Cipriano Torres, Relatos cortos
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Detrás de la niebla

Ilustración: “Los asesinados”, de Luna Xatli

Un relato de Cipriano Torres

Capítulo 1

 

Nada hacía presagiar que la repentina lluvia, tan inesperada en aquella época del año como inusual en la zona, se convirtiera en la señal que nadie, por entonces, supo interpretar. Llegaron al pueblo como siempre llegaban a otros lugares, convencidos de que en unas horas tendrían la declaración de más impacto y el desgarrador lamento de la viuda con los testimonios de los vecinos asegurando que se trataba de una familia “normal”. El equipo de reporteros era joven y dinámico. Pendientes del teléfono, el aparato celular era un miembro más de su organismo. Él, un chico de treinta años que parecía dormir cuando se colocaba la cámara sobre el hombro porque entornaba los ojos con la desgana del fatigado crónico y permanecía mudo y ausente mientras grababa. Y ella, una chica casi eléctrica acostumbrada a disimular su juventud con la audaz iniciativa de quien piensa que una reportera tiene derecho a burlar las normas de la educación para conseguir su propósito. Ambos se regían por una ley básica, no escrita pero conocida. Primero graba y después pregunta si se puede grabar. Primero mete el micrófono, y después ya veremos. Los dos estaban acostumbrados a resultados eficaces en el menor tiempo posible. Entrarían en la casa, graba ya, graba ya, diría la reportera en el instante en que alguien permitiera pasar adentro, y llegarían al lugar exacto en que el cuerpo del hombre se derrumbó con el cuchillo clavado en el corazón, un sofá empapado aún con su sangre. Señora, siéntese ahí, le sugerirían sin alternativa a la mujer tratando de recoger su erizada reacción, ese dolor tan televisivo de compartir el mismo escenario en el que un ser querido agonizó tan sólo hacía unas horas, quizá las preguntas de la joven guiaran su mano hasta las manchas rojas, casi obligándola a acariciarlas con sus dedos y llenárselas con la sangre por la que lloraba. La dirección del programa les advirtió de que apenas habría tiempo de montar el reportaje porque esa misma noche, casi tal como llegara al estudio, se emitiría en directo. El valor testimonial de la exclusiva, la conmoción que causaría en la audiencia y los millones de espectadores adicionales que lograrían justificaban los posibles fallos de edición.

Una llamada a la redacción puso en marcha una maquinaria siempre lista para acudir a cualquier punto del país en donde la vida reventara en sus vertientes más humanas. Odios, celos, revanchas familiares, violaciones, mezquinas trifulcas entre vecinos, disparos a muerte por un trozo de tierra disputada desde antiguo, asesinatos misteriosos en lugares remotos en los que en apariencia no existe justificación ni se puede señalar con el dedo al criminal, como si de pronto un hombre, en mitad del campo, surgiera de los matorrales avanzando con los brazos extendidos, fantasmales, sin fuerzas para gritar, paralizado por la certeza de su muerte inminente, llevándose a veces la mano a la espalda tratando de arrancarse la hoja de acero que le impide respirar, inclinada como una banderilla que roza el corazón, un hombre que se dirige a su casa con la esperanza del animal herido en busca de refugio y protección, haciendo esfuerzos por no ceder a su propio miedo y rendirse en mitad de la era frente a su puerta o caer agotado en la tumba seca de la acequia próxima y ser pasto de alimañas, nadie, nadie lo acompañaba, no se oían voces en la finca ni pasos huyendo del lugar ni motores de vehículos perdiéndose entre los olivares ni nubes de polvo en los senderos de tierra, nadie, un lugar solitario por el que un hombre tambaleándose logró llegar a su casa justo en el momento en que yo pasaba por allí sin saber muy bien qué hacer, di voces llamando a alguien de la casa, sujeté al hombre por los brazos hasta llevarlo al comedor y lo tendí boca abajo, grité con desesperación, traté de animarlo con palabras que jamás había pronunciado por su inusitada dulzura, como si frente a mí no tuviera a un muerto que aún respiraba con dificultad de pozo sino a un bebé que me miraba sin comprender el mundo que lo rodeaba, busqué un teléfono apartándome un instante de aquel cuerpo agotado para llamar al ayuntamiento del pueblo, pero en unos minutos que se convirtieron en una terrible confirmación supe que no había, que la única opción era salir de allí, asegurarle que volvería con ayuda, y dirigirme al pueblo para que una ambulancia lo trasladara al hospital sin saber que aún sería testigo de una escena que me dejó sin aliento, pegado al quicio de la puerta, sin haber echado el pie a la calle, como si viviera una alucinación al ver a ocho o nueve personas más, no sé, imposible detenerse en detalles, ensangrentadas, niños, mujeres, hombres y muchachos sin edad definida con la cabeza abierta, las vísceras como flores gigantes saliendo de sus cuerpos tirados en el suelo, echados como fardos al borde de la acequia, arrodillados junto al pilón de los mulos con los brazos metidos en el agua, teñida de un rojo turbio sobre el que flotaban hojas e insectos, otros cuerpos entrelazados formando una mole de carne inerte, una escena irreal, lo más parecido a una plaga tan sanguinaria como inexplicable, sí, eso es lo que acabo de ver, y los llamo a ustedes porque me parece que su programa podría tratar de esclarecer unos hechos que a mí se me escapan, es lo que acabo de contarle a la guardia civil del pueblo, que ya está en camino junto a varias ambulancias y médicos, no, no he llamado a ninguna otra cadena ni en el pueblo ha dado tiempo a que la noticia se propague, ustedes son los primeros.

