Juanma Velasco, Número 23, Opinión
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El rayo terrorista que no cesa

Por Juanma Velasco / Ilustración: Gatoto

Para los humanos occidentales, incluso para los que hemos descendido a segunda como los españoles, el riesgo de morir en un atentado terrorista con orígenes islámicos es inferior al de fallecer alcanzado por un rayo. He escrito es y tal vez hubiera debido escribir era, antiguamente era. O no, porque no hay que permitirse, por mucho que impresionen las muertes recientes en casa del vecino, elevar a categoría los recientes atentados con trasfondo islamista que, sin constituir una anécdota, sí forman parte de la naturaleza desviada de algunos especímenes de la condición humana que entienden que la religión es fin y no itinerario.

No obstante, qué dispersión de cifras cuando median las estadísticas. Las que conciernen a los casos de electrocución por rayo, como todas, son dispares, y fragmentarias, y varían de un país a otro, en ocasiones abruptamente, sin otro motivo que la fuente. Una web arroja el dato de que en EEUU la media de fallecidos ronda los 87 anuales mientras que otra contabiliza para España 1’6 muertos por millón y año por electrocución por rayo, con lo que el total anual de decesos rondaría los 70 para una población, la española, siete veces menor que la de EEUU. Algo, mucho no encaja numéricamente. Si al final tendrá razón Churchill cuando decía que él únicamente se fiaba de las estadísticas que él mismo manipulaba.

De los muertos de ciudadanos de países occidentales por atentados con orígenes integristas islámicos no me he atrevido ni a buscar información ni menos a elucubrar porque es un asunto demasiado hondo como para frivolizar sobre él. ¿Computarían los soldados muertos en Afganistán, los hombres de negocios asesinados en Irak o sólo los ocurridos en suelo, precisamente, occidental? Confusión. Numérica, etiológica, metafísica.

Llegado a esta altura no sé qué rama de la divagación escoger. Si tomo los casi tres mil muertos ocurridos en las Torres Gemelas en 2001, el número, por sí mismo, compensa los muertos por rayo de más de treinta años en USA. Aunque si ese atentado lo separo como un hecho aislado, el balance es favorable al de los fallecidos por rayo. Y ocurre otro tanto en España si hacemos uso de los fallecidos en el 11M o los desestimamos para la comparativa.

En cualquiera de los casos si a ti, españolito medio, más católico que practicante, más reacio con los moros que con los de Burgos, precario y ocupado en lo tuyo, en trabajar cada día más en régimen de semiesclavitud si no eres emprendedor de los de lanza en astillero, para que le cuadren las cifras del paro al PP, te formulan la pregunta “¿A quién temes más, a los rayos o a los yihadistas?”, el resultado del referéndum no está del todo claro. Ni del todo ni de la parte.

Yo, que no suelo ser temeroso salvo con la enfermedad, sigo respetando físicamente más a los rayos que a los integristas islámicos. Pero la respuesta colectiva se presenta incierta porque el miedo es, en esencia, un estado mental abstracto, inclasificable, diverso en su intensidad según individuos, pueblos o etnias. La existencia de los mecanismos neuroquímicos que desencadenan el miedo es de lo que se valen los déspotas para imponer sus credos. En el caso del Islam, sus estrategas más fundamentalistas, aquellos que se inclinan por dejar en manos de su ala más violenta su expansión, han conseguido exportar, exportarnos, la imagen de Alá como un dios justiciero y reluctante cuando los exégetas pacifistas del Corán lo presentan como una deidad conciliadora y benigna.

Seguimos, cuanto menos sigo, instalados en la confusión. Si esa facción del Islam sigue abonada a la venganza y la barbarie para colonizar voluntades religiosas por la fuerza, no ya mi miedo pero sí mi sentido de la protección se multiplica por la constante derivada del eco de atentados como el más reciente de París, o el de las razzias de Boko Haram en Nigeria, o el de la saña con la que se produce el Estado Islámico en su chantaje a Occidente. Y si bien es cierto que antes me seguiré resguardando de los rayos que de los musulmanes ceñudos, mis medidas de protección, las que yo mismo tomo más allá de los arcos de los aeropuertos y los registros de mochilas en las estaciones, también se han incrementado exponencialmente porque si tuviera economía para hacerlo, dudaría si viajar a Egipto o a Jordania, por ejemplificar con destinos supuesta y actualmente libres de terrorismo islámico, y ni por asomo recalaría en Yemen, en Irak, en el Norte de Nigeria, en Níger, en Mali, en el Chad, lugares todos ellos sin duda atractivos para saborear sin el blindaje del miedo o del porsiacaso.

No soy creyente, niego y reniego de cualquier dios, en su nombre han asesinado hasta la náusea cristianos, musulmanes y judíos, por su preponderancia y lo siguen haciendo demasiados. Un dios no es sino un mito sagrado perpetuado en el tiempo erigido en su día por una élite de hombres. Y como todo mito se desdibuja cuando uno se aproxima demasiado. En cambio como sí creo en la Física, en sus leyes, como uno de los ejes rectores del universo, seguiré evitando los árboles solitarios si me pilla una tormenta a la intemperie.

Juanma Velasco

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Gatoto

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