Cipriano Torres, Relatos cortos
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Detrás de la niebla (IV)

Por Cipriano Torres

Capítulo 4

 

No pudo terminar la frase porque la guardia civil ya había estado en este lugar, o seguía estando pero no podía verse, y el hombre que dio aviso a la redacción del programa era un cadáver más que se unía a la lista, y las imágenes que parecía haber vivido como una sonámbula de nuevo le angustiaban, y tuvo que esconder su cara en el hombro del cámara porque era el único al que no tenía que dar explicaciones. Hay que avisar a la guardia civil, dijo el cámara terminando la frase, aunque hace poco rato estaba por aquí investigando la matanza que tenemos grabada. ¿Hay imágenes, tenéis reportaje?, dijo el responsable del equipo convirtiendo la pregunta en un grito de satisfacción que sonó como un estampido seco que puso en marcha una vertiginosa actividad de técnicos que surgieron del interior del camión para preparar el enlace, avisar al estudio central confirmando la emisión, hacer pruebas de imagen y sonido, y comprobar si la calidad de la grabación era aceptable. Una mujer que parecía haber salido de un tarro de cosmético por la nube de perfume que arrastraba consigo se acercó a la chica diciéndole que iba a maquillarla y a ponerla guapa porque en media hora estaban en el aire, que no se preocupara, todo saldrá bien, hija, no le hagas caso a este bruto, siempre es igual, un bocazas con un corazón como una sandía. La chica se imaginó una sandía latiendo y sonrió agradecida la ocurrencia de aquella mujer de palabras simples y movimientos suaves que le ahuecaba el pelo con las manos mientras pedía su maletín, una silla, y la mesa desplegable. Los primeros ramales de cables se extendieron sobre el chinarro del camino como culebras sin vida y los generadores silenciosos dieron luz a la ristra de focos apoyados sobre horquillas de hierro.

Dentro de la unidad móvil, las pantallas que forraban las paredes arrojaban una luz azulada que irisaba el contorno de las cabezas, pendientes de las imágenes quebradas que llegaban del exterior, unos técnicos que ordenaban ajustes de color o nuevos emplazamientos de cámara para que los encuadres respiraran cuando diera comienzo la conexión. Desde el estudio central, la presentadora daría paso a la reportera, con la que mantendría una breve conversación antes de que el realizador soltara el vídeo desde la estación ambulante con las imágenes de la grabación en su totalidad. Después de un visionado rápido para comprobar que no existían lagunas negras entre toma y toma, y de que las imágenes grabadas con la cámara al hombro no saltaban demasiado, decidieron emitir el reportaje sin interrupciones y sin comentarios, convencidos de que apenas hay nada que explicar cuando en la pantalla hierve el misterio y el espectador se convierte en protagonista que ignora lo que está por venir. También decidieron postergar la llamada a la guardia civil avisando del nuevo asesinato, quizá con la esperanza de quien espera hasta el último momento para digerir unos hechos que sobrepasan los límites de la razón o confía en que del mismo modo que todo se evaporó, todo vuelva. La reportera hizo pruebas de sonido hablando palabras sin sentido al micrófono que le pusieron en la mano, uno, dos, sí, hola, a ver, casa, en directo, tres, cuatro, mientras la maquilladora quitaba de su cuello el babero de tela que le había colocado alrededor para no mancharle la ropa. Demorándose a conciencia, la mujer retiraba de los hombros de la chica cabellos inexistentes con la punta de los dedos soplándolos al aire, retocaba una y otra vez el espesor de sus pestañas y se retiraba y acercaba a ella como nos acercamos y retiramos de un cuadro con los ojos entornados. Esa mujer había aprendido a leer más allá de las apariencias, y desde el primer momento que vio a la chica supo que podía comportarse como una profesional, hablar al micrófono para probar el sonido, mirar a cámara y presentar el reportaje sin titubear, pero también sabía por su mirada que otros pensamientos se la estaban llevando de allí zarandeada por un vendaval tan poderoso que en cualquier momento estallaría.

