Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 22, Opinión
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Carta a Gurb

Por J. L. Castro Lombilla / Ilustración: Lombilla

Estimado Gurb:

Hoy pensaba narrarte un hecho sorprendente relacionado con la infanta Cristina y su verruguita; sí, esa verruguita que tanto hermosea su juvenil rostro. Yo iba a contarte cómo la infanta, al modo de las madres desnaturalizadas de los melodramas decimonónicos, había dejado a su verruguita en el portal de mi casa con un cartelito muy sentido que decía: «Si dejo aquí a mi verruguita es porque no quiero que ella sufra los infortunios que me afligen. Por amor de Dios, no la abandonéis. Firmado: Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad de Borbón y Grecia». Después, por supuesto, quería referirte con detalle cómo yo, conmovido por la nota manuscrita por el mayordomo de la infanta, me he hecho cargo de la verruguita cuidándola y amamantándola con mis cinco pechos para que crezca fuerte y pueda hacerse de mayor una verruga como Dios manda.

Y te iba a contar cómo charlamos tan ricamente los dos, porque la verruguita ha salido a su madre en eso de ser buena conversadora. Por ejemplo, si yo le pregunto: «¿Te ha gustado la sopa, verruguita?», ella, con la gracia que caracteriza a las verrugas borbónicas, siempre me contesta: «No lo sé, no recuerdo, no me consta…». También había planeado mencionarte que la verruguita, aunque vive muy feliz conmigo, carga sin embargo con una pesada piedra de amargura al pensar en los sufrimientos tan inmerecidos que está padeciendo su querida madre. Tanto la verruguita como yo estamos de acuerdo en que con la infanta se está cometiendo una terrible injusticia, pues si bien pudiera ser que Cristina hubiese hecho esas cosas tan malas que se le imputan, nadie puede demostrar que Federica, ni Victoria, ni muchísimo menos Antonia de la Santísima Trinidad hayan cometido delito alguno… Todo esto y más (como la simpática imitación de Iñaki Urdangarín que suele hacer la verruguita poniéndose de perfil con un brazo doblado a la manera de las figuras egipcias), pensaba contarte hoy, querido Gurb, cuando la rabiosa actualidad llamó a mi puerta para interrumpirme la escritura. Y no veas cómo está de rabiosa: tiene unas barbas asquerosísimas, llenas de piojos y fanatismos que es que da asco verla.

Además, lleva una cimitarra que no te puedes ni imaginar. Yo por educación la he hecho pasar, claro, y hasta le he ofrecido un café, pero la rabiosa actualidad me ha ladrado que no, que eso del café es bebida de infieles y que ella lo que quiere es hablar de Mahoma. Y qué pesada se ha puesto hablando de Mahoma, Gurb: que si Mahoma para arriba, que si Mahoma para abajo, que si viva Mahoma manquepierda y que hay que ver los muslos tan ebúrneos que tiene Mahoma… ¿Tú te acuerdas de esas visitas pesadísimas que iban a casa de Zipi y Zape en los tebeos…? Pues peor. La rabiosa actualidad, con toda la hediondez que le sale de la barba y el cerebro, me está dejando además el salón perdido de sangre, la muy guarra. En fin, Gurb, hijo mío, que hoy no voy a poder hablarte de la infanta como habíamos quedado porque la actualidad, esta rabiosa, colérica, fundamentalista y asesina actualidad me tiene ocupadísimo pensando en lo miserables que pueden llegar a ser algunos seres humanos.

Sin más, me despido de ti pero dejándote, porque creo que son muy convenientes hoy, unas palabras del discurso con el que Charles Chaplin finaliza su espléndida película El gran dictador: «Luchemos para liberar al mundo, para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia. Luchemos por el mundo de la razón».

Tuyo afectísimo:
José Luis Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

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