Alaminos, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 22, Opinión
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Guillotina para Cristina

Por Juanma Velasco / Ilustración: Jorge Alaminos

Si la ocupación de determinados cargos políticos se limita a ocho años en algunas sociedades evolucionadas, incluso aquí en España se debate sobre la idoneidad de instaurar esa medida como hito político regenerador, ¿por qué un rey debe seguir siendo vitalicio? Más allá, ¿por qué una misma dinastía que fue impuesta con sangre desde un país ajeno, se mantiene, trescientos años después, en el vértice del poder patrio?

En 1700, cuando el vicio y la consanguinidad de los Habsburgo acabaron con su propia estirpe al morir sin heredero el Carlos II el Hechizado, dio comienzo una guerra sucesoria que acabó con las libertades territoriales de una forma drástica y entronizó a un francés que ni siquiera hablaba español, a Felipe V, como rey de todas las Españas. 1715 fue el año en que esa España adquirió una cohesión definitiva a fuerza de la fuerza. A partir de entonces, la represión y la dominancia fueron el común denominador que la élite borbónica impuso a un pueblo al que obligaron a postrarse ante un rey impuesto.

De Felipe V a Felipe VI, ambos inclusive, han transcurrido 13 reyes (dos de ellos, Pepe Botella y Amadeo de Saboya, breves como el invierno en Dubai, ajenos a la dinastía Borbón), dos Regencias, dos Repúblicas y una dictadura. Sumadas las intermitencias de las dos últimas modalidades de gobierno, 45 años, seis de República y 39 de dictadura, el resto sucesión dinástica, la borbónica (salvo los ocho años sumados de los dos monarcas intrusos y también foráneos), una sangre que se ha mantenido viciosa y viciada, corta por lo general de entendederas, y muy dada a procurarse placer y negocios a sí misma y los suyos.

Juan Carlos I de España, el que fuera el rey más campechano de todos los Borbones, según relatan los cronistas a sueldo de la sumisión, no fue sino un tipo gruñón, poco cualificado intelectualmente y un comisionista codicioso que antepuso su afán por enriquecerse a su amor a España. Su fortuna personal actual, a imagen y semejanza de cuantos dictadores se me acuden, es tan suculenta, y no sólo según el New York Times, que la sitúa alrededor de los 2.000 millones de euros, que puede permitirse yacer con todas las prostitutas de Manila cada día de los próximos doscientos años bisiestos.

Impuesto, por si faltara algo, por un dictador, sin haber sido ratificado por el pueblo, su reinado se fue poblando de grises fronterizos con el negro cuando el progreso, que no el gobierno,  puso a disposición de los ciudadanos herramientas favorecedoras de la libertad de expresión y ni siquiera el casco de embozado le sirvió al romano (otro que vino de fuera) para ocultar su rostro, su desvergüenza y su inclinación a los vicios de todos los sones y sabores.

Dentro de 24 años, cuando en 2039 se desclasifique la documentación sobre el 23F señalando al viejo rey como autor intelectual del golpe de estado, o cuando algún descendiente de Adolfo Suárez necesitado de guita haga públicos los documentos que sobre ese mismo accidente democrático guarda la familia en un banco suizo, el último y único episodio de grandeza que esgrimen demasiados para ensalzar su reinado, se desmoronará para estupefacción de los pocos nostálgicos de la Corona que para entonces queden en un contexto republicano o asambleario, quién sabe de lo que será capaz de brindarnos la evolución.

Con otro Borbón en el trono, un barbado vacío y grandilocuente en su oratoria, cuya principal virtud parece la de modular lento y ceremonioso, como si fuéramos tontos de oficio, el rediseñado vértice de la espadaña del poder sigue acomodándose a los que lo ejercen fácticamente, por igual al PP que un PSOE expectante por si tiene que entrar al relevo a finales de año. Una monarquía de baja intensidad, católica y borbónica, guardando las formas y tamaños, poniendo distancia con los figurantes del cuadro de Antonio López que si alguna vez constituyeron familia ya ni siquiera se molestan en aparentarlo.

Ese, el de la desintegración de una familia real que fue siempre ficticia puertas adentro,  es el auténtico banquillo al que se lleva enfrentando la infanta pija desde no sabemos cuánto, una retoña realmente espabilada que vio en Noos la salida para no tener que depender económicamente de los sobresueldos y los créditos de papá Juancar, porque acostumbrada a recibir los caprichos antes de solicitarlos, Cristina, la del infausto apellido, constituyó un frente común con su Iñaki para medrar dinásticamente y financiarse más allá de una Caixa que no le daba ni para hacerse la manicura.

Pero aunque la Corona ha podido sortear el episodio oscuro de una abdicación de urgencia y parece ahora estabilizada con la figura insular de Felipón VI, el resto del archipiélago Borbón sólo goza del afecto en el Hola y cuando los micrófonos institucionales están abiertos a la hipocresía de las declaraciones de aquellos a quienes les sigue conviniendo que un rey y una reina no se entrometan de más en la cocina de la patria.

El juicio de Cristina se asemeja a aquella estampa, quizá más romántica que cierta, de la Revolución Francesa de las mujeres haciendo punto en París mientras la guillotina sajaba cabezas azules. No temo equivocarme si pronostico que el populacho abucheará a los verdugos si no rueda la cabeza de una infanta exiliada y envejecida.

Juanma Velasco

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Jorge Alaminos

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