Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 22, Opinión
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Esa infanta

Por Javier Montón / Ilustración: Artsenal

Después de meternos con los políticos y con los árbitros cuando nuestro equipo pierde, ahora parece que los españoles nos hemos puesto de acuerdo en lanzar sapos y culebras contra la infanta. Siempre hacemos lo mismo: elegimos el objetivo más fácil en una suerte de gigantesco pimpampum en el que valen toda clase de invectivas, ya se dirijan hacia el marido de la hermana de Felipe VI, hacia su hijo o se adentren en la esfera laboral de la hija de don Juan Carlos. Lo mismo sirven comentarios, hechos contrastados, majaderías que cotilleos; todos estos ingredientes entran en el mismo saco y, bien mezclados, la mugrienta sustancia da de sobra para llenar tertulias, páginas de periódicos y debates televisivos. Lo que no le perdonan muchos ciudadanos a esta mujer es que trabaje y se gane la vida como todo hijo de vecino que se pueda ganar la vida en esta época en la que muchos hijos de vecino no se la pueden ganar. A pesar de su posición de privilegio, que le hubiera procurado una vida disoluta y de despreocupado dispendio, sin mayor afán que pasear, dormir la siesta y darle de comer al chihuahua –de vestirlo ya se ocuparía la chacha–, Su Alteza Real prefirió estudiar con el firme objetivo de convertirse en una mujer de provecho. Ya hace 28 primaveras que se diplomó en Educación General Básica, rama Filología Inglesa, y siete menos que obtuvo la licenciatura en Ciencias de la Educación. Con los estudios acabados y lo que pudo ahorrar dando sus primeras clases, la señorita Borbón decidió casarse. Como ser una mujer independiente no está reñido con estar chapado a la antigua, el compromiso se celebró en el palacio de La Zarzuela y el enlace, en el Altar Mayor de la catedral de Sevilla.

La pareja tuvo dos hijos, niño y niña. El primogénito dio la razón al refranero español (aquel de la casa del herrero y la cuchara de palo, que aunque parezca el título de una película porno es un refrán) y, al contrario que sus padres, no ha demostrado hasta la fecha un interés desbordante por los estudios. Le ha cogido, eso sí, gustillo al segundo curso de la ESO, cuyas mieles ha probado ya tres veces: los dos primeros intentos en Madrid y el tercero y quién sabe si definitivo, en el extranjero, pasando por un eterno verano de internamiento en Sigüenza, Guadalajara. Bien, el muchacho tiene 16 años y a este paso llegará calvo a la universidad, pero ¿quién no tiene un familiar poco espabilado al que quiere con locura? Más preocupante es su inclinación a disfrutar con las armas de fuego y su querencia a la autolesión. No hay mayor problema: el tema de las pistolas y balines se estudia en tercero, el mozo aún no lo ha dado.

Otro objetivo de la prensa ha sido el esposo de Su Alteza Real, que dejó de serlo en 2007. Es de sangre azul –¿y a cuántos de ustedes no les gustaría serlo?– y posee una elegante extravagancia que no se sabe muy bien si en realidad es una extravagante elegancia. El caso es que le gustan los fulares, los pantalones de cachemir, los tiros (igual que a su hijo) y cuando hace buen tiempo disfruta recorriendo Castellana arriba, Castellana abajo con su patinete eléctrico. ¿Alguna objeción? Sin ir más lejos, conozco a un concejal que se mueve a diario con su patinete, aunque de tracción animal, y al que yo votaría con los ojos cerrados pero la nariz despejada si viviese en su ciudad.

Repaso la vida de la infanta Elena y no encuentro el más mínimo escándalo ni un motivo para afear su conducta. Nada que se pueda comparar a su hermana. Aunque, ahora que me releo me doy cuenta: ¡me he equivocado de infanta! ¡Esta sí que es buena, lo cuento y no se lo creen! Como dicen que una es la guapa y la otra la lista y a mí me parecen las dos feas, siempre las confundo… Bueno, pues lo hecho, hecho está, no lo voy a cambiar. He llegado a las 50 líneas de Word que me pide mi jefe y ya he cumplido. Cuando la revista aborde el fin del embargo a Cuba ya hablaré de doña Cristina.

Javier Montón

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Artsenal

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