Número 23, Opinión
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Análisis: El Corán de Jefferson

Por Francisco Ortiz

Editorial

    Análisis

De Rabat a Sanaa, de Túnez a Damasco, del Magreb a Oriente Medio, una ola de cambio está sacudiendo el mundo árabe. Las ondas de este tsunami político se están sucediendo sin tregua, y aún alcanzan las orillas más lejanas. Esta descomunal transformación está teniendo lugar ante nuestros ojos, a gran velocidad. Y no tenemos la posibilidad de hacer ningún balance, ninguna conjetura, ante este fenómeno imparable.

¿Cómo entender estos cambios? Ya lo decía Abraham Lincoln: “Los dogmas del tranquilo pasado son inadecuados para el tormentoso presente. La ocasión está tapada de dificultad, y debemos estar a la altura de la situación. Así como es nuevo nuestro caso, deberán serlo nuestras formas de pensar y de actuar”. En efecto, para resolver los viejos problemas de la región emerge ahora una nueva manera de encarar la realidad árabe. Después de décadas de regímenes autócratas, los árabes han despertado pidiendo libertad, dignidad y trabajo. El tremendo desafío invita a saber combinar nuevos dogmas, otros desarrollos colectivos, que superen los esquemas políticos de Occidente. En estos procesos, sin embargo, no hay manual de instrucciones, hoja de ruta ni mapa a seguir. Las Primaveras Arabes son la nueva respuesta.

Sin embargo sí que estamos a tiempo de entender algunos elementos de las revueltas en Dar-al-Islam, la Casa del Islam. Lo primero que salta a la vista es su carácter popular, en su pleno sentido. Los ciudadanos se han movilizado, sobre todo los jóvenes, de una manera espontánea, sin que otros actores políticos los hayan liderado. Los gritos de dignidad humana en Túnez, El Cairo, Damasco, Ismailía o Bengasi, lanzados por una población joven y marginada, nos envían el mensaje de que una nueva generación ha retomado la antorcha de la libertad.

Otro elemento clave nos lo aporta Jesús Núñez Villaverde, Codirector del IECAH, el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria. Según Núñez, un catalizador de la movilización ha sido el papel que han jugado las comunicaciones sociales, empezando por las cadenas de televisión como Al Yazira, cuyo impacto en la creación de opinión ha sido más que evidente. Las redes sociales en Internet, como Twitter y Facebook han facilitado la organización de las protestas a una escala regional, reforzando así la sensación de no estar solos. Los estilos auto-organizadores han desmantelado “los viejos dogmas del tranquilo pasado”. Un ejemplo lo tenemos en el Movimiento 20 Février, en Marruecos, muy dinámico, a pesar de que el gobierno se empeña en acallarlo. Jóvenes blogueros como Selma Maarouf, Hilana Flip y Tifraz Idura merecen nuestra admiración por su lucha.

Túnez, una revolución razonable

Para el escritor Juan Goytisolo la revuelta tunecina, la Primavera de los Jazmines, es una genuina revolución democrática en el seno del mundo árabe. Desde el golpe de 1987, el régimen del presidente Zin al Abidin Ben Alí, considerado el heredero de Habib Burguiba, tenía ya establecido un pluralismo consensuado. En la carrera electoral sólo tenían serias opciones el partido de Ben Alí, la Unión Constitucional Democrática (RCD) y aquellos candidatos que afirmasen su lealtad personal al presidente. Pero los escándalos político-financieros afectaron a la élite gobernante, y la sucesión quedó en entredicho. Las luchas de clanes, con la primera dama, Leila Ben Ali-Trabelsi, al frente, colocaron el quinto mandato presidencial en estado de alerta. A ello hay que añadir la paulatina creación de un estado policial, acosando a la oposición política y criminalizando las opciones del islam político. La persecución y la vigilancia policial se han cebado con una gente consciente de sus derechos cívicos.

Portada del Corán en inglés, edición de 1764, en la Library of Congress.

