Artsenal, Fran Sevilla, Humor Gráfico, Número 22, Opinión
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El reflejo de Felipe González en el espejo de Pablo Iglesias

Por Fran Sevilla / Ilustración: Artsenal

Si hubo algo que caracterizó al cine de Luis Buñuel más allá de sus insertos surrealistas para mostrarnos un lado oculto de nuestro subconsciente, o de su forma de estrechar las fronteras entre el lenguaje de los sueños y el mundo real, eso fue sin duda su visión oscura y fatalista del ser humano. Puede que el siglo XX fuese un tiempo para creer en las utopías o en una idea de revolución, de que la unión de los hombres persiguiendo juntos un ideal de bondad podría alejar a occidente del sino trágico al que estaba abocado, pero nada más alejado de la concepción del mundo que tenía Buñuel. Si lo pensamos, el francotirador de Calanda que decidió sustituir el rifle por un tomavistas, tuvo que crecer en una España de hambre y de miseria, España de catetos, latifundistas y bisabuelos de las actuales generaciones del PP, una España que reflejaría de forma certera en ‘Las Hurdes, tierra sin pan’. Y cuando pudo vivir instalado en el sueño breve de que España, al fin, lograría situarse a la par del resto de Europa en cuanto a vanguardias, avances sociales y mientras jugueteaba a ser artista al lado de Lorca o Dalí, habría de llegar una Guerra Civil para hacer que se diera de bruces, de nuevo, contra la realidad inmutable del país. Huyendo a México para evitar la fosa común que aquí, o en cualquier otro lugar del mundo, los Patriotas han de reservar para todos aquellos intelectuales capaces de incomodar al sistema, contaminando a las masas con una visión libre y no maniquea de la realidad, y quizás si en el siglo XXI los Pasolinis ya no son asesinados en mitad de descampados con sus restos siendo devorados por los perros, sea porque el arte dejó de ser relevante, convirtiéndose en una industria desdibujada que persigue el ocio, alienta el consumo, nos venda los ojos con su dicotomía pueril entre bien y mal mientras en Juego de Tronos enanos con grandes pollas frecuentan burdeles, princesas idas practican el incesto a cuatro patas y zombies y dragones conviven con gorditos sacados de una Comic-Con, y acaso aquí, en París o en cualquier otro lugar del mundo tuviésemos que celebrar los asaltos armados por parte de integristas islámicos a la sede de Charlie Hebdo, las bombas puestas por fanáticos cristianos en el camerino de Leo Bassi, ya que el que la barbarie muestre sus colmillos ensangrentados a la inteligencia no es más que el síntoma de que algunos artistas siguen realizando bien su labor, que no es otra que asumir la idea de fosa común y silenciamiento mediante balas o censura institucional , partiendo lejos del refugio seguro de Ítaca, como haría Luis Buñuel exiliándose al país de los muertos, de los escritores sin rostro, de las cabezas cortadas, un México sin chupitos de tequila ni paisajes de postal que sólo Bolaño atisbó a descifrar en su monumental ‘2666’.

Y a pesar de la huida hacia adelante de Luis Buñuel y de su oposición brutal al franquismo, él nunca estuvo del lado del pueblo y en sus películas no existiría simbología política alguna, mucho menos de izquierdas. Pues su única obsesión fue cuantificar y mostrarnos el mal, todas aquellas sombras que habitan en el alma del hombre occidental, cultivadas al abrigo de varios siglos de religiones monoteístas, de ensalzamiento de la crueldad sanguinaria de Yahvé, vestigios europeos que habrían de convertirle a él mismo en un monstruo despiadado, en un hombre celoso y posesivo capaz de encerrar a su esposa en casa bajo llave, de despeñar cabras por acantilados, de envidiar la lujuria con que los obispos se deleitaban lavando los pies de efebos en la sacristía. No, Luis Buñuel no estaba del lado del pueblo ni mucho menos del necesitado, su cine nos enseñaba que entre aquellos que subsisten en mitad del hambre y la pobreza, en esa tierra baldía llena de miseria, lo único que podía crecer era la mezquindad. Para el recuerdo queda aquella recreación grotesca de la última cena en ‘Viridiana’, donde una aspirante a monja incapaz de poner freno a sus pulsiones sexuales invita a un grupo de mendigos a sentarse en su mesa, en base al ideal egoísta de caridad cristiana, ayudar a los demás para ensalzarnos a nosotros mismos moralmente. Todo deriva hacia el desastre mientras esas bestias que el propio hombre transformó en bestias roban sus objetos de valor, regurgitan alimentos, posan sus manos en sus nalgas, se golpean entre ellos por los restos de un último pedazo de carne. Pues Buñuel sabía que la pobreza y la exclusión social no podían generar otra cosa que no fuesen animales hambrientos dispuestos a devorar al que está arriba, y que el instinto de supervivencia hará aflorar siempre lo peor en el corazón humano.

Y cuando Buñuel filma su visión neorrealista del México de la gente hacinada en guetos y de la podredumbre, nada en ‘Los olvidados’ parece mirar ya hacia el cine de Rossellini y aquella poética de la luz salpicando los rostros de gente humilde, italianos hermosos de piel aceitunada. Dando paso a desharrapados con dentaduras podridas y a ciegos que precisamente por tener una minusvalía en una sociedad que obliga a la supervivencia, son más despiadados que nadie, convirtiéndose en violadores de niñas a las que desnudan, sentándolas en sus rodillas, mientras ríen entre carcajadas que resuenan en la noche.

