Jose Antequera, Número 20, Opinión
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Pablo

Por José Antequera / Ilustración: Artsenal

Y mientras Jaume Matas hace ensaimadas de arcilla en el taller de artesanía del penal segoviano, mientras Bárcenas escribe un novelón sobre las trapacerías del PP en su celda marrueca, en plan Cervantes, mientras Carlos Fabra proyecta un aeropuerto que pase por el patio de la prisión de Aranjuez, para darse el piro con un buen plan de fuga, y la Pantoja medita conciertos benéficos para las reclusas de Alhaurín de la Torre, Pablo Iglesias sigue frotándose las manos.

Pablo no tiene que hacer nada para llegar a la Moncloa, ya se lo dan todo hecho los manús, chorbos, fulanos y choris que han dejado España más tiesa que el bolsillo de Cachuli, que ayer le eché un ojo al biopic de Telecinco sobre los desfalcos malayos del exalcalde de Marbella y es un truño, gitana tú me quieres. A El Coletas, como ya lo conoce el pueblo llano, le basta y le sobra con sentarse en la puerta de su casa para ver cómo van pasando los cadáveres políticos en dirección a la trena. Se equivocan quienes quieren ver en Pablo a un populista bolivariano. Pablo es un comunista de la corriente Alcampo, la consecuencia lógica de un materialismo histórico que empieza en las barbas del patriarca Marx, pasa por la euroestafa de Carrillo y el cachondosocialismo renovador de Felipe González (más los proletas con chalé adosado de la UGT) y culmina en la teología de la liberación imposible de Anguita y Llamazares. La izquierda, históricamente, cuando no ha estado pegándose un tiro en el pie o perdiendo guerras o vendiéndose al gran capital ha caído en la utopía irrealizable. Y en ese proceso de renuncias y resignaciones ha entrado sin remedio Podemos, que empezó bordando rojo ayer y empieza a desteñirse hoy con las primerizas nieves del invierno. Esta película parece que ya la hemos visto antes. Hasta la cantinela de la OTAN (de entrada salida) es un remake felipista. A la primera sentada que han convocado para hablar del programa económico van y renuncian al impago de la deuda externa, al salario básico universal, a la salida del euro y a la jubilación a los sesenta, todo de una tacada. Esto ha sido un nuevo Suresnes, solo que sin exiliados famélicos con chaquetas de pana y con mucho tufo a porrete y mucho piercing. Si la reunión llega a durar una hora más terminan abrazando la democracia cristiana.

Los indignados, pobres de ellos, van camino de convertirse en resignados, y eso que a mí Pablo Iglesias me cae bien, no ya por su coleta, que eso me la pela, sino porque habla claro y sin miedo y porque está por encima de la media de los políticos en cuanto a cantidad y calidad neuronal. El nivel está muy bajo y luego pasa lo que pasa, que sale Cotino del juzgado, se trabuca delante de los periodistas, le traiciona el subconsciente freudiano y suelta eso tan extraño de “puedo haber metido la mano pero nunca la pata… aaay, perdón, al revés”. Ahí tiene el fiscal la confesión, ahí tiene el negro remordimiento aflorando y aflorando, más claro agua, que lo enchirone ya, coño. La política es una forma de maldad, decía Vargas Llosa, y Podemos ha llegado para luchar contra una maldad enquistada en nuestra clase política, endogámica, omnipotente. Pablo, samurai de la izquierda con perilla y quimono de cuadros, ninja de trenza caballuna y ojos achinados, mandarín del rojerío 15M, viene con una filosofía troskista postnovísima muy bien intencionada en lo teórico pero inalcanzable en lo práctico. Y eso que el chico lo tiene todo para triunfar: vasta cultura, piquito de oro, tirillas por tipitín y encima parece honrado. Es un pata negra como no se había visto otro desde los tiempos del gitanazo Isidoro. Hasta el apellido bíblico y fundacional de mesías de la izquierda le acompaña. Reúne la fuerza del compañero del metal y la fe ciega del minero. Cuando le escucho hablar con ese fervor racial, virginal, indómito, cuando le oigo soltar todas esas ideas elevadas y justas contra la casta (después de asistir atónito a las mentiras del follarín Monago, a las mezquindades de la repija Anita Mato y a los desprecios del indolente Rajoy para con los “salvapatrias de las escobas”) se me viene la urna a las manos con la papeleta morada de Podemos ya metida dentro y todo. Y sin embargo, hay algo que me chirría desde el principio en esta muchachada postrevolucionaria de nuevo cuño. No sé qué es, no sé si son las viejas tonadillas de la guerra en plan borrachuzo desafinado que suelta Monedero cuando se va de mitin, las becas sospechosas de Errejón o ese postureo que se traen todos en los cabarets televisivos de la Sexta. Ya lo ha dicho con acierto Joaquín Sabina: “Me pasa con Podemos lo de una canción de Serrat; me gusta todo de ti, pero tú no”. Y es verdad. Será que hemos visto tanto latrocinio que ya no nos fiamos ni de nuestra propia sombra. Será que nos han hecho perder la fe. Será que se nos ha metido en el tuétano la fría mentira. Qué será, será…

José Antequera

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Artsenal

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