Por su parte, el ejército de Túnez ha sabido entender el mensaje del pueblo, permitiendo la libre expresión ciudadana. Su neutralidad facilitó y canalizó el hartazgo de la juventud, que ya no aceptaba un régimen basado en el liberalismo consumista, tutelado por el autoritarismo policial. El detonante de la llamada Revolución de los Jazmines fue la inmolación en diciembre de 2010 del joven Bouzid, y las denuncias de corrupción, filtradas por los cables de WikiLeaks. El 14 de enero de 2011 cayó el presidente Ben Alí.

Luego de un período de gobierno del islamista moderado Rachid Gannouchi, del movimiento Ennahda, las elecciones de octubre de 2014 han sido ganadas por el partido Nida Tunes, liberal centrista. Este partido se pone al frente de un gobierno de coalición con otros partidos demócratas, como un recambio del Ennahda. La transición en Túnez está siendo posible, la normalidad en términos de estabilidad política está demostrando que la Primavera Arabe es la solución, no sólo al extemismo yihadista sino también al obvio neocolonialismo de Occidente.

Yemen, la revuelta poliédrica

Guerra parece ser el nombre de pila de este pobre país. Ya en 2004 empezó una guerra contra los rebeldes de la minoría chiita zaidí, la cual duró hasta 2009, causando miles de víctimas. Según Laurent Bonnefoy, Yemen se ha convertido en una base de retaguardia de Al Qaeda. Esto supone un grave riesgo para Arabia Saudí, que puede ser golpeada desde el santuario terrorista yemení. Por su parte, los bombardeos americanos, autorizados por el gobierno yemení, golpean en diversas ocasiones tanto a ciudades del Norte como del Sur del país. Además está el desafío secesionista del Sur, con el jeque Tarik al Fadhli como líder yihadista. Este veterano de Afganistán siempre contó con las simpatías del difunto Osama Bin Laden. Las manifestaciones que reclaman la secesión de Yemen del Sur afectaron a la legitimidad del régimen del presidente Saleh.

Las múltiples crisis del Yemen han socavado al gobierno, que acusa los costes de la guerra. Para colmo de males, la revuelta democrática ha cuestionado al jefe del Estado, Alí Abdallah Saleh. El régimen actual se sostiene sobre un clan familiar, que controla los mecanismos del poder: ejército, policía. Tras el atentado contra Saleh, atribuido al clan Al Ahmar, las luchas en Sanaa han causado un reguero de víctimas. Ello implica que la violencia va a continuar en el medio plazo. El clan familiar se mantiene, a pesar de todo, y resiste, tras 30 años gobernando. Se puede decir que ha estallado una guerra entre clanes o lo que es lo mismo, un conflicto de carácter tribal.

Exiliado el presidente Saleh en Riad, parece ser que es el gobierno de Arabia Saudí el que gestiona sus asuntos y su posible retorno. Pero ello no va a implicar un cambio de régimen. No habrá pues un vuelco hacia la democracia, como pide el pueblo, sino un relevo de poderosos actores políticos. De este modo, se van a mantener los intereses de las élites. La cooperación de parte del ejército, leal al expresidente Saleh, con los rebeldes chiíes, parece ir en esa dirección.

El gobierno del actual presidente de Yemen, Abd-rabb Mansur Hadi, se encuentra amenazado pues por los rebeldes chiitas del Norte, agrupados en el partido Ansarullah, quienes ya han tomado Sanaa; por AQPA o Al Qaeda de la Península Arábiga, cuyos avances son decididos, y por los secesionistas del Sur.

El apasionante levantamiento popular creado por la juventud yemení en 2011 consiguió aunar las distintas opciones en torno al lema “Irhal!” (¡Apártate!). Sin embargo, este movimiento radical y pacífico ha sucumbido al empuje de estos poderosos actores políticos. Quienes defendieron durante la Primavera Yemení un Estado civil y pacífico se ven ahora abocados a recurrir a la violencia para revivir el Estado, hoy inexistente. Bien es verdad que para Yemen la primavera árabe se ha convertido en un invierno islamista, una “temporada en el infierno”.

Ejemplar del Corán de Jefferson abierto.

