro a través del Arco da Vila, portal de 1812 que nos lleva al Largo da Sé. Este barrio recoleto mantiene la forma de vivir tradicional de la ciudad, con sus estrechas y silenciosas calles, sus edificios siguiendo el trazado de la muralla medieval y sus casas de tejados de tijera.

Al desembocar en el Largo da Sé, la plaza de la catedral, da la impresión de habernos metido en otra época: el Palacio Episcopal a un lado, el Seminario Diocesano al otro, y la Catedral, con su imponente torre pórtico, en el centro. Los naranjos y unos viandantes escasos acentúan la soledad del lugar. La catedral de Faro tiene más de setecientos años pero merece la pena verla y subir al mirador, para ver y sentir el panorama de la ría y la ciudad. En el interior, paso a paso deambula uno por las capillas del crucero, y repara en los bajorrelieves dorados y en el órgano, de gran colorido. El sacerdote saluda a todos y cada uno de los feligreses, con los que departe pausado, untuoso.

A la salida de la Sé tiramos por la Rua da Porta Nova y pasamos el Arco das Portas do Mar. Vuelve entonces el espectáculo marino del muelle y las chillonas gaviotas, con sus bares y restaurantes. De aquí parten los barcos turísticos a las islas de Faro y de Farol, y los aqua-taxis ofrecen sus paseos por la ría.

Queda para otro día acercarse al Museo Arqueológico y Lapidar, en la plaza de Afonso III. También se queda uno sin ver la iglesia de San Pedro, la iglesia do Carmo, ambas cerradas. Un cartelito en la puerta indica que se apaguen los móviles en misa, pues “Dios no va a llamarnos”.

De vuelta a los jardines Manuel Bivar contemplo el edificio del Banco de Portugal y me adentro por la Rúa de Santo Antonio, la calle peatonal. A esta hora de la tarde me apetece  tomar un buen café con un hojaldre. Va a ser en el Café Alianca, decorado al estilo de los años 30. Mientras escucho, distraído, la música de Cesaria Evora, Sodade, veo pasar al caboverdiano del otro día, con su sombrero de ala ancha. ¿Casualidad? En el Algarve nada es casual.

Miércoles, 4 de febrero de 2015

Francisco Ortiz

Francisco Ortiz

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