Cipriano Torres, Relatos cortos
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Detrás de la niebla (II)

Por Cipriano Torres

Capítulo 2

 

El experto recitó sin titubear las frases que los reporteros habían escuchado detrás de la cinta roja, antes de atreverse a saltarla y entrar en el escenario vedado. Sobre un altillo de tablones se dirigía la investigación, dos metros cuadrados a los que el cámara y la chica subieron para recoger las primeras impresiones del suceso. De ese estrado partían caminillos volados a unos palmos de la tierra para que la pisada de los vivos no borrara las huellas de los muertos ni, tal vez, la de su asesino. No, aún es pronto para saber si ha sido una o más personas las que han intervenido, respondió el experto con una pronunciación exquisita, modulando sus palabras en el tono justo para no parecer arrogante por la suficiencia de sus conclusiones ni demasiado humano declarándose desbordado por la conmoción. La reportera insistió. Parecía imposible que una familia tan numerosa, con hombres y mujeres fuertes, con chicos acostumbrados al trabajo del campo, se dejara matar uno a uno por alguien que actúa solo. El experto hizo un silencio. Miró a su alrededor. Y como si fuera una señal, cesó el chasquido de las cámaras que fotografiaban detalles de la matanza, las enfermeras dejaron de tomar pulsos que hacía rato no latían, y hasta la lluvia cernida en que se había transformado el aguacero se cortó como se corta un grifo cuando alguien lo decide. El hombre, sabiéndose el centro de todas las miradas, de los millones de espectadores que más tarde lo verían desde sus casas, se acercó aún más al círculo de cristal que lo enfocaba, y entreabriendo los labios como si de pronto descartara una palabra, sustituida por otra en el último momento, sin pestañear, le respondió a la chica con la certeza de que estaba respondiendo, una a una, y en particular, a las personas que esperaban su contestación sentadas frente al televisor.

−No es imposible si antes un único asesino te dispara dardos de adormidera escondido entre los matorrales.

El silencio se hizo tan presente que la voz de la chica preguntando si podía explicar los motivos de la matanza sonó como si estuviera sola en el mundo. Al darse cuenta, ella misma pareció sorprendida de sus propias palabras, terminando la frase casi en un murmullo. Fue en ese momento cuando el cámara, creyendo que la cinta patinaba por el mismo fallo que tantas veces le había estropeado grabaciones, comprobó que no, que seguía girando a través de la ventanilla. Sin embargo, le pareció haber escuchado el chasquido previo a ese vertiginoso zumbido que reconocemos cuando se rebobina un vídeo. Fue sólo un instante, descartado al mismo tiempo porque allí no había más cámara de televisión que la suya ni más vehículos que las ambulancias y las grandes furgonetas de los investigadores con sus cristales tintados. Siguió grabando. No, aún no podemos conocer los motivos de este crimen múltiple, dijo el experto, que no contestó hasta que el cámara lo enfocaba de nuevo tras esos segundos de vacilación. Quizá, aunque sólo sea una hipótesis, siguió tras una pausa, la misma que suele hacer quien está ante un auditorio y de repente pierde el hilo de la exposición, como se espera a que alguien a través del pinganillo te dicte la salida de ese callejón oscuro de la mente en blanco, es posible que estemos ante una apuesta, ante un jugador sin escrúpulos que llegó tan lejos como se esperaba de su papel.

–O sea, un juego de rol.

–Sí, un juego de rol que aún…

El experto se detuvo de pronto, del mismo modo que detenemos los pasos cuando creemos caminar en la noche sobre una vereda llana y notamos un vacío pavoroso al echar el pie. Convirtió la afirmación en una duda y los puntos suspensivos en un precipicio del que una mano ajena parecía haberlo retirado antes de despeñarse, salvándolo de una catástrofe de impredecibles consecuencias. La reportera lo miró, animándolo con la cabeza a continuar, pero el hombre trajeado dijo eso es todo, gracias, y se dio la vuelta dirigiéndose a uno de los vehículos aparcados detrás de la torre de focos, un lateral de la era cuya oscuridad se acentuaba aún más porque las luces te deslumbran y aunque miras no ves nada, así no puedo grabar, dijo el cámara, es mejor que pillemos a otro, a ver esa enfermera. No, no puedo decir nada, no estoy autorizada, yo sólo sé lo que están viendo, contestó la mujer escondiendo las manos enguantadas con disimulo en los bolsillos de la bata, aunque el reportero ya había tomado un primer plano de las manchas coaguladas que luego ocuparían todo el espacio de la pantalla, un primer plano que al abrirse se iría demorando en las salpicaduras de la pechera hasta encuadrar su cara.

La reportera, como perdida en mitad de aquel cruce de tablones que se dirigían a los distintos grupos de cadáveres, miró el reló y se estremeció. Creía que sólo había pasado media hora, pero en realidad estaban rozando el límite del tiempo que les dieron para que el reportaje pudiera llegar con hora de emisión. En ese momento el teléfono vibró en el bolsillo del cámara. Sin mirar sabía que era una llamada de la redacción para saber si contaban o no con el trabajo porque la presentadora estaba nerviosa en su camerino. No sabe qué ropa ponerse, ya sabéis cómo es, lo quiere todo amarrado, y las pruebas con los de vestuario serán distintas si hay reportaje o no hay, no quiere equivocarse en la elección.