En la redacción se vivieron momentos de excitación cuando el testigo colgó el teléfono, después de explicar con exactitud cómo llegar al pueblo, y comprometerse a esperar a los reporteros para acompañarlos a la finca sin alarmar a los vecinos con una noticia que correría de redacción en redacción al instante, reventando una primicia informativa que esa misma noche daría la vuelta al mundo y conmocionaría a la audiencia del programa, una de las apuestas de la cadena para la noche, un programa de larga duración diseñado para el perfil profesional de su presentadora. La presentadora había demostrado hasta aquella noche un olfato natural para saber cuándo sacaría adelante un gran programa sin recurrir a estrategias de exagerada afectación. Esta noche, cuando tuviera la certeza de que la cinta con el reportaje del crimen múltiple estaba en el estudio, había decidido dar la noticia como si en vez de ser la presentadora de un programa de noche lo fuera de un informativo, es decir, con serena distancia, un titular que iría desarrollándose poco a poco hasta desvelar la magnitud de la matanza, manteniendo a su audiencia en un suspense medido que iría incrementándose de igual modo que su cara, sus gestos, su voz y su inicial compostura se quebrarían, arrastrados por una evidencia espeluznante, sí, mis compañeros acaban de confirmarme que entre los cadáveres hay niños, y no puedo dejar de pensar en los míos, en los de ustedes, es tremendo, pero no se preocupen porque la redacción del programa está ultimando el vídeo, me dicen que limpiándolo de las imágenes más escabrosas, dentro de unos momentos, después de la publicidad, me aseguran que todo estará listo, no nos dejen, compartan conmigo este macabro suceso que me ha encogido el corazón. La presentadora, casi sin aliento, miró a su cámara sin pestañear durante unos segundos en silencio, el tiempo necesario para que sus ojos se nublaran con un brillo de emoción, dando paso a los anuncios sin más gesto que el de llevarse la mano a los ojos y retirar algo parecido a unas lágrimas.

Empezaba a oscurecer cuando los reporteros abandonaron la autovía para seguir la carretera que llegaba al pueblo entre sembrados a tiralíneas y caminillos en serpiente que nacían en la vega y se perdían por los cerros. A la entrada del pueblo, sin posible confusión, detuvieron el coche junto al enorme nogal de la cita. Allí esperaba el anónimo ciudadano que dio aviso de la tragedia confiado en esclarecer unos hechos que a él se le hacían tan inexplicables como dignos de ser conocidos, con la recóndita idea de que se hablara de su pueblo en un medio tan fascinante y poderoso como la televisión a pesar de unas circunstancias que marcarían para siempre su nombre. Hay que darse prisa. Los reporteros no sólo estaban de acuerdo sino que era la frase que estaba a punto de decir la chica en el momento de saludarse sin protocolos.

El temor a que la noticia hubiera estallado sin remedio y corriera sin fin a esa hora fue gastándose en los reporteros conforme cruzaban las calles apenas transitadas, sin corrillos alarmados por la muerte sin explicación de un hombre a manos de nadie a las afueras del pueblo, en un cortijo en el que sólo vivían él y su esposa. La verdad y la dimensión de la escabechina les fue ocultada por la propia redacción, que debatió y optó por las ventajas de enmascarar información a sus propios reporteros con la idea de que también ellos, movidos por un espanto más colosal del que habían imaginado y por tanto sin recursos previos para enfrentarse a él, se dejaran llevar por la emoción del momento, por el impacto de enfrentarse a casi una decena de cadáveres en vez de a un muerto y a su esposa, sobre la que la chica ya había plantado sus sospechas. Queremos un reportaje humano del asesinato de un hombre que vive con su mujer en un cortijo, al parecer solos, sin hijos según nos acaban de comunicar, contamos con vosotros para este trabajo ya que vuestra productora está a sólo unos kilómetros del lugar, os pedimos prudencia para no destapar la liebre a otros colegas, y rapidez y eficacia en el trabajo porque apenas habrá tiempo para montarlo, se emite esta noche, sois las estrellas. La reportera eléctrica sabía lo que querían decir esas palabras. Sois las estrellas es un trato preferencial al emitir el reportaje. No sólo implica la aparición en pantalla de sus nombres sobreimpresos en los títulos de crédito sino una mención expresa de la presentadora antes de dar paso al escalofrío de lo grabado en exclusiva.

