Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 20, Opinión
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No digas que fue un sueño

Por Francisco Cisterna / Viñeta: Gatoto

No durmió bien aquella noche. Extrañas visiones de confidentes, gargantas profundas y políticos corruptos, encarcelados o en el banquillo, perturbaron su pulcro sueño británico. Espectrales Bárcenas, Bigotes y Urdangarines le susurraban al oído juramentos de venganza eterna que cumplirían en este mundo o en el más allá. Grandes titulares, con fenomenales exclusivas, le arrebataban el sueño: “Pablo Iglesias pillado in fraganti malversando servilletas de papel en una cafetería de Caracas”. “La Udef afirma que Monedero se guarda el cambio en su apellido sin conocimiento de Hacienda”. Otro: “¡Horror! La hechicera Bescansa zombifica a Chávez para amedrentar a los banqueros”. El delirio onírico le traía a la mente asociaciones imposibles: Pablo Iglesias llevando una pastilla de turrón de Alcampo al recluso Bárcenas en un dulce bis a bis navideño. Urdangarín enviando a sus amigos correos de Carolina Bescansa en bikini atravesando en bicicleta un verde prado lleno de amorosos corazoncitos. La incipiente sonrisa de su rostro dormido se truncó cuando el Bigotes y Al Qaeda tomaron los verdes prados de Carolina dispuestos a compartir un té moruno mientras negociaban una comisión para reivindicar de manera irrefutable la autoría del 11M. Pero ¿qué hacía Pedro J en este sueño asomado a una venta del subconsciente? Al despertar, se notó la cabeza pesada, más cargada que de costumbre, quizá producto de la agitada noche que había padecido. Incorporándose del lecho se atusó el cabello con la mano y pudo palpar una especie de apéndice capilar que le nacía de la coronilla. Alarmado, corrió al cuarto de baño en busca de un espejo y contempló atónito la extensión, el postizo, el injerto, la coleta que le había crecido de la noche a la mañana y que descendía por su nuca hasta el final del cuello. Intentó desprenderla de su nido con pequeños tirones para no lastimarse el cuero cabelludo, pero fue inútil. Al final, desistió y tomó perfil ante el espejo para contemplar la armonía del conjunto: No estaba tan mal, le aportaba un toque de aristócrata bucanero y escondía las rojeces originadas por el algorítmico roce de su cuello contra la almidonada camisa. Entonces recordó que todavía guardaba en algún cajón la colección completa de “Prendedores de cabello del mundo”, que regalaba todos los domingos el diario en el que trabajaba. Los ojos le brillaron y esbozó una sonrisa autocomplaciente.

“¡Paco, despierta ya! Déjate de siestas, que aún tienes pendiente el rosario y la intervención de los sábados en Radio María. ¡Despierta, hombre, que no te avienes a razones! Además, se te va a hacer tarde para ir al plató, y esta noche tienes debate. “¡Ya voy, mujer, ya voy!” “¡Y lávate la cara… a ver si te espabilas un poco!” “¡Cómo eres, mujer, cómo eres! En lo mejor del sueño, me despiertas a gritos… con la nochecita que me espera a mí con tanto indocumentado y cercado por milicianos, ¡porque ésos no son contertulios, Antonia, son milicianos!”. “Anda, Paco, ya que estás en el baño, aféitate la pelusilla que tienes en el mentón”. Medio adormilado, contempló su rostro en el espejo y la hilera de pelillos recién nacidos a ambos lados de la mandíbula. Se pasó la mano por las mejillas y comprobó, extrañado, que no eran pelusas del sillón ni del cojín sobre el que había dormido la siesta. ¡Eran pelos auténticos! Pelos que afloraban a su rostro confiriéndole un aire barbilampiño de progre vagabundo. Nervioso, buscó la afeitadora para eliminar la pelusilla, y recordó horrorizado que la había olvidado en el chalecito de la sierra. Alucinado, decidió usar las tijeras y se encomendó a San Martín de Porres, patrón de los peluqueros.

“¡Pablo!, ¿qué te parece que podemos hacer con estas plantas?” “No sé, Tani. Podemos podarlas o trasplantarlas a otra maceta, cariño… Ahora no puedo entretenerme con la jardinería, que llego tarde al plató. Tani, ¿has arrugado bien la camisa ?” “Sí, cariño. Está debajo del colchón, hecha un lío, como a ti te gusta. Es la de cuadros de leñador”. “Vale, me la pongo en el ascensor. ¡Abur, que llego tarde!”. Cuando Pablo ganó la calle con la camisa arrugada y a medio poner, localizó su coche de segunda mano cerca de una farola apagada. Abrió la puerta del vehículo, encendió la calefacción y arrancó rumbo al plató. Para aliviar la travesía, prendió el equipo de música con la canción que, últimamente, más le agradaba. “Tani le llaman por nombre/ y es más bonita que un sol/ no camela corona real/ que camela gitano español/ su blanco pañuelo/ las rosas tendrá/ qué no hay otra novia/ más guapa y honrá/ Ay Tani que mi Tani que mi Tani/ Ay Tani que mi Tani que mi ta/ Gitana más buena no ha habio ni habrá/ Una y una dos… dos y una tres/ no salen las cuentas porque falta un churumbel”.

Después de una hora de coche, entró aturdido en la cafetería de los estudios y pidió un café para espabilar la adrenalina antes del debate. En una mesa cercana, Paco y Eduardo bromeaban acerca de sus nuevas imágenes. Pablo se acercó a ellos: “No te afeites la pelusilla, Paco, déjala crecer. No hagas caso del refrán. Tú tranquilo, que no nos vamos a comer a nadie… Eduardo, si me permites, un consejo: para la coleta, yo siempre uso champú AntiCasta. Está de oferta en Alcampo, a 3,25 el litro. ¡Andando, remolones, que llegamos tarde! Y todos siguieron al líder. Paco y Eduardo, también.

Francisco Cisterna

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Gatoto

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