Fran Sevilla, Número 21, Opinión
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Rematar a los poetas muertos

Por Fran Sevilla

No sé si se habrán dado cuenta de una cosa, pero cuando soñamos, generalmente lo hacemos mediante una sucesión de imágenes que beben del lenguaje fílmico. Sometidos como estamos a un constante bombardeo audiovisual en nuestro día a día, no es de extrañar que mientras dormimos nuestra mente ordene recuerdos, miedos o anhelos a través de un montaje cinematográfico. En que mediante planos generales o medios, da igual si primerísimos planos, unas veces estáticos y otras mediante enrevesados movimientos de cámara, pasamos a ser el actor principal de unas secuencias escritas y dirigidas por el Dios omnipotente y creador que habita dentro de todos nosotros. Y que todo sea dicho, es un gran aficionado al cine porno que admira la obra de realizadores como Tinto Brass, Jess Franco o Kōji Wakamatsu. ¡Qué gran placer despertar en plena orgía, en un módulo de aislamiento de una prisión femenina!

Hasta tal punto que no sabríamos qué fue antes, si el huevo o la gallina. ¿Surge el lenguaje cinematográfico con sus recursos, como una proyección de la forma en que nuestra mente ordena las imágenes mientras soñamos? ¿O la forma en que soñamos es consecuencia de un bagaje fílmico previo? Sea cuál fuese la respuesta que diésemos a esa pregunta, una cosa parece clara. Y es que el cine es una herramienta poderosa, capaz de condicionar nuestra memoria colectiva. Que desde mediados del siglo XX ha servido para implantar modelos de conducta a nivel global, a través de la imparable maquinaria publicitaria usada por la industria de Holywood. Así, del mismo modo que el comunismo nunca podría haber derrotado al capitalismo, pues el capitalismo tenía la música rock, la música rock nunca podría habernos hecho enteramente libres, pues ahí estaba el cine de Holywood para condicionarnos moralmente y que no dijésemos a caminar sin rumbo, como en una canción de Bob Dylan.

Sería fácil por tanto psicoanalizar el estado anímico colectivo, las vivencias de una generación, en base a aquellas películas del cine de Hollywood que les marcaron y que formaron parte de su proceso de aprendizaje. Mimetizando en sus propias vidas frases y gestos descontextualizados, una versión perversa del poeta mojabragas que a los cuarenta sigue usando toda su retahíla de malditismos para intentar seducir a adolescentes. Tócala otra vez Sam, pero años después Ornette Coleman quiso que ningún blanco pudiese volver a decir a un negro lo que tenía que tocar, subiéndose a prender fuego a los escenarios en forma de performances terroristas, dando forma al jazz que estaría por venir. Porque en los años 60, Sam se alistó en los Pantera Negra.

Y si hubo una película que dejó por encima de cualquier otra una huella deleznable en mi generación, y cuyas peligrosas consignas que tan bien supieron disfrazar entre cursilería y algodones de azúcar siguen siendo repetidas en bares cuando la gente alza sus copas para brindar, ésa fue sin duda El club de los poetas muertos. Una película que vista en la adolescencia debía dar un subidón comparable al de leer a Paulo Coelho tras salir de una consulta psiquiátrica puestos de prozac y whisky. Que sirvió para que incluso los que no conocen una sola palabra del latín, sigan declamando de forma autómata ese himno generacional que es el Carpe diem. Grito de guerra para un movimiento cultural que algunos llamaron indie, otros hipster. Aunque ambas definiciones yerren en su intento clasificatorio, movidas por un sesgo de enaltecimiento intelectual tras el que sólo se esconde el vacío.

Ya que en realidad, esa generación que yo denomino Low Cost abarcaría también al cani poligonero de barrio, al pobre albañil subido desde los 17 años a un andamio para pagarse el Audi y la coca, al pintabodegones de mierda adalid de la mística figurativa que aún sueña en pleno siglo XXI con seguir pintando borbones, ¡manda cojones!, al séquito de oenegistas y promotores culturales que viajan siempre en primera clase, todo por el interés ciudadano, al político corrupto en barquito velero haciéndose selfies con narcotraficante al fondo, a las putas de nuestras hijas soñando con ser princesas, da igual si la Leticia, con c de menuda cirugía me hice en mi nariz, o la Esteban.

Carpe diem, por tanto, para la generación Low Cost. Un Carpe diem desprovisto de bagaje humanístico y tradición filosófica, desmitificado. Ya que lo importante en esta sociedad de consumo en la que vivimos es la inmediatez y una persecución constante del placer. De nuevas experiencias que borren las previas y su poso amargo, sin que quede lugar para la nostalgia. Una acumulación de vivencias sin matizar en un constante frenesí y joie de vivre sin acantilados.

