Ángel Vilarello, Deportes
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Running, desmontando mitos

Por Ángel Vilarello. Miércoles, 10 de diciembre de 2014

Ha sido una jugada maestra. Me imagino que todo comenzó en una reunión de jefazos de grandes superficies y tras largas horas de debate sin que ninguno descubriese ese producto definitivo, algún creativo genial levantaría tímidamente su mano desde un rincón para sugerir algo impensable, animar a la gente a correr. También imagino las primeras miradas mezcla de incredulidad y desprecio que recibió el gafapasta, pero en un alarde de agilidad mental y antes de que lo echasen a gorrazos, se puso en pie, y cual protagonista hollywoodiense, alzó su mano al cielo  gritando: “y lo llamaremos running”. Se acababa de gestar el nacimiento de un lucrativo negocio. Venderemos zapatillas a más de 100 euros dijo Decathlon; y camisetas y pantalones a 50, anunció Forum Sport; las llamaremos prendas técnicas exclamó El Corte Inglés; y yo venderé relojes con gps gritaba Mediamarkt; yo llenaré pasillos con libros de motivación manifestó la Fnac; y yo haré campañas temáticas cada mes cuchicheaba el Lidl, mientras el resto se preguntaban qué demonios hacía allí el alemán.

Fruto de una autoestima decadente, soy lo que los expertos en marketing llaman  target, un objetivo claro y fácil para sus campañas. No se equivocan, soy víctima continua de todo tipo de modas. Trastornado por la televisión me dije aquello de “como no es lo mismo contarlo que vivirlo…” y me puse manos a la obra, o pies al asfalto, o como se diga. Y ahí estaba yo, dispuesto a devorar kilómetros, con mis deportivas energy boost, camiseta dry-fit, pantalón climacool, con 200 pavos menos en el bolsillo y una mezcla de colores fluorados de dudoso gusto estético. Antes, lectura obligada de blogs y gurús deportivos para mentalizarme y como uno siempre ve lo que quiere ver, sólo veía cosas positivas: mejora de la salud, disfrutar de paisajes, liberación de endorfinas, contacto con otros corredores (perdón, runners), etc. Esto engancha dicen y se disfruta cada kilómetro. Falacias.

Tras unas primeras semanas de autoengaño, de paso suave y distancias cortas, para ir adaptando el cuerpo a los futuros esfuerzos, llegó la hora de ponerse en serio. Amante como soy de la procrastinación (esta palabra siempre me suena a delito), la pereza y la dejadez, me impuse un plan de entrenamiento para correr una media maratón que no dejaba ni el más mínimo resquicio a mi gusto por los pecados capitales.

Semejante inversión de tiempo y dinero exigía rápidamente una satisfacción del ego, así que renegando de esa burda mentira de que uno compite contra sí mismo, pronto fijé la primera víctima. Jubilado a la vista, a ritmo cansino, a por él. Señorita  fashion victim que parece a punto de abandonar, a por ella. Curiosamente, es cierto que cuando uno corre, le embargan los más variados pensamientos y en ese preciso instante viene a mi mente la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, y cómo el espacio se deforma en función de la velocidad. Algo así debe estar pasando, pienso, pues a pesar del esfuerzo y que las pulsaciones comienzan a dispararse, los primeros objetivos se alejan cada vez más y más. No puede ser, me imagino fluyendo sobre el asfalto, con movimientos gráciles, perfectamente acompasados, casi de portada de revista, hasta que un cruel escaparate muestra lo que debe ser mi otro yo, desencajado, cuerpo escombro, pidiendo la puntilla, que salgan las mulillas y me arrastren terminando ya con esta lenta agonía.

No se dejen engañar por una ligera mejoría en sus tiempos y distancias, es parte de este maléfico plan. Uno fuerza un poco y llegan los dolores, visitas al fisio y al centro comercial para comprar lo último, no sea que esta lamentable estampa sea culpa de las zapatillas o de un desayuno carente de magnesio y oligoelementos. Por si esta tortura continuada no fuera suficiente, casi sin darte cuenta, empiezas a ver a tus deseadas magdalenas y añorados pastelitos como un ejército de azúcares refinados y grasas saturadas dispuestos a destrozar tus planes y establecer bases de operaciones permanentes en tu barriga, reforzando esa timidez de tus abdominales, que se niegan a aparecer. ¿Qué fue de nuestro amor? te preguntas mirando una galletita con mirada tierna. Querida, tenemos que hablar, esto ha terminado, no eres tú, sino yo.

Cumplí mi plan al dedillo, aunque no quise correr la media maratón. No sería apropiado tentar la suerte cardíaca intentando seguir el paso de atletas de verdad. Quedaría feo morirse en la tele, sudado y vestido como una piñata. Mi madre no me lo perdonaría. Muchos kilómetros después y con un 10% menos de peso tras cinco meses de sufrimiento masoquista, me pregunto por qué estoy haciendo todo esto. La respuesta es simple, por lo mismo que hacemos la mayoría de las cosas en esta vida (dejo a cada cual intercalar su reflexión). Sólo espero que mi experiencia le sirva a otros. Mi consejo: pónganse a salvo, aún están a tiempo. Para mí ya es tarde, mañana volveré a correr. He caído en sus fauces.

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