Alaminos, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 21, Opinión
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Mis queridos vasallos, hoy es Nochebuena

Por Juanma Velasco / Ilustración: Jorge Alaminos

Nochebuena. Comedor de Cáritas de una ciudad española cualquiera. Aproximadamente las nueve de la noche. Overbooking en la sala. Más jolgorio que de costumbre. Un número moderado de botellas de vino de diferentes marcas salpica unas mesas habitualmente abstemias, habitualmente concurridas aunque no tanto. Los comensales no visten de Armani pero el conjunto desprende la variante pobre pero digna de la elegancia. Pocos estrenan alguna prenda. Predominan los hombres en una proporción aproximada de tres a uno. La edad media podría situarse en torno a los cincuenta, quizá un poco menos. Demasiados rostros llevan tatuado el exceso de intemperie acumulada. También en demasiadas miradas, y a pesar del abarrotamiento de hoy, se percibe la arruga inconfundible de la soledad. Hay un par de televisores en el salón pero están apagados. El rey, el nuevo rey y la misma palabrería vacua que la de su padre, no tienen cabida en el recinto, ni siquiera en la solemnidad discursiva de la Nochebuena. Ninguno de los presentes, ni los voluntarios ni los damnificados de la miseria, tiene interés alguno en escuchar su mensaje generalista, exento, con seguridad, de cualquier naturalidad, indetectable cualquier vestigio de emoción en su sintaxis. Puro marketing teatral al servicio de la perpetuidad de la dinastía.

Nochebuena en el salón de cada año del palacio de la Zarzuela. El mismo que utilizaba su padre, pero convenientemente desinfectado. La decoración cambiada, los símbolos renovados, el polvo ausente. Una familia nueva, la vieja deconstruida, sólo conservada en el hiperrealismo casi mágico, cercano a lo milagroso, de Antonio López. El salón de grabar está vacío ahora. En realidad la Zarzuela misma está casi vacía a esas horas, poblada de fantasmas que por Navidad arrastran espumillones en lugar de cadenas. La decadencia de la Zarzuela como metáfora de España.

A las nueve de la noche, en la residencia de Felipe VI de España, tampoco tienen encendida la televisión a pesar de que el recién estrenado Borbón monopoliza a esas horas la práctica totalidad de cadenas de televisión con un mensaje que él no hubiera sido capaz de escribir ni aunque viviera diez vidas.

Desde hace un mes largo, un equipo multicisplinar de colaboradores, propios y ajenos, han escogido mimosamente cada una de las palabras vertidas. Con la única finalidad de guardar las apariencias, la de hacer pasar al Borbón por un gran estadista, la de ajustar a su laringe las expresiones precisas para obtener los parabienes de los medios afines a la diplomacia democrática, casi todos los mayoritarios. Un par de pinceladas sobre la ecuanimidad de la Justicia, alusiones al esfuerzo, el clásico mantra preelectoral de la recuperación económica, el manido esplendor de España, las penalidades de demasiados, la transparencia recién inventada de la Corona, lo guay que soy yo cuando me lo propongo, lo bien que declamo cuando me aferro a mi preparación. Todo un paripé real bordado a mano para un tipo que ha heredado la titularidad de un país sin que ninguno de sus habitantes haya podido expresar su opinión al respecto. Todo un timo de los tiempos.

Alrededor de la mesa real de Nochebuena no se sienta ni uno sólo de los figurantes del cuadro de Antonio López. Sólo una Letizia que tampoco aporta familiar alguno, las niñas y tres parejas de parecida edad que deben ser amigos de la ídem, y que por sus aspectos cultivados y por su vestimenta no parecen haber pisado jamás un comedor de caridad. También hay algunas botellas de vino salpicando la mesa. El valor de cada una es superior a la totalidad de las que se reparten por las mesas del aludido comedor de Cáritas.

El viejo exmonarca dicen que cena en Marrakech. Sofia de Grecia acampa en Londres y quizá ya haya cenado a esas horas. Cristina sigue nidificada en Ginebra, compartiendo mesa y apariencias con Iñaki por último año. Lo hacen por los niños, porque ellos ya hace años que dejaron de follar. Elena ha atracado en La Moraleja, en el salón de la casona de un jinete jubilado, controlando por el móvil al rojo de Froilán mientras bebe, bebe y vuelve a beber, sintiéndose como pez en el río.

Las nueve en todos esos salones sin televisiones. Sólo en el salón de Felipe y de Letizia, alguien escucha una voz interior que modula sosegada. Es Felipe de Borbón que se sabe a sí mismo de memoria. O casi, porque para recordarlo íntegramente sin necesidad de leerlo, le faltaron diez repeticiones más a las treinta y cuatro tentativas de grabación habidas hasta tener la buena.

Queridos ciudadanas y ciudadanos, en este año cero de mi reinado quisiera hacer un voto de cordialidad que llegara hasta el último rincón de vuestras casas y de vuestros corazones…

Corten. Yo tampoco pienso tener encendida la televisión en Nochebuena y a las nueve.

Juanma Velasco

Juanma Velasco

Jorge Alaminos

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