Cipriano Torres, Relatos cortos
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Detrás de la niebla (III)

Por Cipriano Torres

Capítulo 3

 

Un escalofrío sin sentido recorrió el espinazo de la chica, ese tipo de reacciones sin lógica que nos avisan de algo terrible mucho antes de que podamos saber de qué se nos avisa. El cámara se volvió unos pasos hasta colocarse debajo de la bombilla para comprobar la cinta y tener el equipo preparado para grabar porque a partir de ahora cada minuto era decisivo si querían enviar a tiempo el reportaje. Del fondo del pasillo llegó un grito desgarrador seguido de un silencio tan denso como la penumbra que envolvía a la chica, parada frente a la penúltima puerta. Con las manos en la garganta, dolorida por la violencia de su espanto, parecía pegada al quicio, sin fuerzas para entrar pero sin posibilidad de apartar la mirada.

El hombre que buscaban estaba en el suelo con un cuchillo de cocina clavado en el corazón. Aún tenía vida, y con el movimiento de los ojos trataba de guiar a la chica en una búsqueda que ella no advirtió. Como si buscara algo en un bolsillo y recordara al momento que no llegó a guardarlo miró a un lado del charco que lo rodeaba empapando su ropa y señaló con el dedo debajo de la silla. El cámara apartó a su compañera y apretó el botón. Como los pajarillos en verano, ahogados por el sofoco de los trigales en las sementeras cuarteadas, el hombre abría la boca buscando un poco de aire, tratando de explicar con su último aliento lo que estaba pasando. La chica entró en el cuadro del plano de la cámara, y de rodillas junto al moribundo colocó su oído cerca de la cara del hombre, pero sólo escuchó unos ronquidos enfangados que parecían arrastrar en su recorrido densos coágulos de palabras sin terminar, como mensajes cifrados con restos de nombres, sílabas que salían con fuerza pero al perder su poder se convertían en indicios sin sentido para desesperación de la chica, que miraba a la cámara como pidiendo ayuda, temblando de miedo al darse cuenta de que la escena que estaba viviendo era la misma que imaginó cuando le dijeron en la redacción del programa que habían encontrado a un hombre en un cortijo con un cuchillo clavado, y notó cómo el pelo se le erizaba cuando trató de arrastrar al hombre hasta el sofá porque ella misma se estaba convirtiendo en la mujer del moribundo a la que en su imaginación atribuía la muerte de su marido, y sus propias palabras retumbaban en su cabeza, señora, siéntese ahí, señora, siéntese ahí, sin embargo era ella misma la que se sentaba junto al hombre, doblado como un fardo sobre los cojines. Cuando la chica trató de levantarle la cabeza notó que aquel cuerpo que sujetaba con sus manos manchadas tembló como si recibiera una descarga eléctrica. El hombre la miró con ojos de pavor como si alguien, invisible, se lo llevara a un lugar sin formas ni dimensiones ni sonidos, una mano que te agarra por el cuello de la chaqueta y te arrastra hacia un callejón oscuro al tiempo que vas perdiendo la conciencia sin darte cuenta de que has dejado de respirar y de ver lo que tienes frente a ti, y el mundo se aleja y todo te queda remoto y extraño, y tu vida es una trepidación de escenas que pasan tan veloces como disparos de tu infancia y tu adolescencia, de tu primer beso y tu primera decepción, del primer miedo y el primer desgarro de amor, de las traiciones y las fidelidades, y te preguntas en segundos por qué claudicaste o por qué te mantuviste tan firme sabiendo que hacías tanto daño, y llegas hasta el momento en que tú propones por amor formar parte de un juego que ahora llega a su fin de la forma más inesperada tras un fogonazo intenso de una luz que da paso a la total oscuridad. Lo siento, dijo el hombre con una claridad espantosa antes de quedarse rígido en un súbito estertor para luego desinflarse como un globo y doblar la cabeza con la barbilla hincada en el pecho. Está muerto, este hombre está muerto, acaban de matarlo, gritó la chica llevándose las manos a la cara, trastornada por la conmoción de un crimen cometido casi ante sus ojos, en el escaso tiempo de atravesar la tormenta sobre el camino de tablas alzadas sobre el barrizal de la era y llegar a la casa, ver al hombre bajo el marco de la puerta envuelto en el humo de su cigarro y verlo desaparecer en la penumbra de la vivienda.

–Deja de grabar, coño, esto no es un juego, acaban de matarlo.

