Artsenal, Francisco Ortiz, Humor Gráfico, Número 23, Opinión
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La judía de Charb

Por Francisco Ortiz / Ilustración: Artsenal

¿Dónde está Charb?¿Dónde está Charb? Los gritos de dos hombres vestidos de negro resonaron en el Bulevar Richard Lenoir aquella fría mañana de enero. Buscaban a Stéphane Charbonnier, alias “Charb”, director de la revista blasfema. El asombro primero, el estupor después, hizo que nadie reaccionase. No hubo gritos, nadie gritó, invadidos por el espanto. En diez eternos minutos ocurrió todo. Los “tirailleurs” se pasearon por el edificio, subieron a la segunda planta, donde está la sala de redacción, e irrumpieron abriendo fuego ante la gran mesa ovalada alrededor de la cual se debatían temas y se esbozaban viñetas para la próxima edición. Luego salieron a los despachos, disparando no ráfagas, sino bala tras bala, a redactores, empleados, a todo quisque. Cuando salieron a la calle y se largaron de allí, reinaba un silencio abrumador, después del atronador ruido de las detonaciones, de los disparos. Quedó en el aire un olor a polvo, un regusto a almendras amargas en la boca. En los pasillos quedaban las pisadas rojas de sangre. Por todos lados, los cuerpos tendidos, inertes.

Elsa Cayat trabajaba en el “hebdomadaire” y murió junto a sus compañeros. Nadie ha reparado en ella, porque no hacía viñetas ni le salvó la vida a nadie. Se limitó a morir un maldito 7 de enero. Sus asesinos ni siquiera repararon en ella, Elsa fue una muerta del montón. Sigolène Vinson, una periodista que salvó el pellejo aquel día, se refugió detrás de una pared, entre la sala de redacción y un despacho. Cuenta Sigolène que uno de los tiradores la encontró al salir de la sala y la apuntó en la mejilla con su arma, diciéndole: “No tengas miedo, no te mataré. Eres una mujer. No se mata a las mujeres. Pero piensa en lo que estás haciendo… Te perdono la vida, y puesto que te la perdono, leerás el Corán”.

Elsa murió de todos modos. El mayor de los atacantes había repetido tres veces en voz alta que no matarían a las mujeres, pero cuando recogió a su colega, en la sala principal, allí yacía el cuerpo sin vida de Elsa. Sus asesinos no sabían, sin embargo, que la Cayat era en realidad un target estupendo. Sí, porque Israel es enemigo declarado del mundo árabe, y esta mujer menuda era una judía que trabajaba en temas del Holocausto judío, además de ser la encargada de tratar temas de psicología, escribiendo una columna quincenal llamada Charlie Divan, en el Charlie Hebdo. Por lo tanto, en el saldo final de la “batalla de París”, el número de judíos muertos ha sido de cinco, y no de cuatro, como han estado diciendo los medios.

¿Quién era Elsa Cayat? Esta reconocida psiquiatra francesa nació un 9 de marzo de 1960 en Túnez. Su padre, George Khayat, era un judío tunecino afincado en Sfax que tuvo que marcharse con la familia a Francia durante la guerra de independencia de Túnez. Ya de adolescente Elsa era alegre y vivaz, siempre ávida de diálogo. Afincada en París, años después, Elsa se convirtió en la doctora Cayat, psiquiatra de la escuela de Lacan. Es autora de libros sobre sexualidad, como El deseo y la puta (2007) y Un hombre + una mujer = ¿qué? (1998). Además de su columna Charlie Divan, sostenía una activa y original presencia en los medios de comunicación, participando en un “psicochat”, donde respondía a preguntas sobre la vida en pareja, la libertad personal, el compromiso, el deseo masculino, la autoridad parental.

La singular historia de Elsa ha acabado saltando a los medios, unos días después, por haber sido la única mujer abatida en el “hebdo” aquel 7 de enero. Tanto el diario francés Le Figaro como la cadena CNN han visto material para hurgar en la herida luminosa de Elsa. Así, tenemos las declaraciones de su prima Sophie Bramly, en las que cuenta cómo Elsa había recibido varias llamadas telefónicas amenazantes. En esos anónimos la llamaban “sucia judía” y se le ordenaba dejar de escribir para la revista, en caso contrario la matarían. Para Sophie está claro que el staff femenino del “hebdo” fue deliberadamente separado del masculino, excepto Elsa, y la razón es que ella era judía. Para sus enemigos, Elsa era “la judía de Charb”. Frederick, el hermano, ha comentado al diario The Independent que la familia había decidido que sólo se trataba de amenazas verbales, y no creyeron que fuera a ocurrir algo así… Su hermana, Beatrice Cayat, no está de acuerdo: “Elsa murió porque trabajaba para Charlie. Ella ha muerto, en realidad, por la libertad de conciencia”.

Un emotivo testimonio ha dejado Philip Leroy, amigo de Elsa, enviando, vía Twitter, este mensaje entrañable para Elsa: “Repose en paix Elsa Cayat… Femme géniale et amie exceptionnelle… Tu nous manques terriblement…”. Para Philip sus amigos viven ahora un duelo inmenso, duro de aceptar, de asumir. Y dice algo más: “Elsa pasaba sólo algunas horas al mes en el “hebdo”, justo lo que duraban las reuniones de redacción”.

Otro testimonio es el de su tía Jacqueline Duval, quien aquella mañana la llamó para darle apoyo al conocer la noticia del asalto del comando. Pensaba que ella se habría derrumbado de tristeza con la pérdida de sus amigos, de sus colegas del semanario. No sabía que Elsa había caído con ellos. Dice Jacqueline: “Ella se echaba a reir todo el tiempo, incluso cuando pronunciaba verdades duras de escuchar. Esa era Elsa”.

El pasado jueves, 15 de enero, enterramos a Elsa en el cementerio de Montparnase. Delphine Horvilleur, la tercera mujer rabino de Francia, ofició el funeral. Su elogio fúnebre es una pieza conmovedora de homenaje a esta mujer libre, Elsa Cayat. Allí han estado su marido, su hija adolescente, Hortense, familiares, amigos, pacientes y colegas. No me resisto a reproducir parte de ese elogio: “apasionada de los libros desde joven, en especial historias de detectives, de crímenes.. ¿Qué habría dicho ella de su propio crimen? Quizá se hubiera reído de sus asesinos, con su risa contagiosa (…) Su estilo humorístico era muy propio del Judaísmo. Aunque atea practicante, Elsa pudo ser una rabino muy buena… Mujer excepcionalmente inteligente, vivaz y con un fino sentido del humor (…) Fue realmente única en su práctica como psicoanalista. Algunos han tratado de clasificarla, pero es que ella no era freudiana ni lacaniana; Elsa era “Cayatiana”, pues sabía llegar al interior de cada uno de sus pacientes y decirle lo que le hería, lo que le podía sanar”.

Queda poco más que decir. Este artículo ha nacido de la rabia de ver a unas víctimas con sus nombres coreados por todo el mundo, y a otras sin nombre, olvidadas. Pero aquí recojo las palabras de mi amigo Sebastián de la Obra, director de la Casa Sefarad, en Córdoba: “olvidar el nombre que designa el horror, olvidar a la víctima, es sufrir una segunda condena”.

Subida a sus tacones altos, los labios rojos de carmín, la risa poderosa (la irreverencia como una conquista), las gafas de pasta y el pelo desordenado (ala de cuervo negra), Elsa es, en verdad, uno de los “Angeles de Charlie”. Repose en paix, Elsa.

Francisco Ortiz

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Artsenal

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