Número 21, Opinión, Tonino Guitián
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Una disculpa

Por Tonino Guitián / Ilustración:  Joaquín Aldeguer

Es tradición escribir una columna sobre los acontecimientos del año cuando éste llega a su fin y, como toda tradición, es algo un poco absurdo; se rememoran los acontecimientos desde el pasado enero, para dar una idea de cómo pasa el tiempo y de lo rápido que nos olvidamos de la gente que se ha muerto, para lo cual se hace una lista de conspicuas defunciones a fin de embargar emocionalmente al lector. Luego vienen los artículos sobre la historia del portal de Belén o las esperanzas del año venidero, siempre generosas pero de carácter humilde porque a ninguno se nos ocurre expresar con claridad lo que arde en el corazón de la gente, ya que nos meterían a todos en la cárcel.

Afortunadamente estas fechas rememoran, como en el cuento de Dickens, todo lo que fue y lo que pudiera haber sido, creando la ilusión de que si dejamos de calibrar las cosas racionalmente puede ocurrir algo inesperado, gratuito y desconocido que nos saque de nuestras miserias. Es asombroso el ser humano, al menos para mí, que no tengo necesidad de distraerme de la realidad para encontrarla tan fascinante como la fantasía, tan aleatorias ambas, tan probables una y la otra.

Para acabar bien el año, que es lo mismo que para existir el resto del tiempo, hay que disculparle muchas cosas a la realidad. En primer lugar, que se parezca tanto a la necesidad, y que no sea la misma para todos… aunque a veces también pienso que en esto pudiera estar equivocado. En segundo lugar hay que disculparla por nuestra felicidad, por creer ingenuamente que en algún momento nos pertenece cuando es dominio absoluto de la coincidencia. Y por último, aunque no existe nada que sea lo último, a la realidad hay que disculparle las comparaciones. Ha habido unas terribles comparaciones, como siempre, pero este año nos han regalado muchas más debido a las injusticias: nos hemos comparado prácticamente con todo el mundo y nos hemos tuteado con la soberbia que nos caracteriza con los africanos del ébola, con los hambrientos de Asia, con las crisis de Latinoamérica, con los emigrantes que cruzan las vallas, con los que duermen en chozas sin saber qué hay sobre sus techos ni bajo el piso, con los que pelean a muerte por ser independientes de los que que les someten, con las guerras presentes comparándolas a las nuestras pasadas. Aunque estemos todos juntos contando los últimos doce segundos del treinta y uno de diciembre, hemos pasado por alto muchísimos segundos vitales de todo el año sin ponernos a pensar dentro de la cabeza de los otros.

Nuestros amores han pasado cortésmente y los hemos reemplazado por nuevos. Con demasiada educación, también este año, hemos sido fríos e intransigentes. La noticia de aquel terrible accidente, ¿nos emocionó demasiado por conocer a alguna de sus víctimas? ¿nos conmovió poco porque nos sentimos vacíos? ¿le buscamos el sentido y sólo se lo encontramos pensando que pudiera habernos pasado a nosotros? Aquella persona que lo perdió todo, ¿acudimos en su rescate, nos hicimos una historia moral con la suya o nos bastó haber sido testigos a través de una pantalla? Fuimos demasiado vehementes con aquellos que tenían las heridas abiertas. Justificamos lo que creíamos que estábamos persiguiendo cuando lo tuvimos delante. Ni siquiera tendimos la mano cuando hubiera bastado mover un sólo dedo. Y también nos hemos reído de las más sencillas esperanzas, ¿dónde van estos? ¿quién se han creído que son? ¿cuándo se ha visto algo semejante? y usamos para ello todas las preguntas del decálogo del periodismo. Nos hemos comparado sin embargo, y mucho, con lo malo para justificarnos: nunca se había hecho un uso del “y tú más” como en este año, para acabar el Gobierno con una maravillosa declaración de que todos somos de alguna manera delincuentes: unos más pequeños, unos más grandes, pero en el reparto de culpas es en lo único que nos han hecho a todos iguales.

A quienes no hemos visto este año han sido a los aciertos. Nos han querido vender muchos, eso sí, pero en muy poco tiempo se nos han caducado todos. Así que el año que viene son ellos los que más oportunidad tienen de aparecerse, aunque creo que si alguien no le da un poco de cancha a la Verdad con mayúscula y a nuestras verdades con minúscula, me parece que a lo mejor ni se presentan: para perder el tiempo en un país donde no pasa nada es mejor que se queden en casa.

Tonino Guitián

Tonino Guitián

Joaquín Aldeguer

Joaquín Aldeguer

1 Kommentare

  1. Pedro Carrasco Pérez dicen

    Mis disculpas a la realidad y espero que la realidad me pida muy pronto a mi también disculpas. Carbón , mucho carbón , para los distorsionadores diarios de la cruda realidad. Tengo sólo un derecho y éste es el de quejarme amargamente . Espero que éste tampoco me lo distorsionen o amordacen. ¡¡¡¡Muy bueno!!! Tonino.

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