Cuando dijo acaban de matarlo saltó del sofá aterrada porque si acababan de matarlo, quien lo hizo no estaría lejos. Salió de la habitación con esa rara temeridad que a veces se apodera de nuestras decisiones en los momentos en que nuestra conciencia dictamina que estamos en peligro, y sin poder hacer otra cosa se dirigió por el pasillo en penumbra buscando en la puerta del fondo una salida hacia los corrales. Trató de abrirla tirando del pomo de hierro sin mucho esfuerzo, el mismo que usamos cuando creemos que una puerta por la que alguien ha huido es imposible que esté cerrada por dentro. Aquélla lo estaba. Lo intentó varias veces, enceguecida por una furia que se iba convirtiendo en estrategia para poder seguir negando la realidad que tenía enfrente, a la altura de su pecho, un cerrojo que al estar echado descorría la cortina del pavor. En aquel momento, por un instante, se creyó sola en el mundo, notando que su respiración entrecortada se topaba con un tabique helado que le devolvía su propio aliento. Casi podía percibir la presencia de unos ojos mirándole el cuello, alguien que se movía con sigilo porque había esperado a tenerla acorralada para deleitarse viéndola de espaldas, ordenándole enseguida que se diera la vuelta al tiempo que un cuchillo le atravesara el costado y sus ojos dislocados reflejaran el desconcierto de conocer para nada a su propio asesino. La mano que le tocó el hombro le tapó la boca y trató de calmarla, estás temblando, dijo el cámara en un murmullo, tranquila, soy yo, hay que salir de aquí y avisar a la gente de afuera. La chica lo miró con la misma sorpresa que miramos a quien nos aborda por la calle y nos habla con la confianza de nuestras íntimas amistades, y no reconocemos a esa persona hasta pasados unos segundos, disculpándonos por una reacción que achacamos al lío de pensamientos que nos han ensimismado hasta ese extremo.

Se encaminaron hacia la puerta de salida tratando de gravitar sobre el suelo, convencidos de que la torpeza de sus pasos podía alertar al asesino, oculto en alguna de las habitaciones del cortijo, sin mirar hacia la boca de las escaleras que subían a las cámaras, sumidas en un silencio negro del que sólo bajaban crujidos de madera y carcoma. Abrieron de golpe y pidieron auxilio, dos gritos que sonaron a liberación, a un final como de cautiverio, con palabras que señalaban al interior, donde de nuevo, y sólo hacía unos minutos, alguien había vuelto a cometer otro crimen. Pero a quién le gritaban. Afuera no había nada. La niebla parecía haberse tragado a las enfermeras, los vehículos, la guardia civil, las torres de focos, los cadáveres apilados y los cadáveres solitarios, todo, todo lo que les iba a dar seguridad y confianza se volvía hacia ellos con un rostro de fantasma que podía acechar a pocos metros, escondido ante sus ojos en cualquier lugar, protegido por las rachas espesas de bruma emblanquecida que parecía surgir de la tierra. Cuando el pánico se suma al pánico todo es posible, hasta volvernos al lugar del que huíamos porque al que hemos llegado nos aterra con más fuerza, sin poder sobreponernos a una adversidad para la que ya no tenemos recursos. Jamás hubieran pensado que el exterior del cortijo, iluminado como si fuera de día, por donde se movían hasta hace nada hombres y mujeres despejando la era de cuerpos inertes, quedara convertido en un escenario de alucinación. Volvieron de nuevo a la casa antes de que la niebla también se los tragara, pensando que estaban más preparados para enfrentarse a un asesino concreto que a un impreciso enemigo.

En el pasillo, sin acabar de cerrar la puerta de la calle por si escuchaban algún ruido en el interior, se miraron sin hablar, sintiendo que ninguno podía explicar nada de lo que estaba pasando, que podían echarse a reír de puro miedo o quedarse así, de espaldas a la pared, jadeando, mirando de reojo al fondo del corredor, o esperando que de repente las luces del exterior volvieran a encenderse y un haz blanco entrara por la hoja entornada como la señal que pone fin a la fantasía, ese tipo de pesadillas cuyo realismo es tan convincente que nos hace saltar de la cama porque lo vivido en la maraña del sueño nos estremece. El chico bajó la vista hacia la cámara y pasó sus dedos sobre el borde notando el relieve de los mandos, el tacto frío del metal.