“El tormentoso presente” de las revueltas frente al yihadismo

¿Qué van a hacer los Estados Unidos ahora? El presidente Barack Hussein Obama lanzó un discurso en la Universidad Islámica de Al Azhar, en El Cairo, dirigido al mundo árabe. En él abogaba por buscar una nueva relación entre los musulmanes del mundo y los Estados Unidos. Su idea-fuerza es que el Islam siempre ha formado parte de la historia de América. De hecho, dice Obama, el primer país que reconoció la independencia americana fue Marruecos. Además, el primer musulmán americano elegido en el Congreso juró defender la Constitución americana haciendo uso del Corán que Thomas Jefferson tenía en su biblioteca personal. Y es que en 1765 el tercer presidente americano adquirió un Corán para su estupenda colección de Monticello.

En cierto sentido el ideario jeffersoniano ha inspirado las revueltas democráticas árabes. Jefferson creía que este mundo pertenece en exclusiva a la generación del momento. Cada veinte años, más o menos, deberían promulgarse leyes nuevas en una convención constitucional. Es el modelo de lo que ha sucedido en Túnez.

La elocuencia del presidente Obama ha influido en el cambiante oleaje de los jóvenes árabes, en especial en Egipto y Túnez. Pero las palabras han agotado su capacidad de encantamiento. Se necesitan hechos, es la hora para América de aplicar sus valores, sus principios, a las transiciones en curso en Túnez, en Egipto, en Yemen. La inspiración de la democracia jeffersoniana puede agotarse, sin un impulso decidido. El tiempo corre en contra de la administración Obama.

Pero cuidado, sólo ellos, los árabes, son los que deben protagonizar los cambios. La idea occidental de que los árabes en política son pasivos y nada interesados por las aspiraciones democráticas ha sufrido un tremendo revés. No obstante, puede que el panorama no esté aún claro, que “la ocasión está tapada de dificultad”, que la movilización permanente se agote o bien sea manipulada por otras fuerzas políticas. Además, aún no hay estructuras sólidas para organizarse ni líderes que galvanicen a la población.

Según Jesús Núñez los mejor preparados son aquellos que piden, que reclaman, una nueva posibilidad política. El islamismo político denuncia con eficacia la corrupción, la falta de eficiencia de los poderosos. Su inteligente estrategia les lleva a atender a los más necesitados, en una suerte de solidaridad religiosa que forma un nuevo tejido social. Es posible, por tanto, que los islamistas moderados, cuyo modelo es Túnez, obtengan una significativa ventaja cuando se den elecciones libres en el seno de Dar al Islam. De hecho, hay un creciente sentimiento antioccidental, apoyado en el rechazo a los regímenes anteriores.

Occidente no reconoce la amplia base social de la oposición cuyas señas de identidad son tradicional-islámicas. Pero tanto los Hermanos Musulmanes en Egipto como el movimiento Ennahda forman ya parte del paisaje político. Deben ser integrados en la arena política como un actor político más. Además, los diversos grupos islamistas han aggiornado su léxico electoral y han buscado acciones comunes con socialistas (es el caso de Yemen), o con cristianos (en Líbano).

Las causas que la juventud radicalizada defendía en su aventura yihadista tienen más posibilidades de ser atendidas por gobiernos salidos de las revueltas árabes. La lucha contra la corrupción, el clientelismo, la represión policial, ha sido catalizada en más participación, más democracia en clave nacional, y en una genuina renovación generacional. Todo ello le está restando argumentos al fanatismo de los seguidores de Daesh. Son pues, las revueltas democráticas las que están teniendo impacto en la capacidad de movilización de los radicales.

También es cierto que la opinión pública musulmana sigue viendo los desequilibrios colonialistas a favor del estado de Israel, y el apoyo descarado de Francia y de los Estados Unidos. Esta situación de impunidad alimenta todos los días a quienes no se ven representados por gobiernos amigos de ese eje del mal, como ocurre con el Egipto de Al Sisi. Son esos jóvenes los que dan la espalda a este estado de cosas para abrazar la lucha armada.

La grandeza del tsunami político árabe está en que se ha demostrado que es posible derrocar gobiernos autoritarios sin caer en manos de los secuaces del Califato Daesh, o de Al Qaeda y su islamismo fanático.

Francisco Ortiz

Francisco Ortiz

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