Editoriales, Número 23
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Editorial: Éramos tan libres

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Editorial

Ilustraciones: Luis Sánchez. Viernes, 23 de enero de 2015

Los últimos atentados de París han dejado importantes secuelas psicológicas en la población francesa. El consumo de ansiolíticos se ha disparado un 30 por ciento, cuatro ciudadanos de cada diez considera que se deben dejar de publicar caricaturas de Mahoma para evitar nuevos atentados y el Gobierno ha incrementado las medidas de seguridad, en muchas ocasiones a costa de cercenar las libertades públicas, eso sin contar que la oleada de islamofobia se extiende por todo el país, principalmente alentada desde partidos políticos de ultraderecha como el que lidera Marine Le Pen. Sin duda, dos semanas después de la tragedia en Charlie Hebdo, ya podemos decir que los terroristas han ganado la primera batalla. Los ministros de interior de la UE han acordado restringir el tratado Schengen para controlar el libre desplazamiento de ciudadanos por el territorio europeo. Es una respuesta muy parecida a la registrada tras los terribles atentados del 11S en Nueva York y el 11M de Madrid. El miedo en seres humanos es un mecanismo biológico provocado por la incertidumbre de no saber a qué clase de amenaza nos enfrentamos y qué nos puede pasar dentro de cinco minutos.

El consumo de ansiolíticos se ha disparado un 30 por ciento tras los atentados de París

Las sociedades occidentales se blindan para hacer frente al peor de los escenarios posibles: un ejército de yihadistas, entrenados y curtidos en Siria e Irak, está entrando ya en nuestras fronteras con la única intención de matar al mayor número posible de ciudadanos. Sembrar el terror, terminar con nuestro modo de vida basado en las libertades e imponer la fe del profeta es su único objetivo. Cada vez que escribamos sobre este complejo asunto tenemos que esforzarnos por dejar claro que no se puede ni se debe confundir a la comunidad musulmana que vive y trabaja en Europa honradamente, cientos de miles de ciudadanos perfectamente integrados en nuestras sociedades, con una minoría de yihadistas enloquecidos que tratan de llevar el caos a Occidente. Y también tenemos que aclarar que el islam bien entendido es una fe de paz y solidaridad que, como el cristianismo, el judaísmo y el budismo o el hinduismo, pueden ayudar a reconfortar al ser humano en su existencia cotidiana. Pero de ninguna manera debemos permitir que el miedo, el terror que tratan de imprimir los fundamentalistas religiosos, condicione ni paralice nuestras vidas.

En primer lugar debemos exigir a nuestros gobiernos que nos protejan ante la amenaza yihadista, incrementando la seguridad en fronteras y puntos sensibles y reforzando los cuerpos policiales, pero siempre garantizando que nuestros derechos civiles sigan manteniéndose intactos. La excusa del terror no puede ser esgrimida como argumento para recortar, reducir, limitar o mermar libertades que nos costó siglos de lucha conseguir. Y la tentación de nuestros gobiernos es fuerte en este sentido. De ninguna manera se puede someter al ciudadano al chantaje de ponerlo ante la tesitura de elegir entre su seguridad y sus derechos constitucionales. La Ley Patriota (Patriot Act), fue promulgada en Estados Unidos el 26 de octubre de 2001, poco después de los atentados del 11S contra las Torres Gemelas. Fue aprobada por una abrumadora mayoría tanto por la Cámara de Representantes como por el Senado estadounidense y sin embargo ha sido criticada por muchos detractores y defensores de los derechos civiles, ya que supone intromisiones ilegítimas en las comunicaciones de los ciudadanos. Fueron los riesgos de legislar en caliente. Está muy bien que los líderes de la UE se reúnan para abordar un asunto tan importante como hacer frente a la nueva guerra del siglo XXI, que nos quieren imponer los violentos dentro de nuestras propias fronteras. Pero las medidas que salgan de estas reuniones deberían contar siempre con el beneplácito de los ciudadanos. No estaría de más someter leyes tan restrictivas a referéndum, para que sea la población la que decida en última instancia si está dispuesta a renunciar a una cuota de libertad en favor de la seguridad.

No estaría de más someter leyes tan restrictivas a referéndum, para que decida la población

Mientras los políticos y los expertos de los países miembros debaten sobre cuáles son las medidas que debemos adoptar, la población europea trata de recuperarse del shock traumático que ha supuesto tener que asistir por televisión (una vez más el horror televisado) a las cruentas escenas en directo de los asesinatos perpetrados por los integristas. Tan brutal ha sido para el espectador ver cómo un terrorista remataba en el suelo a un agente herido como contemplar a una unidad de elite de la policía acribillando a balazos a Amedy Coulibaly, el terrorista que sembró el terror en un supermercado judío de Porte de Vincennes. En ambos casos la violencia se ha impuesto a la razón, se han roto todas las reglas de juego civilizado, y ya solo queda la ley de la selva. O me matas tú o te mato yo, ése es el dilema. Es obvio que la Policía no puede pretender capturar vivo a un terrorista suicida con un cinturón de explosivos adosado a su cuerpo para ponerlo a disposición judicial con el Código Penal en la mano y que no puede actuar más que de una sola manera: eliminando a los asesinos cuanto antes para evitar que sigan matando. Con ser la única solución posible en estos casos, no deja de ser una dialéctica macabra. Llegados a este punto, el ser humano ha cruzado una terrible frontera: la de dejar aparcados los principios y valores humanistas para adentrarnos en la guerra, en la ley del más fuerte. Y ésa, sin duda, es otra gran victoria de los terroristas que han conseguido imponernos sus reglas del juego. El miedo y la violencia se han instalado en la sociedad europea y nos hacen mirar atrás, con nostalgia, otros tiempos pasados en los que enarbolábamos nuestros principios humanistas. Aquellos tiempos en los que, sin saberlo, éramos más libres.

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Luis Sánchez

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