Era un brillo el de sus ojos con exceso de escarcha, como esas madrugadas de invierno que pasas sin dormir metido en fiestas, empapándote del relente hasta que el amanecer te coge desprevenido y el sol te hiere con un carámbano que se clava como la arena. Cuando se cruzaban las miradas, las dos mujeres disimulaban porque las dos sabían que esa escarcha podía derretirse causando estragos de catástrofe que no avisa. A espaldas de la reportera, la niebla iluminada por los focos sería el decorado sobre el que ella hablaría en directo, pendiente de un momento a otro de la mano que le avisaría de su entrada, viéndose en el monitor que habían instalado enfrente y viendo las imágenes del reportaje para ir comentando sólo los momentos en que su explicación fuera necesaria. Todo preparado, estamos en el aire, dijo el jefe del equipo haciendo una señal a unos metros de distancia, adelante. La maquilladora dio un salto y se perdió en la oscuridad pensando en la mirada sombría de la reportera, que llenaba la pantalla con una rara serenidad de presentadora curtida que sabe convertir las hormigas nerviosas del estómago en aplomo convincente. Desde el estudio central la estrella del programa nocturno le pidió un resumen de lo sucedido antes de emitir el reportaje que había ido anunciándose con angustiosa táctica para cautivar a una audiencia que a esa hora se había multiplicado, pero su enfermiza egolatría, su conocida arrogancia y su arrollador concepto del trabajo en equipo no pudo ni quiso evitar convertirse ella misma en narradora de los hechos, casi en autora del trabajo hablando en ese plural vago que a veces engrandece a quien lo usa si es para sumar esfuerzos o lo denigra si lo que intenta es enmascarar a los verdaderos autores. La reportera, mirando a cámara, con el micrófono en la mano, veía de soslayo en el monitor a la directora del programa cada vez más entusiasmada, convirtiendo el suceso en la excusa para hablar de la victoria por la exclusiva, del triunfo del periodismo de investigación desde el rigor, aunque sus palabras y sus gestos de actriz exagerada se precipitaban por el resbaladero del sentimentalismo, haciendo de la tragedia un grosero espectáculo. Por un momento, la reportera estuvo a punto de soltar el micrófono y retirarse de allí sin decir nada, pero sin poderlo remediar le pidió a la presentadora, con una sonrisa de astuta docilidad, que le dijera si su presencia en el lugar de los hechos era necesaria, o prefería seguir ella sola contando algo que ignoraba. Los técnicos, dentro de la unidad móvil, enmudecieron. El realizador del estudio central mantuvo pinchado el plano de la chica porque notó que sus dedos no reaccionaban, ni sus dedos ni su cuerpo, paralizado por un comentario tan inaudito como impertinente. El jefe de la unidad móvil golpeó con los puños cerrados el lateral del tráiler y gritó al aire, moviendo la cabeza de un lado a otro, antes de sentenciar, esta tía está loca, has cavado tu tumba en la profesión. La chica era consciente de todo, y en fracciones de segundo le puso imágenes a la frase, y se vio en una noche de lluvia con un azadón en la mano abriendo un agujero en mitad de un cementerio sin más tumbas que la suya. Pero seguía allí, ante las cámaras, con el micrófono frente a sus labios, serena y firme, esperando la respuesta, decidida a marcharse sin que nadie se lo pidiera y decidida a quedarse hasta el final, notando un escalofrío de lucidez irreprimible, capaz de atender los distintos frentes que pugnaban en su cabeza, sospechando que algo había cambiado en su interior, como si la chica que se bajó del coche al oscurecer, disgustada por el imprevisto aguacero, la chica que se dirigió por el caminillo de cipreses hasta encontrarse con la escabechina humana frente al cortijo, una reportera joven y ambiciosa cuyos ojos no veían a hombres, mujeres y niños muertos sino material de reportaje, no fuera la misma que ahora recordaba sus caras detenidas por el espanto y sus cuerpos destrozados, del mismo modo que algunos corresponsales de guerra retirados recuerdan con asombro y estupor su antigua frialdad, aquel caparazón inhumano que los protegía de tanta locura. Como un chispazo, apareció y desapareció en un parpadeo la cara agonizante del hombre que los recogió en el nogal a la entrada del pueblo, y la secuencia de imágenes siguientes, el cuchillo clavado, el intento de hablar a borbotones con palabras enfangadas, pero al mismo tiempo escuchó por el auricular a la presentadora, que le daba paso en directo como si no hubiera escuchado el atrevido comentario, consciente de que no podía hacer el ridículo dejándose arrastrar por el río furioso que la recorría entera.

