Editoriales, Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 22
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El bochorno del caso Noos

Ilustración: Luis Sánchez

Editorial

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Viernes, 9 de enero de 2015. A finales del pasado año, el juez Castro decidía sentar en el banquillo a la infanta Cristina por graves delitos de corrupción supuestamente cometidos, junto a su marido, el duque de Palma, en el transcurso de las actividades del Instituto Noos. El auto del juez Castro no solo ha supuesto un hecho inédito en la historia de España (es la primera vez que un magistrado se atreve a procesar a un miembro de la realeza) sino que pone en el disparadero a la Casa Real y agudiza, aún más si cabe, el debate entre monarquía y república que permanece abierto en España en los últimos años. La fotografía de la Infanta Cristina, publicada en todos los diarios del mundo, bajando por la cuesta de los juzgados de Palma para declarar durante la fase de instrucción, ya supuso un serio varapalo para la imagen de la Zarzuela, pero es que ahora el daño a la institución es mucho más grave y terrible, ya que la princesa tendrá que sentarse en el banquillo de los acusados, como un reo más. La primera consecuencia de esta extraña situación no puede ser más que una: la inmediata renuncia de la infanta Cristina a todos sus derechos dinásticos (incluidos los de sus herederos), no solo por el bien de la Casa Real, sino por el bien de España, que ha visto seriamente perjudicada su imagen en los cinco continentes. Sin embargo, lejos de dimitir de todos sus privilegios, Cristina se ha mantenido en sus trece al seguir considerándose legítima heredera al trono de España, mostrando en todo momento un apoyo incondicional y sin fisuras a su esposo, Iñaki Urdangarín, primer y último responsable del escándalo político como artífice máximo de los desmanes y chanchullos financieros en los que ha incurrido el Instituto Noos. Con ser desasosegante la actitud empecinada de la infanta, aún lo es más la de su hermano, el rey Felipe VI, cuya primera medida tras su reciente entronación debería haber sido dar un castigo ejemplar a la princesa, sin contemplaciones, y obligarla a renunciar a tales derechos dinásticos, cumpliendo de esta manera la promesa de seguir avanzando en la transparencia de la Corona. Un castigo duro y difícil que no es plato de buen gusto para nadie, sin duda, porque a fin de cuentas un hermano es un hermano, pero la responsabilidad de un rey para con su país debería estar por encima de los sentimientos y las emociones familiares. ¿Acaso no apelaron los reyes de todas las épocas, dinastías y países, a lo largo de la Historia, a la pesada carga que supone tener que hacer frente a las obligaciones del reinado anteponiendo los intereses del pueblo a los intereses personales? Pues ha llegado la hora de que Felipe VI asuma esa difícil tarea de reinar tomando medidas que pueden resultar dolorosas, como despojar a su propia hermana de sus derechos reales. Millones de españoles se sentaron frente al televisor la pasada Nochebuena con la sana intención de ver cómo su nuevo rey se refería explícitamente al caso de corrupción que ha manchado a la Casa Real, con el ánimo de ver cómo su rey se mostraba implacable con el comportamiento impropio, cuando no bochornoso, de su hermana y de su cuñado el duque de Palma. No sabemos si la decisión de no referirse abiertamente al caso Noos fue cosa suya o de los asesores de Zarzuela. En cualquier caso fue un error de bulto tratar de pasar de puntillas por el escándalo al incluirlo tácitamente en la referencia que hizo durante el bloque general dedicado a la corrupción en España. Hubiera sido deseable y necesaria la condena clara y taxativa de Felipe VI respecto al comportamiento de la infanta y aún más deseable que hubiera anunciado su decisión inequívoca de despojarla de todos sus derechos sucesorios. Ésa habría sido la actitud atinada de un rey que pretende seguir granjeándose el respeto de su pueblo. Ésa habría sido la decisión valiente de un monarca que reina en su Reino por encima de cuestiones familiares o personales. Mucho nos tememos que fue una oportunidad de oro perdida. Ante este silencio del monarca, la ciudadanía puede seguir pensando, y con razón, que la Casa Real sigue dando amparo y cobertura a la procesada Cristina, cuando en realidad lo que se merece la infanta es un castigo público y ejemplar con todas las de la ley. Es vox populi que el Rey Juan Carlos le ha dicho a su hijo Felipe VI: dedícate a reinar que yo me ocuparé de Cristina; a fin de cuentas es mi hija. Sin embargo, hasta el momento nada parece moverse en el Palacio de la Zarzuela, a pesar de que el tiempo juega en su contra, ya que cuanto más tiempo pasa más se pudre la situación. Si la Monarquía pretende adaptarse a los nuevos tiempos, a estos tiempos de crisis económica e institucional, si busca restañar la imagen degradada que de ella tienen hoy los españoles (la credibilidad y popularidad de la institución está en sus niveles más bajos desde la instauración de la democracia) si quiere dejar atrás la concepción vieja y anacrónica para adaptarse a los nuevos tiempos y seguir manteniéndose en el poder es hora de tomar decisiones difíciles, audaces, necesarias. 2015 será el año en que previsiblemente la infanta Cristina se siente en el banquillo de los rufianes para responder de graves delitos fiscales. Para entonces, Felipe VI deberá haber tomado la decisión más dolorosa de su vida: hacer dimitir a su propia hermana de sus derechos dinásticos. La posibilidad de una princesa condenada por corrupción que mantenga intactas sus posibilidades de reinar algún día, siquiera de rebote, sería un espectáculo de muy difícil digestión para un pueblo que en los últimos años ya ha visto demasiadas tropelías.

Luis Sánchez

Luis Sánchez

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