Teniendo en cuenta esa visión que tenía de las clases más desfavorecidas, ¿qué podría pensar Buñuel de la que tradicionalmente ha sido en occidente la más abyecta de las clases, la verdadera encarnación del mal entendiendo el mal como algo que es inseparable de la inteligencia? ¿qué podría pensar Buñuel de la casta de los políticos, de esas criaturas diabólicas capaces de manipular mediante el lenguaje a los demás, de trastocar y pervertir ideales en base a su propia subsistencia en un escalón elevado de la pirámide social, súcubos que se alimentan de los sueños y aspiraciones de los hombres?

Existe una película donde podemos conocer esa visión de Buñuel de la política, ‘Los olvidados’. También conocida como ‘La fiebre sube al Pao’. En ella, el director que puso la navaja en el ojo del siglo XX, nos mostraba una dictadura en una isla. Gobernada por un presidente déspota y cruel, cuyo nombre es indistinto, pero al que podríamos llamar Mariano Rajoy. Que era incapaz de inmutarse ante el sufrimiento del pueblo sobre el que gobernaba, daba igual si familias enteras eran desahuciadas, siempre y cuando él y los que estaban en política para enriquecerse, usando palabras de Zaplana, pudiesen vivir en mansiones coloniales con vistas a la selva tropical. Pero entre todo ese séquito de reptiles que circundaban al presidente, había un político honesto, un único político honesto. Un secretario que soñaba con cambiar el orden establecido de las cosas. Si algún día gobernara él, no habría más injusticias en esa isla, se decía cada mañana a sí mismo frente al espejo.

Cuando el dictador de la isla muere, este secretario general, único político justo entre esa manada de carroñeros, hará todo lo posible para alcanzar el poder. Ya que como todo político, sabe bien que no existe un solo ideal más importante en política que la propia consecución del poder. Pues piensa que sólo a través de la obtención de ese poder podrá ver realizados esos ideales de justicia e igualdad en los que realmente cree. Pero Buñuel, al igual que nosotros, sabe que para alcanzar el poder en un partido y acabar gobernando un país, un candidato presidencial debe luchar contra un montón de alimañas en forma de políticos, empresarios con intereses ocultos, burócratas, teniendo además que sobrevivir y salir airoso de entrevistas en La noche en 24 horas, evitando colocar la cabeza de Alfonso Rojo colgando de un campanario, a modo de plano homenaje a ‘Tristana’. Que para alcanzar el poder uno debe destruir a sus rivales, tanto dentro como fuera del partido, estableciendo al mismo tiempo pactos y alianzas tácticas con diablos de pelo engominado que te regalan vajillas por domiciliar tus cuentas, ofreciéndote a continuación planes de pensiones privados.

El secretario de esta película, cuyo nombre es indistinto, pero al que podríamos llamar Pablo Iglesias, alcanzaría finalmente el poder. Convirtiéndose en el nuevo presidente de la isla. Pero para poder llegar el primero a la línea de meta, tuvo que comportarse como sólo se comportan los políticos y algunas formas de vida parasitarias y muy infecciosas en la naturaleza. Es decir, dejando morir por el camino todo aquel ideal que no fuese la propia consecución del poder. Mientras hacía sórdidos pactos con empresarios como Roures, dueño de los derechos de emisión del fútbol en la isla. El protagonista de ‘Los olvidados’ acabará cometiendo asesinatos, dando de lado a sus seres queridos y traicionando a sus aliados al cambiar la estructura horizontal del partido por una vertical. Sacrificará cualquier resto de humanidad en pos de alcanzar un sueño político que poco a poco, se irá tornando en pesadilla. Triunfando en la consecución de sus objetivos, pues la idea de triunfo es algo que define al capitalismo mucho mejor de lo que pueda hacerlo el propio dinero.

Pero en vez de mostrarnos ese triunfo a modo de celebración eufórica o como un éxito loable, Buñuel optará simplemente por colocar la cámara frente a él en un plano secuencia final. Donde veremos a Pablo Iglesias caminar solitario, taciturno, mientras la fotografía del film realza las sombras en un climax final que servirá de catarsis a ese proceso de degeneración y barbarie. Mostrándonos, con ello, el triunfo inefable del mal. Porque si nuestro antaño secretario general, ahora presidente, se situara frente a un espejo, éste ya no le devolverá aquel brillo de ilusión en su mirada, más propio de la juventud, mismo brillo de ilusión que existía en la mirada de todos aquellos otros jóvenes que reunidos en una plaza creyeron que haciendo malabares podrían cambiar el mundo sin mancharse los dedos de pólvora. El espejo está devolviendo ahora a Pablo Iglesias una imagen suya que ya no es capaz de reconocer. O lo peor de todo, sí que la reconoce. Claro que la reconoce. Pues esa imagen que le devuelve el espejo, en realidad es la de Felipe González. Y Mariano Rajoy en realidad era y sigue siendo Franco. Y las coletas no son más que una reinvención moderna de la chaqueta de pana ochentera.

Fran Sevilla

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Artsenal

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