Como si leyera un guión escrito con calma, cuidando la entonación y escogiendo cada palabra, fue exponiendo sin vacilación la historia de un crimen múltiple del que sólo conocía su final. Acompañando a su voz empezaron a verse las primeras imágenes del reportaje, tan nuevas para ella en la pantalla como para los millones de personas que seguían el programa desde sus casas. Como no dio tiempo a escribir ni el nombre ni el cargo, fue ella quien presentó al experto de la Guardia Civil al frente de la investigación, que empezaba a explicar las primeras impresiones sobre los crímenes.

–Es un caso llamativo por el minucioso método de exterminio. Estamos ante un asesino que ha planificado las muertes con mucho tiempo por el sistema simple de separar sexos y edades…

La reportera sabía lo que venía después, la pormenorizada descripción de los grupos de cadáveres, las mujeres, cosidas a navajazos, los hombres, degollados, los muchachos, con la cabeza partida en dos tajadas, y como un murmullo semejante al que oímos cuando habla alguien en público al que miramos con aparente atención pero no escuchamos porque estamos ocupados en otros pensamientos, ella dejó de atender esas explicaciones y se centró en las imágenes del monitor, en la cara del hombre mientras hablaba, en sus gestos de académica naturalidad, sorprendida por la construcción sin fisuras de las frases, no tanto pendiente de su fondo, que conocía, como de su forma, impecable, como si antes de terminarlas conociera su final. La cara del experto ocupaba un lateral de la pantalla en primer plano, pero detrás de él, agachados sobre el alzado de tablones, la imagen recogía el trasiego de hombres y mujeres con batas blancas, el destello de los flashes que iluminaban los cuerpos mutilados, las huellas de calzado en la tierra de la era, una actividad que podía responder a lo que se espera de enfermeras, médicos, investigadores, pero a la vez, fijándose en el detalle de sus movimientos, la reportera tuvo la sensación de que se demoraban sin causa aparente en sus cometidos, incluso llegó a ver, o al menos eso percibió un segundo antes de que el plano se cerrara entero sobre la cara del portavoz del equipo, que eran movimientos casi mecánicos, repetidos, como si fueran hechos una y otra vez, la misma mano enfundada en guantes de cirujano que recoge y suelta la yerba, el mismo enfermero que se levanta, se va, y vuelve al mismo sitio para repetir idéntica acción, y por qué miran a cámara de soslayo como si supieran, o temieran una equivocación, lo que está diciendo al micrófono el hombre de académica naturalidad, me estoy volviendo loca, pensaba la chica, tengo que concentrarme.

–¿Creen que ha sido el trabajo de una sola persona?
Su propia pregunta, escuchada en la grabación, la centró en la pantalla y en lo que respondía el experto.
–Aún es pronto para saber si ha sido una o más personas las que han intervenido.
–Sin embargo, insistió la reportera, parece extraño que una sola persona pueda asesinar a una familia tan numerosa, con hombres y mujeres fuertes, con chicos acostumbrados al trabajo del campo.

Y allí estaba el silencio repentino, la locuacidad cercenada del experto ante una pregunta sin malicia, su rostro por fin desencajado unos instantes, mirando a un lado y a otro en un rápido e involuntario movimiento de cabeza que la pantalla recogió en toda su amplitud, con esa manera artificial y poderosa de mostrar las cosas que pasan ante el ojo infalible de la cámara. En un instante, el hombre volvió a dominar la situación hasta convertirse en el mismo seductor que busca el objetivo que lo mira y a él se dirige porque sabe que en realidad a quien habla es a seres individuales, uno por uno, unos ojos que miran a cada espectador desde el otro lado del cristal, la técnica de esos políticos que jamás miran al humano que les pregunta sino a la fría máquina que los graba. Sin pestañear, entornando un poco los párpados, iniciando una contestación desechada sin terminar de abrir la boca, cambiada sobre la marcha, dijo:

–No es imposible si antes un único asesino te dispara dardos de adormidera escondido entre los matorrales.
–¿Tiene alguna teoría sobre los motivos de la matanza?
En el monitor se oyó con mucha claridad el susurro con que la reportera terminó la pregunta al darse cuenta de que a su alrededor había cesado el ruido de los pasos sobre las maderas y el disparo de las fotografías. La imagen del experto tembló en el plano, como si el cámara hubiera perdido el equilibrio o se hubiera retirado de golpe el aparato del hombro.

Continuará…

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Cipriano Torres

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