En sus portadas la música indie nos mostraba postales idílicas de veranos eternos, nadie quiere vivir ya en la quietud e inmovilismo del otoño, pues sumidos en su melancolía podríamos vernos abocados a la introspección, mirando dentro de nosotros mismos. Canciones para treintañeros reivindicando su derecho a seguir comportándose como adolescentes, una vida llena de envoltorios de regalo que no cesan de abrirse, el mito de Alicia cuya infancia fue despojada sustituido por el de un perpetuo síndrome de Peter Pan, hombres-niños con corbata de ejecutivos que se niegan a crecer y adquirir responsabilidad ante la vida, tarjetas black y Robin Williams ora haciendo de poeta, ¡Carpe diem!….

Vive cada día como si fuese el último, cierra todos los bares, coge un vuelo en el fin de semana hacia Londres, pues mañana podrías estar muerto. ¿Y si la muerte llega a ti mientras estás a solas contigo mismo? ¿y si la muerte llega a ti mientras llorabas, enfrentando a tu propio reflejo en el espejo, aquel en el que ya no te reconoces?

…Robin Williams haciendo también de Peter Pan, sé un eterno niño y folla como follan los hombres-niño, sin analogías ni implicaciones psicológicas, polvo a las 21 y gimnasio a las 18, flexiones corporales constantes, cuida tu cuerpo y mantenlo eternamente joven. Estás a punto de morir, cualquier día podrías morir, así que no pares de acumular placer, no frenes. Ten sexo esta noche con cualquier desconocida y escapa después de forma furtiva, bajo ningún concepto quedes abrazado a ella y a la quietud que implica compartir risas al día siguiente mientras leéis el periódico con un café, ten muchos follamigos o follamigas. Y si te echas pareja, llenad vuestra agenda de actividades, nunca os quedéis a solas en casa. Si viajáis hacedlo siempre acompañados de otras parejas, que os ayuden a evadiros de la idea de que en realidad sois dos perfectos extraños compartiendo su soledad, y cuando no os queden amigos con los que viajar, entonces tened un hijo. Porque nunca tendrías por qué ser infeliz si sigues mis consejos.

¡Carpe Diem!, vive cada día como si fuese el último, acumula experiencias, viajes, colecciona MP3’s en tu teléfono móvil última generación, lo viejo nunca es válido, busca siempre lo nuevo, lo viejo es casta. ¿Necesitas más emociones que den sentido a tu vida en constante movimiento?, no te preocupes, hemos hecho nuevas series de televisión pensando en ti, porque sabemos que en tu vida ajetreada todo debe quedar contenido en pequeñas cápsulas preparadas para su consumo inmediato. Porque somos tan conscientes como tú de que el relato shakespiriano ya no es válido, y de que si construyes un personaje ficticio en base a la acción de un destino, todo se volverá previsible y aburrido. ¡Odiamos los finales previsibles carentes de emoción!, ¡veía venir que Macbeth no acabaría bien, qué malos guionistas! Ya que en mi día a día necesito nuevas experiencias, más placer, mañana podría estar muerto. Nuevos países, nuevos conciertos, nuevas exposiciones, nuevos artistas que sean originales y rupturistas con su pasado, nuevos amigos cuando los de toda la vida vayan quedando en el camino, encerrados en casa y asfixiados con una hipoteca. Evita cualquier cosa que te arrastre a la soledad de tu hogar, a estar perdido en tus pensamientos, a leer a Dostoievski un sábado noche. Nadie es más fracasado que el que se queda leyendo a Dostoievski un sábado noche.

Y sobre todo, cuando estés en público, sé siempre cómico, demuestra ser el más ingenioso. No te permitas caer en la introspección, ni rompas nunca el ruido con algo que parezca demasiado profundo y que de repente te haga estar desnudo frente a los demás, creando un silencio incómodo. Que tú mismo romperás al poco con otra broma, pidiendo otra ronda de whisky, alzando un nuevo brindis en el que alguien volverá a gritar, ¡Carpe diem!

Y yo digo que ya está bien. Que los poetas de aquel club de Robin Williams no estaban lo suficientemente muertos, y alguien debería terminar el trabajo. Que más valdría desenterrarlos, exhumar sus cadáveres, rematarlos y después incinerar sus restos, borrando las inscripciones en sus tumbas. Usando los rollos de celuloide del film a modo de combustible para alumbrar una hoguera, en una última escena sobre un mar invernal. En el que veamos a un niño volar una cometa, después dos disparos silenciosos, BANG, BANG. Porque como Takeshi Kitano nos enseñaba en ‘Hana-Bi’, a veces hay que pararse a observar el mundo que nos rodea, atreviéndose a apretar el gatillo. Y así después, tras el suicidio, poder renacer.

Fran Sevilla

Fran Sevilla

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