–Que elija ropa de drama, dijo el cámara en un tono que podía interpretarse de ambas maneras. Ropa para el drama de no tener el reportaje, o ropa para el drama de tenerlo.

Intentaron seguir por las tablas que conducían al grupo más numeroso para grabar de cerca aquel mazacote de hombres y mujeres apilados. El cámara sabía que a tanta distancia los primeros planos tomados con el zoom temblarían demasiado y se descartarían de inmediato, pero un guardia civil con varias estrellas en el hombro no les permitió ni siquiera dar un paso en esa dirección. Vámonos, dijo él con una determinación novedosa, he tomado muchas imágenes de recurso, puedes escribir el guión mientras volvemos, y así no perdemos tiempo, lo tenemos todo. La chica, desconcertada aún por la negativa del guardia civil, y también por la sorpresa de que su compañero decidiera algo en momentos cruciales, desenganchó el cable del micrófono y de la cámara para guardarlos en su bolso. Hacía estos movimientos por inercia, sin pensar en ellos, aunque en su cabeza revoloteaba una sensación, la misma que sentimos cuando salimos de casa y sin poder nombrar las cosas sabemos que algo se nos olvida, y cerramos la puerta sin convicción al echar la llave, con la inconsciente esperanza de que en esa tregua que nos damos se nos revele la imagen de la tarjeta de crédito que anoche pusimos en la mesita del cuarto para que al levantarnos fuera lo primero que viéramos, pero ahora, casi con un pie en la calle, no acertamos a saber con exactitud que ese olvido es el que nos hace remolones y por eso no queremos irnos del todo. Fue una imagen fugaz. Una figura a contraluz en el quicio de la puerta del cortijo mientras la chica daba la vuelta y bajaba de la plataforma de tablas para dirigirse al coche y abandonar el lugar. Un hombre apenas vislumbrado, alguien que al expulsar el humo del tabaco creaba sobre su cabeza un halo de nubes efímeras que arrastró tras de sí cuando de repente se metió en el interior de la vivienda.

–Espera. No podemos irnos. Hay que hablar con el hombre que llamó a la televisión. Creo que acaba de entrar a la casa.

Esa era la pieza que faltaba, el relato de la primera persona que vio la tragedia y avisó a las autoridades. Mientras sacaba del bolso el cable y el micrófono a tirones, reprochándose no haberse acordado de ese vecino privilegiado, decidió que esta vez nadie le impediría hacer su trabajo, que cruzaría con brío imparable el camino de tablas alzadas sobre la tierra embarrada de la era hasta alcanzar la vivienda, y que concluiría la noticia en exclusiva con las primeras impresiones de un señor que jamás pensó que esa tarde se toparía con un matadero humano a las afueras de su pueblo. Nadie les impidió el paso. Los reporteros cruzaron aquel trasiego de cadáveres llevados en camillas hacia las ambulancias, y de gente con bolsas transparentes en cuyo interior se veían briznas de yerba o hilachos de ropa. En los últimos metros tuvieron que correr porque en apenas unos segundos el aire que se había levantado se convirtió en un repentino vendaval que agitaba las torres de luces y dificultaba el traslado de los cuerpos cubiertos de un material flexible que parecía metálico. Las primeras gotas sonaron en la superficie dorada del material como si cayeran en el interior de un cubo de lata vacío. La tormenta estalló con tal furia que el pilón de agua se desbordó al instante, encharcó la superficie de la explanada del cortijo y por la acequia corría el agua como si nunca hubiera estado seca. Con el resplandor hiriente del rayo que se rompió sobre sus cabezas, los reporteros lograron alcanzar la puerta, cegados hasta allí por la manta espesa de la lluvia y el empuje del viento, que les impedía mantenerse erguidos por el sendero marcado. Como un bebé indefenso, el reportero sacó la cámara de su regazo, protegida entre sus ropas del azote de la tormenta y resopló moviendo la cabeza como un perro, dejando en las paredes del pasillo unos goterones de humedad que la cal absorbía en segundos. Ella se miró en un espejo carcomido lamentando su aspecto, pero de nuevo sacó partido al desastre de su imagen porque pensó que acentuaba el realismo, multiplicado en pantalla cuando su cara con el maquillaje gastado y su pelo empapado por la tormenta cerrara el reportaje.

Tuvo que acercarse para verse porque llegaban de la calle encandilados por la intensidad de las luces de aquel plató macabro y el vestíbulo estaba casi a oscuras, iluminado por una débil bombilla que colgaba del techo, sumiendo el fondo del pasillo en una penumbra sin apenas resquicio. Varias puertas se abrían al corredor, pero sólo de una, la última, parecía salir un hilo de claridad por abajo. Mirándose, decidieron que sólo hacia ella debían dirigirse, pero los paralizó el estampido de un trueno seguido del golpe seco de la puerta de la calle al cerrarse. Mientras avanzaban con cautela, con un temor sin origen que no podían definir, la chica llamó varias veces al hombre que buscaban sin recibir contestación golpeando con los nudillos en las puertas de las estancias. Éstas devolvían un sonido casi húmedo, de lugar no vivido, habitaciones vacías o con muebles marchitos por el tiempo. Casi se percibía la desolación de los interiores porque los golpes retumbaban al regresar después de andar de pared en pared sin encontrar nada en que detenerse, estampándose en la cal descarnada, los suelos abombados y el techo agrietado del que pendían laboriosos tejidos de araña.

Continuará…

Capítulo 1

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