Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 21, Opinión
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La crisis ya es historia, una aventura de Mortadelo y Filemón

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

Queridos Reyes Magos: disculpad que este año abandone mi tradición monárquica para dirigirme a Papá Noel, pero los tiempos cambian que es una barbaridad, y mis asesores me han avisado: “Mariano, los republicanos vienen arreando”. Sabed que, a pesar de los pesares, siempre estaréis en mi corazón. Pero no es con pesar, sino esperanzado, que me dirijo al ciudadano Noel para solicitarle tres locomotoras del AVE y varios vagones de carga que completen mi red de alta velocidad; los pasajeros ya los buscaremos nosotros porque, aunque nadie se ha dado cuenta, en España empieza a amanecer. También deseo una docena de aviones low cost que aterricen y despeguen de los aeropuertos que me trajeron Sus Majestades el año pasado; los pobriños se olvidaron de los aviones como nosotros olvidamos el programa electoral… Disculpa un momento, Papá Noel. “¡Elvira, baja el volumen de la tele que me está taladrando el occipital el dichoso villancico”. “¡Ande, ande, ande /la marimorena / anda Marianito que l´as hecho buena!”. Volvamos a lo nuestro, Papá Noel. Si es posible, quisiera una dotación de maletines de enfermera de la señorita Pepis con sus correspondientes trajes para el ébola o en su defecto, unas bolsas de basura perfumadas, tamaño XXL, que ya las apañaremos nosotros. Tampoco vendrían mal cien contenedores de piezas Lego, para construir hospitales baratos, y mil cajas del juego Operación, de MB, para que practiquen nuestros estudiantes de cirugía antes de emigrar a Alemania; así ahorramos en educación y de paso nos vengamos de la Merkel. Para mis queridos alcaldes, que sufren el rigor de la crisis en sus propias calles ―¿he dicho crisis? Bórralo, la crisis ya es historia―, te pediría unos monopolis con sus casitas, hotelitos, urbanizaciones y billetitos de colores. Seguro que sabrán sacarle partido. “Elvirita, por favor, dile al servicio que baje las persianas, que no paro de oír villancicos”. “A esta puerta hemos llegado/ tropecientos mil parados/ para ver si Marianito/ nos endosa el aguinaldo”. ¡Así no hay quién pueda levantar un país, Papá Noel. Solo nos faltaba eso: escraches navideños! A propósito, y ya que este año no hay cestas de Navidad, te rogaría unas buenas cañas o velas de chorizo patrio para que los manifestantes degusten lo que es un buen cerdo ibérico. Tenemos que alimentarles bien, que ya casi no pueden ni gritar… porque me imagino que no llevarás mordazas en el zurrón…., ¡qué tonterías digo! “¡¡Mariaanoo!!”. “¡Dime, Elvirita, dime!”. “No te olvides de pedir unas pastillas de turrón para la cena de la iglesia”. “Pero ¡qué dices, Elviriña, que me da un patatús!, ¿que viene Iglesias Turrión a la cena con pastillas? ¡Ay, que me da!”. “¡No, Mariano, qué estás sordo! Me refiero al turrón de todos los años para los curas”. “¡Menos mal, Elviriña, menudo trago!; ya te dije que bajaras la tele, que no podía oírte bien. ¡Menudo susto, Elviriña, menudo susto!, todavía me tiemblan los cordones de los zapatos”. “Venga, Mariano, tranquilízate. Déjate ya la dichosa carta, y ven aquí conmigo a ver la tele un ratito”. “Voy, esposa, voy… ¡Qué bien estoy sentadito a tu lado viendo la tele!”. El Fantasma de las Navidades Pasadas apareció en la pantalla de plasma agitando la manita cual asambleario del 15M y, con letanía de niño de San Ildefonso, apuntó con melodiosa voz: “Ciiinco millones deee pa-ra-dos”. A lo que contestó el coro: “Riquiti, pon, riquiti, pon… pon…pon”. “Por aquí sí que no paso. Ahora mismo llamo al Pirulí para que retiren el anuncio. Pero ¡qué se ha creído esta Caballé… y el Raphael de las narices con su riquitipón, riquitipón!

El timbre de la puerta principal sonó con insistencia. ¡Ring…ring! Era una noche de invierno fustigada por un frío seco de cuento navideño. El ama de llaves abrió el portón protegida con una toquilla; la pobre señora era de Adís Abeba, y no estaba acostumbrada a estos fríos. El farolillo del porche arrojaba una tenue luz sobre el descansillo vacío de la entrada; no porque estuviera fundida la bombilla, sino porque era de bajo consumo y fabricada en China. La sirvienta miró extrañada para un lado y luego para el otro y no vio a nadie, como en Pedro Navaja. Y cuando agachó la cabeza para cerrar la puerta, esto debe de ser costumbre en Adís Abeba, se encontró con un moisés de mimbre en el suelo. Dentro de la cesta, arropado con una mantita de Iberia, un bebé, con los ojos abiertos como monedas de dos euros, miraba fijamente. No me pregunten qué miraba, solo la criaturita lo sabe. El ama recogió el moisés y cerró la puerta sin apagar las luces de la entrada, motivo por el que tantas reprimendas se había ganado. Enfiló el largo pasillo que llevaba al salón, y por el camino tuvo tiempo de recitar las obras completas de Omar Khayyam. La casa era grande. Cuando por fin llegó a presencia de sus señores dijo con acento de Mammy en Lo que el viento se llevó: “Señor presidente y señora del señor presidente miren lo que han dejado en la entrada”. “¡Un niño, Elvirita, un niño!”. “¡Qué alegría, Mariano, qué espabilado se le ve!”. “¡Venga a mis brazos ese rapaciño, Mammy! Y como es Navidad, y estaba escribiendo a Papa Noel, que no es otro que San Ni-co-lás, pues le pondremos de nombre el Pequeño… Filemón… o era Mortadelo el de los disfraces”. “Mortadelo, cariño, Mortadelo”. “Gracias, Elviriña, no sé qué haría sin ti”. No me pregunten por qué eligió ese nombre. Ya saben cómo es este señor.

Francisco Cisterna

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Gatoto

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  1. Apasionante historia, muchacho. Buen e intenso trabajo, si señor. Aprovecho para desearle las oportunas y consabidas felices fiestas. Abrazo!!

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