Alaminos, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 20, Opinión
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Y el mito se hizo hombre

Por Juanma Velasco / Ilustración: Jorge Alaminos

Si las hipótesis pierden su encanto tanto al demostrarse como al desmentirse, con los mitos ocurre parecido, que cuando se acercan, cuando se vuelven cotidianos, incluso tangibles, pierden esa condición y se nos antojan banales, incluso ridículos en determinadas ocasiones. La incertidumbre que provoca lo entrevisto cuando se alea con lo posible, constituye el mejor estimulante para mantener la esperanza abierta.

Pablo Iglesias, el nombre más escrito y pronunciado en el último año en cualquier contexto español, a pesar incluso del veto nominativo de RTVE, comenzó siendo una de esas hipótesis fundamentadas, uno de esos mitos que, propiciados por su escasa presencia en los medios, dio sus primeras señales de existencia en modo rumor, como uno de tantos hijos de la niebla que buscan hacerse un hueco perdurable en el bosque ideológico de la colectividad. Pero en el año cero del calendario Podemos, Pablo Iglesias emergió del universo asambleario, uno de esos múltiples universos paralelos, tan minúsculos como activos y que sólo conocen quienes habitan en ellos mismos o en alguna intersección cercana, para viajar en el espacio-tiempo y aparecer en nuestras cocinas y salones de la mano de algunos medios de comunicación convencionales que comenzaron a tratarlo más como un fenómeno que como una alternativa.

Ya antes de las elecciones Europeas, su nombre y su coleta identitaria traspasaron la blogosfera y se entrometieron en esas radios y televisiones situadas muy al Oeste de la derecha del padre. Los más de 1,2 millones de votos obtenidos por Podemos, una formación que mantuvo la efigie de su líder en las papeletas de voto, pusieron de manifiesto que había demasiados españoles dispuestos a echarse las urnas por montera, que era más conocido el hombre que la organización, y que el PP y el Gobierno no habían sido capaces de sellar todos los medios con la argamasa de su totalitarismo.

Con la multiplicación de sus apariciones, el mito fue dejando paso al hombre. A medida que Pablo Iglesias se fue entrometiendo en nuestras sobremesas, en la prensa generalista de cada día, fue perdiendo esa condición mítica de aquéllos sobre los que se vierten más especulaciones que certezas.

La utopía con la que venía bajo el brazo se fue desdibujando hasta parecerse al pan. Cuando las encuestas y las comadres en los patios de luces le advirtieron de que podría ser el próximo presidente del gobierno, su discurso comenzó a contaminarse de terrenalidad, se desdijo de algunas bienaventuranzas imposibles, abandonó la levitación como conducta, adoptó la seriedad como estilo de decoración de su semblante, perdió el desenfado de quien no compite en las ligas mayores, perdió igualmente su condición de hipótesis y dejó, definitivamente, de militar en la categoría de los mitos para ingresar en la de los políticos.

Nada reprochable en la transformación descrita porque sobradamente es sabido que Elvis Presley no hubiera podido gestionar los Estados Unidos con sus baladas y sus drogas, ni Lola Flores ocupar el ministerio de Cultura con su taconeo populachero, ni Maradona hubiera sido capaz de gestionar con orden el ministerio de Sanidad argentino desde el polvo de su divismo. Pablo Iglesias ha iniciado su proceso de asentamiento en el escaño de lo probable, situándose en el lado cauteloso de las declaraciones, en algunos silencios del posiacaso, dejando aflorar, tras la incomodidad de algunas preguntas con curare, esas dudas inexorables que vienen de serie con cada ser humano, alejándose, por prudencia programática, de la promesa vacua y mitinera. Porque aunque Pablo Iglesias sigue transcurriendo con los brazos de la protesta levantados, ya no los agita con la misma fiereza que cuando no era siquiera una intención.

Algunos lo preferimos así, más encalmado, más encauzado, más consciente de que esa energía oscura que no aparece en los discursos, la que sólo se manifiesta a través de los fondos de inversión judíos y emiratíes, a través de la compra silenciosa de la deuda pública por China y de docenas de nigromancias económicas insospechadas; esa energía oscura que no es perceptible por el electorado, o por la ciudadanía, según épocas; tiene reservado demasiado espacio invisible en los programas electorales y se halla presente tras algunas decisiones o Reales Decretos que se antojan no sólo incomprensibles sino incompatibles con el bienestar social.

Pablo Iglesias ya debe saber a estas alturas que gobernar es servir. A los de arriba y a los de abajo. Pablo Iglesias, en tan sólo un año escaso de existencia más o menos pública, ya debiera ser consciente de que su pelo tiende precipitadamente a gris, como el del ya legendario Gandalf. Más que de mitos estamos necesitados tan sólo, tan sólo, de tipos honrados y capacitados, cuanto menos, como para no tener que escudarse siempre tras un papel escrito cuando declaran sus principios. Bienvenido a la Humanidad, Pablo.

Juanma Velasco

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Jorge Alaminos

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