Apenas hablaron durante el viaje hasta el cortijo, atento el cámara a las indicaciones del hombre que los esperó bajo el nogal, que le advertía de las curvas en herradura o de la necesidad de ir despacio porque estaban entrando en un camino de tierra con socavones históricos del ir y venir de tractores cargados de aceituna, costurones hoy resecos que traían a la memoria los aguaceros torrenciales del invierno pasado, grandes diluvios que embarraron los campos y los convirtieron en blandas trampas con las que pelearon vehículos y personas hasta lograr un rescate cuyas huellas, como cuchillas hoy resecas y cuarteadas, aún se mantienen. Parecía que las explicaciones sobre el estado del camino hubiera atraído la lluvia, porque de repente, al enfilar una senda de cipreses que terminaba en la casa que buscaban, empezó a caer una tromba de agua tan insólita que la chica eléctrica, absorta hasta ese momento en el esquema mental que estaba tejiendo para darle cuerpo al reportaje, reaccionó con una evidencia que resultó cómica aunque sólo quiso mostrar su enfado y desconcierto a lo que consideró un revés para sus cálculos.

Pues no me he traído impermeable.

Sin embargo, hábil y de reacción rápida, en un instante convirtió la adversidad en aliada ordenando a su compañero detener el coche de inmediato y empezar a grabar aquel paisaje perfecto donde enmarcar el crimen bajo la lluvia, del que tan sólo les separaba un centenar de metros. La lluvia, cuando a esa hora ya había oscurecido y el campo alrededor era una vastedad sin límites, levantó un aire que parecía moverse a rachas de motor, haciendo vibrar el cuerpo de los cipreses con metódica intensidad, dibujados a contraluz por los focos de película que la guardia civil había instalado en la era, donde se amontonaba la mayoría de cadáveres. Menudo despliegue, dijo el cámara enfocando la senda de árboles que terminaba en un fulgor de luces y un ajetreo de hombres y mujeres con batas blancas de sanitarios esperando órdenes del que parecía un juez para el levantamiento de cadáveres. Aquí hay más tomate del que creen en la cadena, por un muerto no organizan este circo, comentó el cámara a su compañera sin asombro ni emoción, con esa indiferencia que a ella tanto le escocía a pesar de estar acostumbrada a reacciones sin vida en los momentos en que a ella le bullían por las venas como una culebra, y éste era uno de ellos. Sin duda estaban ante el más grande de su vida como reporteros.

Una cinta roja de plástico con rayas blancas vibraba con el aire delimitando el lugar del crimen. Se detuvieron un instante temiendo que alguien les impidiera el paso para grabar aquel festín de cuerpos. Unos apilados, como si en la huida hubieran desfallecido al mismo tiempo o hubieran tratado de protegerse formando una estéril barrera de resistencia. Otros, desperdigados, solitarios, tumbados en el suelo con los brazos extendidos arañando la tierra, con el gesto aún fresco del último pavor, con las cabezas vueltas hacia atrás, quizá fulminados por algo que los perseguía hasta ese instante que ahora se ve esculpido en sus rostros de sorpresa y en sus ojos abiertos hasta donde alcanza el cerco que los sujeta para no desprenderse de las órbitas. Los expertos en crímenes sin sentido aparente tomaban fotografías de las aberturas del cráneo de los adolescentes, partido en dos tajadas de las que aún salían hilillos que la lluvia diluía con mansedumbre en sus ropas y la tierra apenas podía empapar. Entre ellos hablaban de la llamativa rareza del caso por el minucioso método de exterminio. Estaban ante un asesino que había planificado las muertes con mucho tiempo por el sistema simple de separar sexos y edades. Las mujeres adultas a navajazos, cosidas por la espalda con pericia de experto. Los hombres, degollados con determinación. Los muchachos, serrándoles la cabeza como se parte una fruta golosa, de un tajo, sin vacilación, limpio. Las niñas, reventadas, con sus vientres en carne viva.

El cámara reaccionó al codazo de la chica llevándose la máquina al hombro con un movimiento al que estaba acostumbrado, acercarse la mirilla al ojo y apretar al mismo tiempo el botón de puesta en marcha. Ella acercó el micrófono al hombre trajeado como se retira de la mano una tea ardiendo, en ese instante sin tiempo para pensar que ni siquiera tuvo que pedirle por favor que repitiera mirando a cámara la teoría del asesino metódico que planificó sus crímenes estableciendo razones de sexo y edad.

Continuará…

Cipriano Torres

Cipriano Torres

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