Ángel Vilarello, Deportes
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Levántate y anda

Por Ángel Vilarello

En un ataque de egocentrismo sin igual, me he propuesto emular el milagro de Lázaro y ponerles a andar. Disculpen mi falta de modales al colarme sin permiso en sus hogares e intentar removerles de ese sofá donde parece concentrarse toda la fuerza de la gravedad del planeta. Ya sé que ustedes están compuestos por más de 200 huesos, unos 600 músculos, alrededor de 200.000 kilómetros de venas y más de 100 billones de células. Y claro, coordinar semejante infraestructura humana y ponerla en movimiento cuesta lo suyo. Atrás quedarán absurdas excusas del tipo, hoy iba a salir a correr y se ha puesto a llover, tal vez Dios quiera decirme algo; esto es como mi doctrina religiosa, con media hora de misa a la semana es suficiente; no perdono la siesta, yo lucho por mis sueños…

Esta vez no entraré en discursos recurrentes acerca de los innegables beneficios a nivel físico, ni tan siquiera de otro tipo de bondades del ejercicio, tanto o más importantes, como son las de carácter psicológico. Si no está usted dispuesto a despegarse del mejor regalo que le han hecho nunca, la batamanta, tal vez no debiera seguir leyendo estas líneas. La cosa se va a poner seria.

El aforismo griego “mens sana in corpore sano” tenía en realidad una cierta connotación espiritual, que iba más allá del bienestar general que la Organización Mundial de la Salud utiliza para definir precisamente el concepto de salud. No obstante, nos hace ver como muchos siglos atrás, las antiguas civilizaciones ya eran conscientes de la importancia de la actividad física, a la que consideraban el mejor aliado para prevenir las enfermedades. Hoy en día, multitud de investigaciones de todo tipo han venido a confirmar lo que imaginaba la cultura griega. En los últimos años, se ha avanzado enormemente en el conocimiento de la estructura más compleja y fascinante conocida, el cerebro humano. Por ejemplo, ahora sabemos de la plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del cerebro de adaptarse y cambiar según el trabajo que realiza, algo impensable hace tan sólo unos pocos años. Además, por suerte, también hemos conocido que la ciencia se equivocaba al asegurar que el cerebro no podía crear nuevas conexiones neuronales a partir de cierta edad. Dicho esto, es muy probable que aún no se haya despertado en usted la necesidad imperiosa de hacer deporte. Sigamos.

Si nos comparamos con las antiguas civilizaciones, hay un cambio drástico que nos diferencia por completo, la esperanza de vida. En la época de la antigua Roma por ejemplo, la media apenas rondaba la treintena (algo más en las clases privilegiadas). Sin embargo, los infantes y adolescentes de hoy en día es muy probable que alcancen el siglo de vida, y usted, que está leyendo esto, casi seguro vivirá más de ochenta años. Y ahí comienza buena parte de nuestra necesidad imperiosa de hacer ejercicio, para mantener un cuerpo que genéticamente no está diseñado para sobrevivir tanto tiempo. Además, hasta hace muy poco tiempo, el ser humano dependía de su movimiento y trabajo físico en la vida diaria, pero los medios de transportes y el hecho de que muchos de nosotros pasemos varias horas sentados ante un ordenador han cambiado radicalmente nuestra forma de comportarnos y movernos. A modo de apunte, casi podríamos asegurar que nuestro trabajo sedentario nos está matando físicamente, derivando en problemas de columna, degeneración muscular, vista cansada, enfermedades coronarias y circulatorias, etc. Probablemente ya se esté usted planteando ponerse manos a la obra, pero por favor, no se distraiga ahora pensando en qué modelo de chándal va a comprarse. Lo que viene le hará saltar de su asiento.

En el futuro, los principales problemas de salud afectarán a nuestro cerebro. Enfermedades como el estrés, la ansiedad o la depresión serán las causantes de gran parte de las bajas laborales. En una población adulta cada vez más envejecida, dolencias como el alzheimer y otras demencias, o el parkinson serán habituales. Y usted a buen seguro soplará muchas velas, pero lo importante no es la cantidad, sino la calidad de vida que posea en ese momento.  Vaya, ahora probablemente haya aparecido una cierta expresión circunspecta en su cara. Tal y como se advertía, el tema iba a ponerse serio.

Afortunadamente, los últimos estudios nos han enseñado que tenemos a nuestro alcance la posibilidad de combatir y prevenir nuestro deterioro cerebral a través del ejercicio físico. Curiosamente, cuando estamos corriendo, nuestro cerebro está mucho más activo que cuando estamos sentados realizando una tarea de carácter más intelectual. Ya sé que por naturaleza somos reacios a los cambios, pero tal vez le anime lo que nos dice el neurólogo Carlos Tejero, y es que la rutina atrofia el cerebro. Así de claro.

Son muchas las ventajas que nos ofrece una actividad deportiva moderada y regular. Esta, unida a una alimentación equilibrada (ya hay estudios que relacionan el consumo de grasas trans con pérdidas de memoria), nos proporciona beneficios físicos de sobra conocidos, y nos aporta también mejoras a nivel psicológico de innegable valor. Todo ello ya ha convencido a muchos, pero ahora sabemos que también está en juego nuestra salud mental. Recientes estudios han demostrado como el ejercicio, incluso en personas de avanzada edad, es capaz de mejorar las puntuaciones en pruebas memorísticas, modifica el tamaño de la región cerebral asociada a la memoria y aumenta la agilidad mental. Incluso investigaciones con enfermos de Parkinson muestran mejoras significativas obtenidas a partir de entrenamientos de carácter aeróbico. Si con todo esto, ni siquiera se plantea desempolvar sus zapatillas de deporte, tal vez deba pensar en sus seres queridos, en aquellos que le rodean, en aquellos que estarán a su lado en la vejez ¿acaso no merece la pena cuidar su cerebro por ellos? ¿va a dejar que su cerebro se muera antes que usted?

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