En el movimiento de sus dedos, demorándose en los botones de la pausa, grabación, rebobinar, ella leía sus pensamientos, los dos buscando algo real para saber que no vivían atrapados en las coordenadas de algún bucle del tiempo y el espacio que los retenía hasta que lograran dar con la salida. Se habían olvidado hasta de la razón que los llevó a aquella casa, y en ese momento eran incapaces de calcular si eran minutos, horas, o segundos lo que duraba aquel sobresalto sin desmayo en el que continuaban, como si las horas o los segundos pudieran encogerse o estirarse dependiendo de un antojo que no les pertenecía ni dominaban. Pero la cámara estaba allí, tangible, dejándose palpar como podrían hacerlo con el espejo desconchado o la bombilla tristona sobre sus cabezas, y sus tripas guardaban memoria de tanta desdicha, una cinta que podría ser la salvaguarda de su cordura, la garantía de que ellos no habían perdido la razón contando escenas ilusorias.

Como si la maquinaria del asombro no concediera tregua, creyeron ver una ráfaga de luz que venía de afuera, apenas una sensación, tal vez alguien moviendo una linterna en la distancia antes de que el resplandor desapareciera en los olivares disuelto en la niebla. Estaban seguros, habían visto la luz y parecían oír a lo lejos el sonido amortiguado de un motor. Venga, vámonos, dijo la chica abriendo de golpe la puerta y saltando a zancadas a la era, dejándose llevar por el impulso de la huida con los ojos cerrados, del mismo modo que caminamos a ciegas por la oscuridad, palpando con las manos extendidas el aire con la esperanza de poder esquivar los obstáculos. Corrieron atravesando el cuerpo cerrado de la bruma con el temor infantil de que alguna mano surgiera bajo sus pies y los arrastrara por el suelo sin piedad, o los empujara hasta el borde de la acequia cuya corriente se los llevaría como troncos abotargados. Al otro lado de la niebla la noche era limpia. Cuando salieron de ese vapor que envolvía las cosas hasta hacerlas desaparecer se encontraron con un cielo sin nubes y una luna fría que iluminaba la copa de los árboles como si estuvieran nevados. Parecía como si la mano de alguien que no se dejaba ver hubiera dividido aquellas tierras en dos mitades. Frente a ellos, el camino de cipreses rodeado de olivos bajos y desparramados. Detrás, una enorme campana de niebla que escondía la casa, un organismo con vida y muerte propias que se regía por caprichos que la razón no comprendía, capaz de tragarse en minutos un tinglado de hierros, maderas, cintas de plástico para acotar el lugar de la matanza o volatilizar a decenas de personas y vehículos, un organismo parecido a una isla gobernada por particulares carambolas meteorológicas, una isla en la que el tiempo se dejara llevar por un reló anárquico que nublaba la conciencia de su paso. Ahora, frente a la inesperada claridad de la noche, con la sensación de haber cruzado un tabique y detenidos por la sorpresa de cruzarlo, se deslumbraron con los faros del camión que subía por el camino. Un altavoz pronunció sus nombres para saber si eran los reporteros que andaban buscando. Haciéndose visera con la mano, la chica trató de ver más allá de aquellos círculos resplandecientes que la cegaban para obtener algún dato de unos visitantes que no sólo sabían sus nombres sino la razón que los habían llevado allí. Con cautela, fijándose en los colores que identificaban a la cadena de televisión para la que estaban trabajando, dijo sí moviendo la cabeza.

–No hay tiempo que perder, dijo un hombre saltando de la unidad móvil. Emitiremos el reportaje desde aquí.

Los reporteros no dijeron nada. Aquel silencio puso nervioso al responsable del equipo, interpretándolo como la confirmación de sus augurios. Os lo dije, escupió en el suelo restregando luego la saliva con la punta del zapato y volviéndose hacia atrás, dirigiéndose a las cabezas que salían por las ventanillas del tráiler, esta gente no ha encontrado nada, aquí no se ha cometido ningún crimen, a la mierda, vámonos, llama a la cadena ahora mismo, y a vosotros dos, pimpollos, se os va a caer el pelo, dio unos pasos hacia los reporteros, que notaron el aire de sus palabras en la frente. Estimulada por la insolente arrogancia, la chica tosió para aclararse la garganta sin dejar de mirar al hombre, tomándose unos segundos para recuperar el control y volver a una realidad que le pareció decepcionante y cómica. Es verdad, contestó sonriendo con esa chulería de quien parece estar comiendo chicle y hablar con los labios torcidos de altivez, desprecio y cansancio, aquí no se ha cometido un crimen, aquí se han cometido muchos crímenes y se han vivido momentos que ni la mejor película podría reflejar, y si no queremos que el nombre de la cadena se manche, antes de emitir nada hay que avisar a…

Continuará...

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Cipriano Torres

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