Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 22, Opinión
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Tanto monta, monta tanto

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

Hasta ahora hemos leído cuentos de princesitas en apuros, desheredadas u obligadas a matrimoniar en contra de su voluntad, pero nunca hemos leído historias de princesas imputadas, encausadas o acusadas. El imaginario infantil ha sufrido un duro golpe y la monarquía, un revés digno del propio Nadal, que tantos Roland Garros recibió de manos de la reina madre. Aquel trabalenguas vasco tan difícil de asimilar por la población (Urgandarín, Undangarín, Ugandarí) es pronunciado hoy por la ciudadanía con la facilidad de un López o un García. La corrupción nos ha educado el oído. El apellido en cuestión entró en la historia por la vía húmeda y permanecerá en ella, presuntamente, por la penal. Aquel príncipe que resucitaba a su amada con un milagroso beso ha salido rana. Las librerías de La Zarzuela han sido purgadas y los cuentos de Perrault y los hermanos Grimm, arrojados a la hoguera como los libros de caballerías de Alonso Quijano. Una fumata negra cubrió palacio con el humo tiznado del oprobio y el olor a chamusquina perdura en las habitaciones desde entonces. Azules lágrimas regaron flores de lis marchitas y el cetro se hizo más pesado, en la cansada mano regia, que un fusil para elefantes. Una familia dividida se fragmentó. La corona estaba en juego y urgía una respuesta. Las imágenes fotográficas de la infanta fueron desterradas de los despachos y webs reales y llevan ya dos años exiliadas de las navidades aunque, seguramente, compartan el turrón por teléfono. Antes de Jijona y ahora de Alicante, la almibarada pasta de almendra se ha convertido en roca caramelizada. Guirlache difícil de roer al que solo puede hincarle el diente un equipo de abogados de postín, capitaneado por uno de los siete padres de la Constitución. ¿Qué pasó? Pues seguramente que los ex duques de Palma, a ejemplo de otros ciudadanos, según teoría en desuso del PP, quisieron vivir por encima de sus posibilidades. Como si sus posibilidades no estuvieran ya lo bastante por encima de la media nacional. Y en palabras de Cospedal –que ni siquiera colocó el presunto por delante–, corruptos somos todos, teoría en vigor para Castilla-La Mancha. Le faltó añadir que algunos lo son en diferido. Así, la fatalidad en los negocios y el peso de la hipoteca arrojaron a la pareja a contratar mucamas latinas en condiciones ventajosas, a crear y presidir sociedades filantrópicas, fundaciones, mediaciones, intermediaciones y demás acciones que están a punto de ser juzgadas y aclaradas, en la medida de lo posible, por los tribunales. Para el juez en cuestión parece ser que tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando, por mucho que se empeñe Hacienda y el Ministerio Fiscal en desmontar el cotarro. Otra será lo que se pueda probar, lo juzgado, que no siempre coincide con la verdad o tiene por qué coincidir. A veces, la verdad, solo puede ser cogida por los pelos. Pero, caiga del lado que caiga, espero que algún cuentista sepa sacarle partido y pueda devolver a la candeal infancia la ilusión de la princesa prometida. Yo, mientras tanto, para amortiguar los efectos, pienso darle a mi niño ese teatro de Ibsen donde los personajes debaten sobre la utilidad moral de desvelar al protagonista la infidelidad de su esposa, hasta que al fin, uno de ellos, torturado por la duda ética, revela al interesado su triste condición, convirtiéndole así en un desgraciado. Democracia y tradición son malas de casar. Y siempre nos quedará la duda… o el secreto de cuánto pesa la sangre azul en la balanza o las ranas en los cuentos infantiles.

Francisco Cisterna
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Gatoto

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