Número 22, Opinión, Tonino Guitián
Deje un comentario

Recochineo, esa palabra

Por Tonino Guitián

Tonino GuitiánEstaba escuchando ahora mismo Radio María donde un adulto atendía a las preguntas de un menor acerca de cómo hace Dios a los niños. El adulto le ha dicho que Dios crea un embrión que pasa por la adolescencia y luego se convierte en hombre; el niño entonces le ha preguntado qué es la adolescencia y el adulto se ha hecho la picha (el pene) un lío y ha puesto música navideña.

Cuento esto porque a mí las explicaciones idiotas me encantan, y por eso estoy entusiasmado con la petición de Miquel Roca de elevar el recurso de apelación de la infanta Cristina a la Audiencia de Palma, queriendo convencer al juez Castro de lo conveniente de respetar la normas jurídicas. Bien, es su trabajo como abogado intentar salvar a una clienta que se esconde detrás de lo que ya no es para evitar dejar ver lo que todos sabemos desde siempre y hacer pasar al juez como un cruel corruptor de las interpretaciones del ordenamiento jurídico.

En todo esto del adulto que asegura a un niño que Dios crea embriones y del abogado que quiere hacer ver que un proceso es irregular flota un integrismo frívolo que no necesita más arma que la interpretación de las normas para ejercer el totalitarismo. Como dice un amigo mío, ocurre también cuando los militares interpretan el artículo 8 de la Constitución, según el cual las Fuerzas Armadas tienen como misión defender la integridad territorial de España (gemido de placer) y por ello estarían dispuestas a intervenir en caso de un intento de independencia, pero se la sopla el ordenamiento constitucional si a los ciudadanos de pleno derecho nos arrebatan los Derechos contemplados en la Carta Magna.

Al final, todas estas cómodas interpretaciones acaban en el “¡Hola!” donde podemos asistir a las sinfonías que estos privilegiados intérpretes crean e interpretan y que las señoras pobretonas devoran en las peluquerías deseando ser la encantadora Ana Zacher, del brazo del fiscal de Palma, abriéndonos las puertas de su ático entre jamones y quesos deliciosos en un entorno decorado con sublime elegancia, apenas eclipsado por algún muerto por hepatitis.

Yo no sé qué más se puede decir de la infanta Cristina y en general de la Familia Real y de las interpretaciones jurídicas que se le dan a la Constitución que no se haya dicho ya. En cualquier sociedad mínimamente civilizada, para que nadie tuviera que arrepentirse de un arrebato innecesario del pueblo soberano (soberano según el artículo 1 de la Constitución), alguien debería haber cedido un paso. Al menos eso se decía de la llorada duquesa de Alba, en aquella imagen hipotética en la que se encontraba con la reina de Inglaterra a la entrada de un ascensor. Pero los privilegiados no ceden ni un centímetro y si es necesario se adelantan a ver si se cuelan antes que los demás. Cada milímetro que se les ha arrebatado ha tenido que pasar por los más altos tribunales, hasta llegar a los europeos cuando ya ninguno de los nuestros ha tenido clemencia con nosotros.

A los ilusos que esperen una revolución al estilo antiguo con sus víctimas y sus cabezas cortadas, que abandonen toda esperanza: nos aguarda algo mucho más aterrador, un futuro burocrático lleno de papeles que los funcionarios encargados de que marche la maquinaria de la democracia nunca podrán acabar de rellenar. Y para colmo de la tortura de Tántalo, encima de esa maquinaria, un señor contándonos quién se encarga de hacer nuestros embriones, a modo de recochineo, como si todos los embriones fueran iguales.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *