Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 23, Opinión
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El radicalismo destruye vidas, destruye cultura

Por Carmen Fernández / Viñeta: LaRataGris

El fanatismo religioso tiene como base una interpretación extrema de los textos sagrados, un desconocimiento o el uso malintencionado de los símbolos que aparecen en ellos, de la época en la que fueron escritos y de los géneros literarios que utilizan. Extraer de su contexto histórico la Biblia, el Corán, La Torá, los Vedas o los Upanishad y aplicar de forma literal sus enseñanzas no tendría mayor importancia si ello se concretizase en una comunidad alejada del infierno del progreso y que se dedicara a la observancia de sus leyes, a la manera de los amish, pero esto rara vez ocurre así. Si a la fuerza místico-taumatúrgica de una religión se le une el poder político, el resultado es el dominio, un estado del terror para quienes son diferentes, para el extranjero, el infiel, el otro. El precio son vidas, libertades, derechos y una condena al olvido para cualquier cultura alejada de los preceptos impuestos.

El terrorismo yihadista está borrando no solo la Historia de otros pueblos sino parte de su propia Historia, de su saber, de su pasado, y ese patrimonio es ya irreemplazable. La educación y la cultura son las que generan el progreso y sin eso es imposible exigir  ninguna conducta moral. Los tres años de guerra en Siria han supuesto la destrucción de cerca de trescientos sitios de un valor incalculable para la humanidad. La tierra que acogió a tantas civilizaciones y fue epicentro de tesoros romanos, bizantinos, griegos, persas, hititas, o arameos, ha perdido miles de años en cultura. Son los estragos de las bombas y tiroteos, pero también de la llamada “limpieza cultural”, una damnatio memoriae (condena a la memoria) llevada a cambo por el Estado Islámico que ha acabado con mausoleos sufís (una rama del Islam considerada herejía por los fundamentalistas), estatuas asirias, o la ciudad de Doura Europos antaño conocida como “la Pompeya del desierto” destrozada por los actos vandálicos y los saqueos. La lista de pérdidas es demasiado larga. En Irak, el panorama es similar, los directores de museos han denunciado que la tumba del profeta Jonás ha saltado por los aires, que palacios asirios han sido demolidos, y han desaparecido esculturas religiosas y monumentos en Mosul. Además, los yihadistas saquean sus propios tesoros pues se financian con el contrabando de obras de arte. En la ciudad histórica de Tombuctú, es sangrante lo que Al Qaeda y otros grupos radicales islamistas han destruido de la cultura y el saber de sus antiguos habitantes a pesar de ser también musulmanes, porque según su rigorista interpretación de la sharía estos testimonios eran haram (pecado) y ofendían a Alá. ¿Cómo se recupera la memoria de un pueblo?

Los Budas de Bamiyán se convirtieron en iconos y pétreos mártires del sinsentido. Los dos colosos del siglo V esculpidos en la roca y que sobrevivieron un milenio y medio fueron sin embargo demolidos en el 2001 por los talibanes. Dinamita y tanques disparando la pacífica piedra. Quedaron los nichos heridos de la montaña y los fragmentos desmembrados por el suelo. Por mucho que se proyecte su reconstrucción, nada será igual. El mundo de los extremistas no entiende de pasado, de patrimonio cultural, de historia de los pueblos, de la riqueza del saber.

Pero antes de cometer la injusticia de conferir a los seguidores del Profeta más rigoristas toda responsabilidad por los estragos que ha hecho la ignorancia y el radicalismo en la cultura, permítaseme solo algunos ejemplos que han supuesto la pérdida irreparable de parte de nuestra Historia. En el antiguo Egipto, Akenatón, en su deseo de implantar el monoteísmo mandó destruir las imágenes de otros dioses ganándose con ello el odio de los sacerdotes, y tras su reinado sus efigies sufrieron la misma suerte, el rostro del faraón fue destrozado en relieves y esculturas, las manos cortadas, y se persiguió con saña para que no quedara rastro de su memoria. Lo mismo ocurría en Roma, se borraba todo recuerdo de aquel que se consideraba enemigo del Estado. Con la religión católica desaparecieron muchos e irreemplazables objetos valiosos a lo largo de los siglos. En la conocida como querella iconoclasta que parte de una interpretación literal de los Diez Mandamientos que prohíben la veneración de imágenes talladas, los defensores del aniconismo se enfrentaron con los iconódulos que veneraban las representaciones religiosas y ambos grupos protagonizaron cruentas luchas y la destrucción de numerosas obras de arte. Un episodio especialmente doloroso fue la conquista de Constantinopla en la Cuarta Cruzada donde la ciudad fue saqueada durante varios días por los cruzados, o el Sacco di Roma donde las tropas de Carlos I sometieron a la ciudad eterna al pillaje y el terror. En el s. XV, durante las hogueras de vanidades que celebraba Savonarola se llegaron a quemar muchos objetos valiosos incluidos varios lienzos mitológicos de Botticelli. Y muchos más ejemplos.

A menudo aludimos a la Edad Media como una época oscura y siniestra pero entre los siglos XI y XIII vivimos en España un período donde coexistieron tres grandes culturas en relativa armonía y respeto. Sinagogas, mezquitas e iglesias poblaban el suelo andaluz. Quizás es hora de romper con los prejuicios y de buscar en el pasado los momentos más ejemplarizantes para aprender de ellos. Y quizás sea la Mezquita de Córdoba el mejor símbolo que tenemos de la tolerancia y el respeto entre culturas.

Carmen Fernández

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