Alaminos, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 20
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La izquierda y la decepción

Por Gil Manuel Hernández Martí / Ilustración: Jorge Alaminos

Por lo general, la derecha no decepciona a los suyos, tan solo a aquellos que, como ha sucedido no pocas veces, han cometido el error de confiar en ella cuando se ha hecho pasar por “centrista”, democrática y amiga de los trabajadores. El ejemplo más reciente lo tenemos en los millones de españoles que votaron al PP en noviembre de 2011 creyendo que traería la salida de la crisis. Pero aun así la masa de fieles seguidores no altera su compromiso, incluso cuando hay que recular haciendo algunas concesiones a la galería. Para ellos la derecha es la única opción vital posible y la realidad política siempre les da la razón. Al fin y al cabo si el régimen político y el sistema económico se mantienen intactos no existe peligro y todo continúa en “orden”, que para la derecha es de lo que se trata.

Cosa bien diferente ocurre con la izquierda contemporánea, cuyo sino parece ser justamente el de decepcionar a los suyos. Sucede cíclicamente, casi como un ritual, que no por conocido produce menos insatisfacción y perplejidad. Y es que el punto de partida es muy diferente del que ocupan los que confían en la derecha, pues los ciudadanos y votantes de izquierdas desean que las fuerzas que los representan acometan una auténtica reforma o transformación de las estructuras capitalistas existentes, esas que tanta desigualdad, sufrimiento e injusticia producen, y que los partidos conservadores se afanan en legitimar con las más delirantes doctrinas, como por ejemplo la del neoliberalismo que nos atenaza. El sueño del ciudadano progresista, no digamos ya del más revolucionario, es que los partidos a quienes confía su representación acometan valientemente las medidas necesarias para cambiar la situación. En suma, ir a contracorriente. Pero ocurre que cuando dichos partidos llegan al gobierno nunca llegan al poder de verdad, pues este les corrompe o les expulsa, o bien sucede que a fuerza de obligarlos a doblegarse y rebajar sus pretensiones democráticas, les acaba vaciando de sentido, convirtiéndolos en tristes espantajos que, antes o después, pagarán cara su traición a sus votantes con sonoras derrotas electorales que servirán en bandeja de plata el retorno de los de siempre, y el ciclo infernal volverá a comenzar.

La inquietud aparece cuando los progresistas en el gobierno adoptan algunos pequeños giros del lenguaje, que se torna menos asertivo e incisivo, más alambicado y ambiguo. Después llegan las consabidas apelaciones a la necesidad de no irritar a los “mercados”, a demostrar “responsabilidad institucional” y a adoptar políticas “pragmáticas” y “realistas”. Finalmente los representantes se olvidan de los representados, especialmente de los que los votaron, se acaban creyendo su propio discurso y se encierran en un mundo institucional ajeno a la realidad de la calle. Entonces la decepción deja paso a la indignación y estallan las escisiones y luchas internas, aparecen las hemorragias de abandonos y un silencioso abatimiento se instala en los que creyeron que se podía y ahora bajan la cabeza sintiéndose engañados, quizás por enésima vez, dispuestos a exiliarse por un largo tiempo en los páramos de la abstención.

La lección que el poder pretende hacer aprender a aquellos que se atreven a desafiarlo es que “no se puede”, porque las cosas “son como son” y “no hay alternativa”. El problema surge cuando los que no se tragaban esto acaban reconociéndolo como inevitable. En ese justo momento la izquierda cae derrotada por su propia mano, torcida hacia la derecha por no creer hasta el final en sus posibilidades. Es una especie de ley de vida de la izquierda: la decepción acecha siempre a quienes confían en gentes que no son capaces de ser radicalmente coherentes con sus ideas, cediendo a la tentación de la impotencia democrática a cambio de unas briznas de poder. Tal es el dulce veneno que los grupos dominantes ofrecen para perpetuarse y al que cualquier izquierda honesta debería renunciar si realmente quiere transformar el mundo.

Gil-Manuel Hernández

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Jorge Alaminos

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